Principio de Dilbert: Scott Adams nos engañó y Zapatero es la prueba

Las viñetas de Dilbert siempre resultan divertidas y hay algunos dichos ingeniosos y no exentos de verdad como el “Todos somos imbéciles; afortunadamente no todos lo somos para las mismas cosas y al mismo tiempo” y que, si no son una verdad completa, es porque sí se puede identificar a individuos que son imbéciles para todas las cosas y todo el tiempo pero eso daría para una larga discusión.

Adams nos decía que todo trabajador inútil es desplazado al sitio en que menos daño puede hacer, es decir, a la dirección de la empresa y ahí es donde nos engaña. En estos días en que en España se reclama que se adelanten aún más las elecciones porque no se aguantan cuatro meses escasos más de incompetencia absoluta está claro que Adams se equivoca en su afirmación.

Zapatero quería pasar a la historia e incluso en algún momento pensó que conseguiría el premio Nobel de la Paz. Lo segundo no lo conseguirá; lo primero sí. Lo suyo acabará siendo un caso de estudio que dejará pequeña a la parodia de Forrest Gump. Hasta hace poco más de tres meses, hablar de la incompetencia del personaje suponía que le echasen los perros a alguien con la ominipresente acusación de “facha” pero hoy es algo que es plenamente aceptado entre los miembros de su propio partido. La pregunta a contestar, y que será la que haga pasar a Zapatero a la historia,  es cómo es posible que un personaje como éste llegase a la presidencia del Gobierno y, además, fuera reelegido.

¿Por qué llegó a la cabeza de su partido? Dentro del PSOE había mucha gente con ganas de quitarse de encima el padrinazgo de Felipe González. El intento de Borrell no funcionó porque el aparato felipista maniobró para echarlo pero Almunia seguía siendo visto como una continuidad y el candidato principal que tuvo enfrente Zapatero, es decir Bono, también. Por añadidura, Pascual Maragall tenía interés en contar con alguien con el menor peso posible en la dirección nacional para poder maniobrar a su antojo y, aún así, teniéndolo todo a su favor -Maragall y el intento de quitarse de encima a la vieja guardia felipista- Zapatero le ganó las primarias a Bono por nueve exiguos votos.

Es aquí donde empieza lo auténticamente grave: Una vez que alguien ha sido coronado, la disciplina interna entendida como funcionamiento a toque de corneta o, como decía Alfonso Guerra, como “el que se mueva no sale en la foto” hace que al personaje se le adorne de todas las virtudes imaginables ignorando para ello de la forma más grosera una realidad que, desde bastante antes de llegar al Gobierno, decía cosas muy distintas sobre el hasta hace poco glorificado personaje.

Después de esto, otra carambola que tiene aún muchos puntos oscuros: El 11M y su pésimo manejo por el Gobierno de entonces llevó en volandas a Zapatero a la Moncloa. Cuatro años de inacción económica y de guiños “progres” después, se negaba la existencia de una crisis y la eficacia mintiendo de un Solbes tuerto frente a un Pizarro que analizaba la situación de forma correcta pero con pocas tablas políticas le sirvió para ganar de nuevo unas elecciones con el absurdo “Defender la alegría” de sus partidarios del mundo del espectáculo, ahora muy calladitos.

Setenta años después, los alemanes todavía están horrorizados de pensar en que gente normal pudo elegir a Hitler y aceptar pasivamente todas las salvajadas que pudo cometer. Probablemente en España, todos -incluyendo a los miembros y dirigentes del partido de Zapatero- se preguntarán durante mucho tiempo cómo no cortaron la situación cuando, desde el principio, fue visible que el personaje no tenía ni los conocimientos ni la experiencia ni la inteligencia mínimos que se requerían. Eso, sin entrar en análisis más detallados.

En suma, Scott Adams nos engañó y la consecuencia es un “Que se marche ya” cada vez más fuerte y desde todos los lados, incluyendo a los que en mal día lo trajeron.

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