España: Un futuro dirigido por la ira

Posiblemente el mejor análisis de cómo y por qué los nazis llegaron al poder fue el realizado por Friedrich Hayek en 1944: Camino de servidumbre. Hayek identificó correctamente cómo en aquel caso la indignidad fue traída de la mano de la indignación, es decir, cómo grandes masas de población se sintieron estafadas y abandonadas y llegó un momento en que estaban dispuestas a cualquier cosa para librarse de lo que había, incluso dispuestas a traer algo peor.

La llegada de Chávez al poder venezolano se produce tras un fenómeno parecido: La gente, harta de la corrupción de los políticos, está dispuesta a acompañar en su viaje al más vociferante en la denuncia aunque, como en el caso nazi, no sea consciente de que está trayendo algo aún peor que lo que había.

¿Toca ahora el caso de España? Anteayer me comentaba un amigo venezolano que veía la España actual demasiado parecida a la Venezuela pre-Chávez y, en consecuencia, estaba pensando seriamente en la posibilidad de hacer las maletas. La experiencia le llevaba a valorar en su justa medida algo que se está escapando de los análisis de los políticos españoles y sus espléndidamente pagados asesores: La indignación o, como Hermann Tertsch comentaba en un artículo reciente, la venganza.

Cuando surgió el movimiento autodenominado “indignados”, para muchos pudo resultar escandaloso que incluso tomasen su nombre del título de un libro de un estalinista nonagenario pero, como ocurrió con los nazis y como ocurrió con Chávez, consiguieron muchos apoyos no por lo que traían sino por aquello a lo que se oponían.

Los resultados de “Podemos” en las elecciones europeas y los esperados por distintas encuestas en próximas elecciones nos dicen de forma clara que estamos ante un fenómeno similar a los dos señalados: Los políticos están convencidos de que la gente pasará por caja -o por su equivalente, la urna- para volver a votarles por miedo al viaje a ninguna parte que pueda representar la alternativa. Los políticos del PP, además, se frotan las manos porque interpretan a “Podemos” como una forma de fragmentar la izquierda y, por tanto, se ven a sí mismos en el poder durante los próximos 200 años, hagan lo que hagan. Gravísimo error.

Las futuras elecciones no van a venir definidas por el deseo de un cambio político o económico sino por un deseo de librarse de toda esta gente a cualquier precio. No es la primera vez que ocurre así; cuando el PP llegó al poder por primera vez no lo hizo por méritos propios sino por deméritos ajenos: El PSOE de Felipe González se había enfangado en un nivel de corrupción que llevó a mucha gente a querer echarlo del poder. En 2004, los resultados de un atentado aún poco claro hicieron que, de nuevo, se tratase de echar del poder a los que estaban en él y, para ello, trajeron a alguien como Zapatero, personaje al que en 2011 hubo una clara urgencia por echar. ¿Cuál es la diferencia en el momento actual?

La corrupción ha afectado a todos los que han tocado poder hasta unos niveles insoportables. Aunque unos quieren hablar de Gürtel y otros de EREs, el ciudadano ve las críticas mutuas como un teatro en el que ninguno de los contendientes tiene legitimidad para criticar al otro mientras tenga su casa tan sucia como la de aquél al que critica. Los partidos principales e incluso algunos que no lo son tanto y los sindicatos están claramente afectados por la marea de corrupción y todo lo que se les ocurre es acusarse unos a otros. ¿Qué regeneración cabe esperar de esta gente? Ninguna…sin embargo, siguen convencidos de que la gente irá a las urnas a votarles porque, frente a lo que puede venir, todavía son una opción menos mala. Seguramente tienen razón en que, a pesar de todo, son una opción menos mala y, sin embargo, se equivocan en la idea de que la gente irá a votarles.

Las únicas opciones reales son los que todavía no han tocado poder y, por tanto, pueden criticar la corrupción sin que, al mismo tiempo, se hayan visto inmersas en ella como les ocurre a los principales partidos y sindicatos. El votante puede tener muy buenas razones para pensar que con esta gente -partidos y sindicatos establecidos- no se puede ir ni a recoger una herencia y, por tanto, estar dispuesto a no votarlos bajo ningún concepto -esto es lo que los sesudos analistas de PP y PSOE no quieren creer- pero eso no puede significar alinearse con cualquiera que critique lo que hay, especialmente si no clarifica el tipo de mercancía que trae bajo el brazo o, peor aún, si lo que dice y especialmente lo que calla hace pensar en cuál es ese tipo de mercancía.

Quizás si partidos tipo UPyD o Ciudadanos aparcasen sus estrellatos individuales y se dedicasen a ofrecer una alternativa de regeneración conjunta, podrían representar una alternativa interesante. De momento, demasiada gente tiene claro que lo que no votará bajo ningún concepto a la gente que lleva ya muchos años enquistada en el poder. Probablemente es una buena decisión pero, cuidado, no traigamos algo peor. Alemanes y venezolanos nos pueden hablar de ello.

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