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Ciudadanos está perdiendo otro tren; tal vez el último

Desde su creación hasta hace un par de años, Ciudadanos ha tenido una trayectoria impecable en lo que siempre han vendido como su motivo de estar en política: Regeneración.

Cuando, con su valiosa ayuda, UPyD prácticamente desapareció, las cosas empezaron a ser distintas: De repente a Ciudadanos le entraron ínfulas socialdemócratas e hizo un acuerdo absurdo con el PSOE para buscar la investidura de Pedro Sánchez como presidente.

Mucho del voto de Ciudadanos, tanto en las anteriores elecciones como en las últimas, puede ser transversal -de verdad, no de la transversalidad de todo a cien de Podemos- y estar compuesto por gente que pudiera haber votado PP o PSOE pero estaban hartos de la forma de funcionar. Puesto que, para muchos de esos votantes, pasar de casta a castuza no era una solución, Ciudadanos aparecía como la única opción disponible.

Sin embargo, ya en ese momento Ciudadanos había empezado a hacer cosas raras. Por ejemplo ¿Realmente un partido como Ciudadanos tiene que presentar a bombo y platillo un programa económico? ¿Tiene sentido que Ciudadanos entre en asuntos como la desaparición o la permanencia del impuesto de sucesiones? Cuando hace eso, se mete en una guerra que nunca ha sido la suya y para la que, además, no están preparados.

Si quieren ejercer de socialdemócratas, pueden afiliarse al PSOE; si quieren ejercer de derecha rara, pueden afiliarse al PP. ¿Acaso todo esto viene de que Rivera aspira a convertirse en el futuro líder del PSOE?

Qué sencillo sería todo si Ciudadanos se hubiera mantenido en su planteamiento original: Medidas de regeneración, exigibles a cualquier Gobierno sea de izquierda o de derecha ¿Programa de gobierno? El del partido que gane las elecciones, apoyado por Ciudadanos siempre que cumpla con esas medidas de regeneración.

¿Era tan difícil? Parece que sí porque el fiasco del 20D no bastó. En la noche electoral del 26J Rivera continuaba con su historia de plantear una reunión a tres donde se debían plantear temas en los que, con todos mis respetos, Ciudadanos no pintaba absolutamente nada.

Su marca, ésa que hizo que muchos les votasen y cuyo abandono ha propiciado que muchos les dejasen de votar, no es un programa de gobierno sino un programa de regeneración institucional y el apoyo al programa de gobierno de otro, sea quien sea, que resulte más votado y siempre que respete ese programa de regeneración.

No han querido darse cuenta y posiblemente han dejado pasar el último tren. Allá ellos.

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Elecciones 20D en España: Entre la inanidad y el hartazgo

Ayer mismo algunos medios internacionales daban por segura la victoria del partido actualmente en el Gobierno. Aventurada suposición; son muchas, quizás demasiadas, las opciones abiertas para las próximas elecciones pero una de las que aparecen como menos probables es precisamente la continuidad de Mariano Rajoy en la presidencia. Una salida rápida y por la puerta de atrás podría ser bienvenida incluso por muchos miembros de su propio partido.

Parece que la política española no se basa en ideas sino en reacciones: Tanto la mentira como la eficaz instrumentación del atentado de marzo de 2004 dio lugar a que los votantes quisieran cualquier cosa menos otro Gobierno del PP aunque esa “cualquier cosa” significase Zapatero. Zapatero logró incluso ser reelegido y la situación llegó a ser tan calamitosa que los votantes decidieron que les valía “cualquier cosa” con tal de echar a Zapatero. El asunto llegó a tal nivel que se llegó a poner en manos de Mariano Rajoy un nivel de poder en el Estado central, autonómico y municipal que jamás ningún gobernante había tenido tras la dictadura de Franco. Ni siquiera el PSOE de Felipe González con sus 202 diputados llegó a acumular tanto poder como el que la reacción a Zapatero puso en las manos de Rajoy.

Cuatro años después, Rajoy va camino de ser el primer presidente tras la dictadura que no repita mandato y las críticas le llueven de todas partes, incluyendo desde dentro de su partido o, tal vez, especialmente desde dentro de su partido.

