Profesiones vocacionales: El caso de la enseñanza

Hace bastante tiempo descubrí por mera elaboración de la propia experiencia que el gran motivador/desmotivador no hay que buscarlo ni en la Organización Científica del Trabajo, ni en la pirámide de Maslow, ni en teorías X, Y o Z ni en la de los dos tipos de factores de Herzberg sino que había una realidad mucho más sencilla: Es el significado del trabajo lo que representa el gran motivador y es la falta de significado el mayor desmotivador posible.

Leyendo el último libro de Dan Ariely, The Upside of Irrationality, es fácil ver que Ariely ha llegado a idéntica conclusión aunque con un añadido importante: Ha diseñado experimentos para demostrar algo que otros podíamos intuir: Buscó a dos aficionados a construir robots Lego y les pagó una pequeña cantidad por vehículo construido; a ambos les avisaba de que, como tenían pocas piezas, el vehículo sería desmontado de nuevo para el siguiente participante en el experimento. Los participantes eran libres de hacer robots hasta que se cansasen e introdujo una variante entre las condiciones experimentales de los dos: El primero simplemente estaba avisado; el segundo, en el momento en que terminaba el robot y se anotaba la conclusión para que pudiera cobrarlo, era testigo de que el experimentador empezaba inmediatamente a desmontarlo ante sus ojos. Hubo una importante diferencia en la cantidad de robots que uno y otro estuvieron dispuestos a montar ¿Hace falta aclarar cuál abandonó mucho antes el experimento?

Hay puestos privilegiados, no necesariamente en el sentido económico, donde sus ocupantes tienen un acceso directo al valor de su propio trabajo, entre ellos, todos los que tienen una implicación física y directa en tareas que tengan que ver con la vida y con la muerte o aquéllos en los que puede ver avanzar una obra que pueda considerar en buena parte suya pero muchos otros no tienen ese privilegio o circunstancias externas los han ido colocando en la posición del constructor de robots desmotivado del experimento:

La eficiencia es hoy una auténtica “vaca sagrada” pero pocas veces se plantea que una eficiencia llevada a sus últimas consecuencias tiene también un grave coste en términos de motivación: Una de las formas más sencillas de conseguir eficiencia es la ultraespecialización y la fragmentación de tareas dentro de un proceso. Lamentablemente, con cada nuevo fragmento nos llevamos una parte del significado que la tarea tiene para aquél que la ejecuta hasta que, al final, acaba no teniendo ninguno. Tiempos modernos o la magnífica parodia de un call-center pueden mostrar hasta qué extremos de fragmentación y de robo de significado puede llegarse en la búsqueda de eficiencia.

Hace muy poco, alguien me preguntaba dónde colocaria la enseñanza y, a primera vista, no cabría ninguna duda de que entra en el capítulo de las profesiones vocacionales en las que se ve crecer algo en lo que uno está colaborando de una manera decisiva. Las cosas, sin embargo, no parecen tan claras. La existencia de una ya célebre carta de Sarkozy a los maestros franceses hace pensar cómo es un entorno en el que esa carta parece necesaria y recuerda una de esas situaciones chuscas que se daban en la extinta Unión Soviética en la que se negaba la existencia de racionamientos y, al mismo tiempo, se señalaba que un puesto de trabajo especialmente duro tenía acceso a un litro más de leche al día. Si la carta era necesaria, algo andaba mal…en Francia y, siguiendo a Dante, siempre hay un infierno peor, algunos de ellos más cerca.

¿Cómo se le puede robar el significado a un puesto que, a priori, lo tiene y matar cualquier elemento vocacional que pudiera haber en su ejercicio? Imaginemos una situación en la que agredir a un profesor puede salir gratis gracias a cuestiones como la Ley del Menor, donde el valor real de la enseñanza se demuestra con hechos como la promoción automática por edad, el pase de curso con varias asignaturas suspensas o el hecho de que, a mitad de curso, sea necesario empezar de nuevo con la materia porque han llegado varios alumnos nuevos a la clase sin libros y con un nivel de español entre dudoso e inexistente. ¿No es una situación equivalente a la del constructor de robots Lego? ¿cuál es el valor que se le atribuye a la enseñanza que pueda impartir el profesor? ¿podemos extrañarnos de que haya tantos profesores con baja por depresión? No se trata, como en otros casos, de que la búsqueda de eficiencia le haya robado a alguien el significado de su trabajo; se trata de demostrar con hechos que ese trabajo no es valorado. En ese contexto, la carta de Sarkozy resulta que sí podía ser necesaria e incluso serlo más en otros sitios en que aún nadie la ha escrito.

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  1. Trackback: Bitacoras.com
  2. miaslanides

    Con los sucidios en los lugares de trabajo, todas las disciplinas de la clinica del trabajo (psicodinamica, clinica de la actividad, ergonomia de la actividad) y la filosofia del trabajo han sido convocadas por problematicas relacionadas con la falta de sentido en el trabajo, y han generado conocimientos y métodos para pensar y tratar el flagelo… Te recomiendo a algunos autores que seguro conocés, pero que tus lectores quizas menos … Clot, Dejours, Hubault, Schwartz, etc.

    http://www.unige.ch/fapse/life/livres/alpha/H/Hubault_2001_A.html
    http://www.scienceshumaines.eu/index.php?lg=fr&id_dossier_web=2&id_article=24962
    http://www.fabriquedesens.net/Le-Nouvel-Age-du-travail-avec
    http://www.i-tmd.org/index.php?option=com_content&view=article&id=93:yves-schwartz-l-le-travail-sollicite-lintelligence-et-les-valeurs-de-lindividu-r&catid=52:presentation&Itemid=70

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