Automatismos e inteligencia de las máquinas y de los diseñadores

Hace tiempo me tocó sufrir las consecuencias del trabajo -malo- de un afamado diseñador que, como ocurre a menudo, ponía muy por delante la estética de la funcionalidad.

Su primera genialidad consistió en diseñar una barandilla que sólo tenia pasamanos. Puesto que el hueco de escalera era suficientemente amplio, una caída podría haber supuesto que alguien se fuera hasta abajo desde una altura de cinco pisos y, con todo el dolor de su corazón, tuvo que poner otra barra intermedia entre el suelo y el pasamanos.

En ese mismo edificio existía un patio interior iluminado desde arriba con luz natural y con unos focos halógenos de efecto decorativo en una serie de ventanas de las que sólo se abría un costado. Cambiar uno de estos focos -en los que ni siquiera había un sistema de clip para una fácil salida y era bastante complicado sacar uno cuando se fundía- requería todo un montaje de seguridad porque sólo se podia hacer desde una posición semisuspendida o desde un andamio en el piso de abajo y que subiera hasta el quinto piso. Consecuencia: Cuando un foco se fundía no se cambiaba hasta el momento en que se pintaba el patio y el efecto estético no era ni con mucho el pretendido.

Sería difícil encontrar un castigo más duro para algunos diseñadores que obligarles a vivir o a trabajar en un edificio diseñado por ellos mismos.

Hace unos días otra situación absurda: La receta para hacer que un descodificador de televisión por cable responda al mando a distancia es “encender la luz y apuntar al florero”. ¿Por qué? La televisión provoca interferencias que se hacen mayores con la luz apagada y la forma de disminuirlas es colocar el aparato en una posición a 90 grados del televisor y apuntar a un espejo -que incidentalmente es un florero- para que, sentado frente al televisor, la onda rebote y alcance al descodificador. Como me contaban al relatar la chusca experiencia, “si no funciona el remedio, ahora trata de convencer a quien se lo has dicho de que no le estabas tomando el pelo”. ¿No pensaron en esto al diseñar el descodificador? ¿No se les ocurrió que la frecuencia utilizada podía ser interferida por el propio funcionamiento de un televisor? Está claro que no.

Ayer mismo me encuentro con otro ejemplo, en este caso de diseño de automovil: En una compañía de alquiler de coches me dan un Citroen. Cierto que es una marca de la que han salido coches especialmente bonitos como los modelos DS-21 (el célebre Tiburón), el Citroen SM también conocido como Citroen Maserati o el Citroen XM (una derivación para un público más amplio del diseño del SM) pero no es menos cierto que ha tenido algunas ocurrencias que hacen recordar el viejo chiste de que “en el infierno los organizadores son italianos, los policias alemanes, los cocineros ingleses y los diseñadores…franceses”.

El vehículo que me tocó en suerte tenía detalles como que, si se utilizaba el apoyabrazos central, la posición para manejar la palanca de cambios era especialmente forzada y que los famosos “satélites” estaban tapados por el volante y tenían un montón de mandos que eran totalmente invisibles. El asunto no tiene demasiada importancia para un conductor habituado al vehículo pero no suele ser ése el caso en una compañía de alquiler de coches.

Uno de los satélites tenía una variante de un programador de velocidad pero que, en realidad, era un limitador para evitar pasarse accidentalmente de la velocidad autorizada. Hay que reconocerle cierto ingenio aunque, a cambio de reducir el riesgo de multa, puede introducir otro más grave. El sistema no tiene la comodidad del programador de poder llevar el pie fuera del pedal pero, a cambio, la entrada en una curva que no se conoce sólo requiere levantar el pie y no se precisa desactivar el programador, artefacto que también requiere cierto hábito.

La parte negativa, sin embargo, está en el propio funcionamiento del sistema: ¿Qué pasa en un adelantamiento si tenemos limitada la velocidad? ¿Nos acordaremos de poner la limitación en pausa buscando un botón que no vemos cuando necesitamos aceleración y el coche no acelera más? Algunos modelos resuelven el problema con otro automatismo -Mercedes, por ejemplo- y un pisotón enérgico al acelerador desactiva el limitador; en este caso, no vi que ocurriera esto.

Hoy mismo, otra exhibición de inteligencia de las máquinas y sus diseñadores: Manómetro moderno en una gasolinera, de los que se marca la presión objetivo y deja la rueda en la presión seleccionada. Lo utilizo para la bicicleta y me encuentro con que en la rueda trasera funciona correctamente pero, al ponerlo en la delantera, en lugar de inflarla, extrae todo el aire que tenía y la deja a cero. ¿Explicación? Ninguna razonable.

Cuando veo diseños ajenos cuando no contrarios a la funcionalidad y automatismos cuya mayor contribución a facilitar la vida a sus usuarios sería no existir, no puedo evitar acordarme del latiguillo de que el 80% de los accidentes se producen por error humano.

¿Cuántos de esos errores se producen por diseños o automatismos absurdos? ¿Cuántas veces es la persona quien se da cuenta del absurdo y evita un problema que, de haber quedado la decision en manos de una máquina mal diseñada, se habría producido?

A estas alturas, si alguien cuenta aquello de que “los ordenadores nunca se equivocan” puede obtener como respuesta la risa floja de cualquiera habituado a tratar con ellos. El hecho es que estamos rodeados de diseños, tanto en dispositivos como especialmente en software, que pueden hacer buenos a los famosos “objetos imposibles”.

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