Los episodios de corrupción son difícilmente tolerables pero, lamentablemente, no es fácil encontrar a alguien con legitimidad para criticarlos y ejercer de alternativa. El otro gran partido, PSOE, tiene tantos o más casos de corrupción escandalosa en los que ha llevado como asociados a los sindicatos y a Izquierda Unida…y a veces al propio partido de Rajoy como ayer mismo apareció vinculando la Cajamadrid-Bankia de Rodrigo Rato (ex-vicepresidente con Aznar, potencial sucesor de éste y procesado por corrupción) con el PSOE de Madrid y su ex-candidato Tomás Gómez.

Entre los emergentes, las oscuras relaciones financieras y de asesorías de Podemos con los regímenes venezolano e iraní tampoco parece que les permita dar demasiadas lecciones ni de democracia de ni de limpieza. Ciudadanos, el otro gran emergente, y su incondicional apoyo a Susana Díaz en Andalucía también está dejando serias dudas como referente de limpieza.

PP y PSOE a dos meses de las elecciones se comportan como barcos a la deriva y, desde luego, mucho tiene que ver en ello tanto la atroz incompetencia de sus respectivos líderes como el escasamente democrático funcionamiento de ambos partidos y su hábito de ponerse en primer tiempo de saludo ante el jefe, aunque éste sea un zote sin paliativos.

Los votantes son otra cosa y es ahí donde se abren todos los interrogantes imaginables: En otras elecciones, los grandes partidos tenían el voto más militante y radicalizado asegurado pero en este momento no. El voto más radicalizado del PP puede ir a parar a Vox -pequeño partido hoy pero alrededor del cual podría fácilmente articularse en el futuro una derecha radical tipo Frente Nacional de LePen- mientras que el voto más radicalizado del PSOE puede acabar en Podemos, especialmente si algunas figuras que han concluido su periodo de gracia, como el propio Pablo Iglesias, van desapareciendo del escenario.

¿Qué ocurre con los votantes menos radicales? Ése es el caladero en el que espera pescar Ciudadanos. Lo ocurrido en las elecciones municipales y autonómicas y la entrega del poder por parte del PSOE a algunos personajes afines a Podemos difícilmente presentables para el ciudadano normal -ejemplos abundantes en Madrid, Barcelona y Valencia- hacen que la opción PSOE sea poco viable. Por el otro lado, la inacción de Rajoy ante cuestiones como el desafío independentista también lo presentan como alguien cuyo único activo es el “manejo magistral de los tiempos” cantado por sus rapsodas y, fuera de eso, sólo queda el sometimiento a Arriola, sus encuestas y su huida de la batalla ideológica y de cualquier otro tipo. ¿Merece la pena recordar hoy que uno de los elementos que le llevó a perder las elecciones de 2004 fue su negativa a un debate con Zapatero?

En consecuencia, el resultado del 20D es previsible que no se decida en la primera línea compuesta por los dos grandes partidos sino en la segunda compuesta por Ciudadanos y Podemos. Ciudadanos tiene una ya larga trayectoria antinacionalista pero ahora tiene que jugar con su “pro” y no con su “contra” y su actuación de la manita de la sección más corrupta del PSOE no dice demasiado a su favor. De igual modo, Podemos tiene una larga trayectoria de crítica con el poder pero su “pro” regímenes dictatoriales y asesinos hace que muchas de sus críticas a lo que denominan “casta” sean recibidas con el mismo regocijo que cuando se oye al PSOE criticar la corrupción del PP o viceversa.

De nuevo nos encontramos ante un “cualquier cosa” que ya se ha hecho evidente en las recientes elecciones municipales y autonómicas: Buena parte del poder en ese ámbito del PP ha desaparecido pero en algunos casos muy notorios lo que lo ha sustituido es todavía peor. Por desgracia, ése es el gran argumento que lleva tiempo utilizando Rajoy y que, previsiblemente, seguirá utilizando hasta las elecciones: El voto del miedo y asegurar que los que pueden venir podrían ser aún peores. Tiene razón; pueden ser peores pero eso no le va a mantener en su poltrona. A lo mejor si le pregunta a cualquiera que no sea Arriola, se convence.

Todas las opciones están abiertas y, muy previsiblemente, se volverá a votar “contra” y no “pro” lo que, dado el tipo de partidos que existen hoy en España, es un serio riesgo. La “sabiduría popular” manifestada en las urnas ya nos ha llevado a alojar en la Moncloa a personajes como los dos últimos presidentes. Deberíamos tenerlo en cuenta.