Relativismo moral y falsas tolerancias

La reciente manifestación por parte de un líder musulmán de que el gobierno no se debe meter en los temas islámicos sólo tiene una posible respuesta, válida para el Islam y para cualquier otra religión: La religión pertenece al ámbito de las verdades privadas y mientras sea respetuosa con los derechos y deberes que cualquier ciudadano tiene como tal, ningún gobierno tendrá nada que decir. Cuando la religión deje de ser respetuosa con esos derechos y deberes, el gobierno estará en su pleno derecho de intervenir advirtiendo que la renuncia “voluntaria” a los derechos no sirve como argumento.

Hace unos dos años, con ocasión de una serie de protestas de los inmigrantes musulmanes en Australia, el presidente de ese país estableció una posición tal vez excesiva pero acertada en lo básico: Este país tiene un idioma, unas leyes y unas costumbres. Si ustedes están dispuestos a respetarlas, sean bienvenidos; si no, pueden marcharse. La parte excesiva está, obviamente, en lo que podría considerarse una exigencia de vasallaje a las costumbres del país de acogida pero poco habría que decir sobre el idioma y las leyes, especialmente si estas últimas están en concordancia con la Declaración Universal de los Derechos del Hombre.

Uno de los autores que ha sido capaz de desenmascar esa mezcla de falsa tolerancia y debilidad ante la intolerancia ajena es Amin Maalouf. Maalouf señaló que bajo el epígrafe de tolerancia se nos estaban vendiendo posturas que, en realidad, lo único que hacían era encubrir el desprecio a lo que puedan hacer “esos salvajes”. Si se masacran o esclavizan entre ellos -dirían los “bienpensantes”- da lo mismo; llamémosle tolerancia con las diferencias y respeto por las culturas ajenas y miremos para otro lado. Cuando los “salvajes” están entre nosotros, la situación es un poco más complicada pero basta con dejarles en sus guetos sujetos a sus propias normas y seguir mirando hacia otro lado.

Ni los gobiernos tienen derecho a mirar hacia otro lado cuando se incumplen las leyes en nombre de una tolerancia mal entendida ni los prebostes religiosos, de cualquier religión, tienen derecho a exigir ese tipo de tolerancia. Las leyes son válidas para todos y la religión pertenece al ámbito personal mientras no se incumplan las leyes en su nombre. Cuando sí se hace, es necesario intervenir. El toque de atención del presidente australiano marca un camino básicamente acertado aunque excesivo y, desde luego, si es necesario elegir entre la inacción de la falsa tolerancia y el mantenimiento de una postura firme en temas que así lo merecen -como la exigencia del respeto de los derechos humanos para todos- mejor pasarse por exceso en lo segundo que quedarse en lo primero.

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