Cuando España, por una vez, fue por delante de la historia

Ayer se celebró el bicentenario de la Constitución de 1812, llamada “la Pepa” precisamente por la referencia al día de San José. La conmemoración de la primera Constitución española y lo que ha venido desde entonces es una invitación a pensar en qué bajo hemos caído.

En primer lugar, no resulta fácil de defender la Corona y menos aún si está en posesión de un Borbón, nieto del que huyó de España facilitando los acontecimientos que condujeron a la Guerra Civil y tataranieto del que liquidó el liberalismo en España y se vendió a los franceses -no en vano los Borbones son de ascendencia francesa- poniéndose de parte del invasor. Si en algún sitio nunca debería estar un Borbón y menos aún ser aplaudido es en la conmemoración del bicentenario de la Constitución de 1812.

Sin embargo, al margen de la anécdota de la celebración, desde aquel momento en que España estuvo a la vanguardia de la historia europea han pasado muchas cosas que nos han llevado al furgón de cola. Es posible que alguien se escandalice si se afirma que hoy, 200 años después de “la Pepa”, la clase política española mayoritariamente no es democrática pero, con escándalo o sin él, es la pura realidad:

La izquierda, salvo escasas y honrosas excepciones, es en España mayoritariamente fascista como reconocía con envidia Ledesma Ramos, quien ambicionaba encontrar entre los suyos los comportamientos de la izquierda española. Algunos ejemplos: El fundador del PSOE, Paulino -convertido en Pablo- Iglesias dijo públicamente que aceptarían los resultados electorales si les eran favorables y no lo harían en caso contrario. Durante la II República, Victoria Kent, diputada del PSOE, defendió que las mujeres no pudieran votar frente a la diputada Clara Campoamor a la que ahora tratan de presentar como propia. Más recientemente, hemos visto que cuando la izquierda estaba fuera del Gobierno “la democracia está en la calle” pero, si está en el Gobierno, el Congreso es la representación legítima de los ciudadanos. ¿No se llama a eso fascismo? ¿No responde a lo mismo la conducta sindical y sus diferencias de comportamiento en función de quién ocupe el poder político?

Vayamos incluso a sucesos recientes: Garzón, ese paladín de la democracia, yendo a cazar con el ministro de Justicia mientras instruye un caso con carga política y bajo secreto sumarial pero con oportunas filtraciones; ese mismo Garzón que le pide dinero a un banquero encausado; ese mismo Garzón que rechaza una demanda -la de Paracuellos- argumentando correctamente un motivo que más tarde se le olvida al aceptar otra; el mismo Garzón que acepta ir contra Pinochet pero no contra Castro…y el mismo Garzón que es defendido por la izquierda española simplemente porque le consideran uno de los suyos y las reglas son distintas para propios y ajenos ¿no es eso fascismo?

En cuanto a la derecha, nos encontramos con un panorama parecido: Una facción en disminución es la nostálgica de cuartel y sacristía y otra la dispuesta a defender como sea los privilegios obtenidos por razón de cuna. Existe por último, una derecha acomplejada, que ha comprado la mercancía “políticamente correcta” y sustituye los principios por las encuestas de forma que pueden decir una cosa y la contraria casi al mismo tiempo. La derecha liberal, la que quiere que las reglas sean las mismas para todos, es tan escasa como la izquierda que persigue lo mismo y ambas tienen un peso muy escaso en nuestro panorama político.

En cuanto a los políticos nacionalistas, no merecen siquiera dedicarles una línea. Su conducta dice alto y claro lo que son y, si alguien lo duda, puede leer las obras de Sabino Arana, permanente objeto de homenaje pero del que se procura que no se sepa demasiado porque su mezcla de racismo y beatería podría ser difícil de vender.

La política actual está tomada por la demagogia, la corrupción y el despilfarro y, por ello, no se puede decir que se haya avanzado demasiado desde 1812. Empecemos por la demagogia con un ejemplo: Estamos con discusiones sobre el copago sanitario y los políticos, de todo signo, se apresuran a afirmar que van a mantener una sanidad universal y gratuita. ¿Encontraremos un solo político de cualquier tendencia que explique con claridad que el concepto “gratuito” no existe?

Podemos discutir quién paga qué y si es adecuado que determinados costes sean sufragados total o parcialmente por la sociedad en su conjunto con sus impuestos -a eso es a lo que llaman “gratuito”- o si parte del esfuerzo debe caer sobre la persona que utiliza esos servicios, llámese sanidad, enseñanza o lo que sea. No existe nada gratuito sino que lo que se discute es quién debe pagar.

En otro alarde de demagogia, las cosas se pueden mejorar cuando se decide que paguen “los que pueden” o “los que más tienen”. Veamos: ¿no tenemos un sistema de imposición progresiva? El lugar donde más debe contribuir el que más tiene es precisamente a través del pago de impuestos pero ¿hay legitimidad para negarle la gratuidad de un servicio universalizado a alguien “porque puede pagarlo” cuando ha financiado ese servicio que es “gratuito” a través de sus impuestos? ¿Escucharemos esto de algún político?

Lo anterior está muy vinculado con corrupción y despilfarro: Cuando, en un alarde de cinismo, se retiraron varios cientos de inspectores de la investigación en paraísos fiscales para dedicarlos a PYMEs y autónomos ¿se iba simplemente a lo fácil o se trataba de evitar que se investigasen los “centros de reparto”? No hay ningún sacrosanto derecho a recibir servicios “gratuitos” puesto que no lo son y la discusión sobre quién debe pagarlo es perfectamente legítima. Sin embargo, sí cabe exigirle a cualquier Gobierno que, antes de apretar al cuello la soga de las subidas de impuestos y reducciones de servicios, mire dónde se está tirando o quién se está quedando el dinero que sería necesario para otras cosas de más provecho.

Lo conocido hasta ahora de la mayor corruptela entre las actuales -la de los EREs en Andalucía- daría para pagar el 25% de recorte suplementario a que nos obliga la Unión Europea y esto, con ser mucho, puede ser el chocolate del loro si miramos, por ejemplo, la enorme cantidad de dinero público -ése que “no es de nadie” según Carmen Calvo y que se utiliza para financiar servicios “gratuitos”- que se ha regalado a los Bancos. ¿Por qué no se siguió el ejemplo de Islandia dejándolos quebrar? ¿Por qué ha habido una negativa cerrada a que se pudiera procesar a políticos por mala gestión como han hecho también en Islandia? ¿Por qué los políticos siguen disfrutando de unos privilegios inaccesibles a los ciudadanos comunes? ¿Por qué el ratio de funcionarios por ciudadano se ha multiplicado por tres en los últimos treinta años? ¿Por qué las corruptelas de los políticos son tan difíciles de juzgar gracias a la triquiñuela de los “aforados”? ¿Por qué tenemos que pagar subvenciones a las organizaciones sindicales, empresariales, a la SGAE, a los productores de cine…?

1812 fue un momento de esperanza que un Borbón, ascendiente del hoy aplaudido y uno de los mayores traidores que se recuerdan a su país y a la decencia en general, se encargó de liquidar. Por una vez, España fue por delante pero, visto lo que vino después, es fácil acordarse de una estrofa de una canción de Serrat:

Bienaventurados los que están en la cima porque el resto del camino es cuesta abajo.

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