Adolfo Suárez: Una canonización civil esperable

Al día siguiente del fallecimiento de Adolfo Suárez, primer presidente constitucional tras el franquismo, y tras un digno programa de TVE haciendo una revisión de su vida, quizás convenga añadir algunas puntualizaciones a lo que se ha dicho, lo que previsiblemente se dirá y, sobre todo, a lo que se callará:

En primer lugar, es cierto que si se quiere agigantar la figura de Adolfo Suárez sólo se tiene que hacer una cosa: Compararla con la de cualquiera de sus sucesores, incluyendo el actualmente en ejercicio. Suárez provenía del franquismo cuando éste había pasado de ser una militancia política a convertirse en una mera estructura de poder. Adolfo Suárez era un personaje ambicioso que maniobró para medrar dentro de esa estructura de poder y no tuvo problema en vestir camisas azules o lo que fuera necesario para conseguir su objetivo. Es posible que sea criticable pero ¿no se puede decir lo mismo del actual Rey? ¿No juró éste las Leyes Fundamentales del franquismo?

Lo cierto es que, de no haber sido ambicioso, habría sido muy difícil que Suárez llegase a la presidencia del Gobierno y por el camino fue adquiriendo o mostrando que ya tenía, aunque fuera muy escondido, algo más que ambición. Las dos grandes figuras de la transición española fueron, sin dudarlo, Adolfo Suárez y Torcuato Fernández Miranda, incluso posiblemente el segundo por encima del primero. Las dudas, si no certezas, que aún permanecen sobre el 23F me llevan a omitir a un tercer personaje, el más obvio de todos. Con todo, Suárez ha sido una figura con muchas más luces que sombras y su error, su gran error, consistió en pensar que muchos de los que le rodeaban en esa época eran como él.

La expresión sarcástica “demócrata de toda la vida” se acuñó durante la etapa de Suárez para designar a aquéllos que, como el propio Suárez, habían vivido a la sombra del poder pero, a diferencia de Suárez, no reconocían ese pasado sino que se inventaban uno de luchadores antifranquistas. De éstos hubo muchos pero hay algo más: Efectivamente hubo luchadores antifranquistas con pedigree pero haber estado de forma demostrable en contra de Franco no era ninguna garantía ni ninguna credencial democrática: Entre los antifranquistas había, fundamentalmente, comunistas y nacionalistas, las dos ideologías que más millones de muertos causaron durante el siglo XX.

A pesar de ello, Suárez pensó que, si él había evolucionado ¿por qué no lo iban a haber hecho los demás? En una entrevista realizada años después de dejar el poder, le preguntaron por qué no había depurado a los procedentes del franquismo y, con una completa sinceridad, Suárez respondió que, si hubiera hecho eso, tendría que haber comenzado por depurarse a sí mismo.

Quizás fue buena idea no preguntarle a nadie de dónde venía. Suárez no estaba en condiciones de hacerlo dada su propia procedencia pero ¿quién lo estaba? ¿sus compañeros de camisa azul? ¿los que tenían en su historia a un personaje aclamado como el “Lenin español” y a un fundador que llegó a decir que aceptaría las leyes si le favorecían y, si no, optaría por la vía revolucionaria? ¿los que, directamente, eran una sucursal de la Unión Soviética de Stalin? ¿los que estuvieron coqueteando con Hitler y se rindieron a Franco traicionando a la mitificada II República para que a ellos los dejasen en paz? Todos, absolutamente todos, tenían muchas cosas que callar en su historia y se podía optar por no preguntarle a nadie o por falsificar la historia. Algunos, ya desde entonces, prefirieron optar por lo segundo y lo han venido haciendo con notable éxito.

