Excelencia educativa: La solución de la Comunidad de Madrid

Que la calidad del sistema educativo español está en caída libre es un hecho; algunos, como Alicia Delibes, colocan el inicio del deterioro en la época de Echegaray con un punto de inflexión, siempre a peor, con la infame LOGSE.

Que no todo vale para solucionar esa situación también tendría que ser un hecho a considerar por los que toman decisiones en este ámbito.

La iniciativa de la Comunidad de Madrid parece casi un intento de oponerse a la totalidad de la que en su día tuvo el en su día ideólogo educativo del PSOE, Álvaro Marchesi. Marchesi, bajo la excusa de “no crear ghetos” optó por la integración, es decir, por meter a niños con deficiencias intelectuales en las clases normales. Lo único que consiguió es retrasar la marcha de las clases y aumentar innecesariamente el sufrimiento de niños, forzados a ser conscientes de sus propias limitaciones por comparación con otros.

La solución de la Comunidad de Madrid, por su parte, consiste en separar a los alumnos de mejor rendimiento. Por supuesto, eso bajará el nivel medio de las clases normales aunque no significa quebaje también el rendimiento individual de los alumnos de nivel promedio: Se pierde un modelo a imitar en la clase pero, por desgracia y dado el ambiente educativo general, es dudoso que el alumno de mayor rendimiento sea considerado el modelo a imitar en gran parte de los colegios. Desde este punto de vista, y sin entrar en detalles como el deterioro que refleja el que la excelencia no sea objeto de imitación, parecería una solución perfecta.

Sin embargo, aunque éstos son temas sobre los que se puede discutir mucho, hay otro más básico que no está siendo planteado en el debate: La igualdad forzada no funciona, entre otras cosas porque siempre se iguala por abajo. Si asumimos la necesidad de discriminación. ¿Cuál ha de ser el criterio? ¿Discriminación por rendimiento o por capacidad?

Por puro azar, he tenido dos ejemplos cercanos en mi ámbito familiar y los dos me han dado elementos en qué pensar para evaluar cuál debería ser el enfoque:

Caso 1: Niño superdotado:

En el colegio se dan cuenta, a los cinco años de edad,  de que un niño es probablemente superdotado y proponen hacerle las pruebas correspondientes. La primera sorpresa -en la Comunidad de Madrid- fue que la unidad administrativa que se encargaba de los superdotados era la misma que se encargaba de los deficientes (todos los “raros” al mismo saco). En caso de que las pruebas revelasen que, efectivamente, era superdotado, le permitirían matricularse en asignaturas de cursos superiores en su mismo colegio permitiéndole, como máximo, finalizar la enseñanza secundaria dos años antes de la edad que le correspondería.

Ante tal escenario, los padres decidieron que no realizara las pruebas. Si un resultado positivo hubiera conducido a que el niño asistiera a un colegio de especial exigencia en aquellos puntos donde el niño manifestaba la superdotación, perfecto. No hacerlo así y dejarlo en el mismo colegio significaba marcarlo y, probablemente, no habría tenido una vida fácil en el colegios, conviviendo con niños hasta dos años mayores y siendo carne de bullying.

Resultado: A sus veinte años, no había desarrollado ningún tipo de hábito de trabajo -no lo necesitaba para pasar con la gorra los exámenes del colegio- hasta el punto de que llegó a suspender exámenes en aquellas áreas donde más claramente se manifestaba la superdotación. No fue un alumno bien visto por sus profesores: Alguien que se dedica a mirar por la ventana o está medio dormido en la clase para, después, pasar los exámenes con facilidad cuando quiere no es bien visto y le pasan factura: Hay pocas cosas más desmotivadoras para un profesor que la demostración de que su trabajo sirve de poco y la insolencia de un adolescente superdotado contribuye a ello.  Si puede, el profesor se venga y la prueba de esto fue que se produjo el infrecuente caso de que la puntuación en los exámenes de selectividad fuera superior a la obtenida en el colegio. Durante toda la etapa colegial, el chico insistió en que los profesores le puntuaban injustamente y, a la vista de los resultados en selectividad, era de creer. En un entorno escolar que permite a un alumno superar los exámenes yendo al ralentí, se desarrollan todo tipo de problemas de actitud.

Caso 2: Niño de alto rendimiento:

Situación casi opuesta a la anterior e igualmente real. Por una serie de conflictos familiares cuya guinda es la aparición de su padre en un programa de telebasura con el impacto que esto pudo tener en su entorno, el niño se refugia en los libros, no tiene prácticamente ninguna vida social, es un alumno agradecido para los profesores y saca las máximas puntuaciones.

Una breve conversación con él puede bastar para darse cuenta de que no tiene un intelecto especialmente brillante e incluso que su capacidad de razonamiento puede estar algo por debajo del promedio. A pesar de ello, sus puntuaciones en el colegio son excelentes y es un alumno muy apreciado. Sus resultados, en una especie de profecía autocumplida, lleva a su entorno más inmediato a pensar que está dotado de una gran inteligencia y, en ese entorno, “ejerce” como la gran promesa familiar.

Sus puntuaciones en selectividad, tanto por las que llevaba del colegio como por las resultantes del examen, son espectaculares y le permiten elegir la carrera que prefiera y en ese momento aparece un problema: Sacar unas notas muy altas en el colegio le exigía pasarse tardes enteras pegado a un libro. ¿Es eso un buen indicador de futuro éxito en una carrera universitaria? No lo fue. El precario equilibrio mantenido con la ayuda de la inmersión en el estudio desapareció cuando los hechos mostraron que su capacidad era insuficiente para el nuevo reto. El chico acabó teniendo necesidad de tratamiento psiquiátrico.

No sirven las recetas facilonas en educación; no sirve, en nombre de una supuesta integración, tratar a todos igual; no sirve tampoco, en nombre de una igualdad mal entendida, tratar de que todo el mundo tenga que llegar al mismo punto. Es necesario recuperar el valor del mérito en el sistema educativo y evitar que se convierta en una gigantesca guardería o, más tarde, en un disfraz del desempleo real. Aunque esto sea muy poco “políticamente correcto”, es necesario recuperar la discriminación entre alumnos pero eso sí: No vale cualquier tipo de discriminación y la que ahora quiere establecer la Comunidad de Madrid puede tener unos cuantos e importantes flecos a resolver.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s