Discusiones bizantinas sobre competencias, inteligencias emocionales, titulaciones y otros

Cuando llegó la moda de la inteligencia emocional de la mano de Daniel Goleman, estuve entre las voces discordantes que afirmaban que el concepto y, sobre todo, el uso que se hacía del mismo no tenían ningún sentido. Que existen unas características personales que son determinantes para el éxito o fracaso es claro; si a eso se le quiere llamar inteligencia emocional sea. Es un nombre más marquetinero que preciso pero puede aceptarse.

Lo que ya no es aceptable es desbarrar…y se desbarra cuando se hacen afirmaciones como que el 80% del éxito es atribuible a la inteligencia emocional por encima de la inteligencia en el sentido que la hemos entendido siempre.  Se desbarra también cuando se dice que las competencias son mucho más importantes que las titulaciones en el éxito profesional…sin pretender ni en un caso ni en el otro negar la importancia de los factores a los que se les quiere dar tanta primacia. El problema es mucho más simple: Es una cuestión de secuencia y no de porcentaje.

Expliquémoslo con un ejemplo sencillo: ¿Qué es más importante para el éxito de un cirujano? ¿Su título académico o su habilidad y capacidades en el quirófano?…Por supuesto, la pregunta tiene trampa y, además, ésta es muy visible: Para entrar al quirófano armado de un bisturí, el cirujano necesita tener un título académico y, por tanto, el segundo filtro -habilidad y capacidades- se aplica sobre los que han pasado el primero -título- y, por tanto, no podemos establecer una comparación en términos de porcentaje entre titulación y capacidades: Elijo a las personas por sus capacidades entre los que tienen la titulación. ¿Cómo puedo hablar entonces de porcentajes relativos de importancia entre lo uno y lo otro?

Por supuesto, es un caso extremo pero aplicable a los conceptos a los que me refería con la idea de discusiones bizantinas: Alguien puede desempeñarse espléndidamente gracias a su inteligencia emocional pero la entrada al terreno de juego se la ganará con la inteligencia, en los términos que todos conocemos de toda la vida. ¿Podemos decir que para muchos puestos, una vez que se ha pasado un umbral de cociente intelectual -por utilizar una métrica conocida de todos-  es más favorable mejorar en la capacidad de interacción con los demás que añadir 10 puntos más de cociente intelectual? Probablemente sí pero si las cosas funcionan así, es decir, si el acceso lo defino mediante un valor umbral y el desempeño como una selección por otros criterios entre los que han superado ese umbral ¿puedo decir cosas como que la inteligencia emocional es responsable del 80% del éxito? No deja de ser una majadería si no le añado “entre aquéllos que tengan un nivel intelectual como mínimo medio-alto” y, si le hago este añadido, deja de ser una majadería para convertirse en una simpleza.

Idéntico razonamiento podemos aplicar a la disquisición sobre la importancia relativa de competencias y títulos: ¿Cuántas ofertas aparecen -o aparecían cuando las había- en que se pide “titulación superior”? Obsérvese que les da lo mismo que sea una ingeniería de caminos que una licenciatura en filatelia avanzada, en el caso de que tal cosa exista. Hay profesiones que exigen un título específico para el acceso -médico, farmacéutico, maquinista ferroviario…- y en éstas la discusión ya es absurda: Se selecciona por competencias entre los que tienen el título y, por tanto, no tiene sentido comparar la importancia relativa de uno y otro factor. Incluso entre los casos que no exigen explícitamente un título o habilitación profesional, suele darse un cierto sesgo haciendo que las condiciones de acceso no sean las mismas.

En conclusión, no podemos comparar la importancia relativa de dos factores cuando uno de ellos hace referencia al acceso al puesto mientras que el otro hace referencia al desempeño una vez que se está en el puesto. Es como comparar el tocino con la velocidad…y además, usando porcentajes para que quede más “científico”.

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