Es posible que hacer borrón y cuenta nueva no fuera mala idea pero se debió haber sido mucho más cauto. Suárez no destacaba por su cultura histórica y, quizás por ello, no procuró que se tomasen precauciones para evitar que franquistas y antifranquistas de la época, mucho más parecidos en el fondo que en la superficie, volvieran por sus fueros. Así, muchos de los problemas actuales en España vienen de la época de Suárez y son atribuibles a la política seguida en su época cuando no a él mismo.

En una época en que, como ahora, los sindicatos representaban el poder en la calle de los partidos de izquierda, Suárez optó por pacificarlos comprándolos, tendencia que ha seguido después dando lugar a la casta sindical corrupta que hoy conocemos. La “devolución del patrimonio sindical” benefició a sindicatos que nunca fueron expropiados por la simple razón de que no existían cuando se produjeron las expropiaciones; sin embargo, se olvidó a otros que sí existían y fueron expropiados durante la Guerra Civil y después. La cláusula de los “sindicatos más representativos”, según la cual un sindicato puede negociar en un sector en que tenga escasa implantación si tiene una representación -medida no por afiliación sino por resultados electorales- superior al 10% va en la misma línea. En definitiva, los sindicatos dejaron de ser sindicatos para transformarse en centros de poder político y, para ello, se iniciaron entonces una serie de medidas que acabarían dando lugar a un estado de corrupción como el actual.

El tratamiento de los nacionalismos no fue mucho más acertado. La opción, introducida en la Constitución, de que se pudieran transferir competencias fue reinterpretada como que se “tenían que” transferir las competencias. El movimiento centrífugo resultante daría lugar a unas castas políticas regionales ávidas de presupuesto conduciendo a unos niveles de derroche y corrupción difícilmente admisibles y, además, alimentando los nacionalismos, descritos por Maalouf con el nombre “Identidades asesinas“, nombre que, a la vista de la historia del pasado siglo, les encaja perfectamente. El cinismo de algunos personajes como Arzalluz con su “Unos agitan el árbol (ETA) y otros recogen las nueces (PNV)” sería otra prueba de lo mismo.

Suárez no dejó cerrado un modelo de Estado y ninguno de sus sucesores se ha atrevido a afrontar esa tarea con consecuencias visibles como la proliferación de chiringuitos políticos e incluso la amenaza de secesión por una parte de España, presumiblemente seguida a corto plazo como mínimo por otra más. En todo caso, esto no será sino la resultante de un proceso que se lleva gestando muchos años. Todos hemos oído cosas como la dificultad para escolarizar en español pero se pasan por alto detalles como que los escolares estudian los ríos y montañas de SU comunidad, aunque sea uniprovincial, y el Nalón puede ser tan desconocido para un niño andaluz como el Záncara para un niño cántabro. En inglés a esto lo llaman parochialism; en español lo podemos llamar paleterío en estado puro.

La ley electoral resultante de la Constitución tampoco aprendió del pasado y sumó los errores del sistema mayoritario y del proporcional, es decir, prima el bipartidismo pero, al mismo tiempo, da la llave de los gobiernos a partidos pequeños que estén muy concentrados geográficamente, es decir, nacionalistas. Esto en cuanto a los votos necesarios para conseguir un escaño; si vamos al hecho de que las listas sean cerradas, es decir, a que los elegidos no responden ante sus electores sino ante los líderes, a menudo designados a dedo, de su partido.¿A quién deben fidelidad los representantes? ¿A sus representados o a quien los coloca en la lista?

Por todo ello, dentro del legado de Suárez también hay que poner también unas castas política y sindical corruptas hasta la médula, ajenas a la democracia tanto en su funcionamiento interno como en el externo y que viven, más que de sus afiliados o simpatizantes, de los presupuestos del Estado.

De la situación actual de la Corona, mejor no hablar. Todo esto es, en gran parte, el legado de Adolfo Suárez, un personaje ambicioso, bienintencionado y que, a diferencia de sus sucesores, se ha ganado a pulso un lugar de honor en la historia de España. Lo malo es que también cabe decir de él aquello de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones.

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