La política vista a través de tres frases: Memoria de pez

  1. La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira de Jean François Revel, quien abre con esta frase su libro “El conocimiento inútil”.
  2. Derecho es lo que aprovecha al pueblo alemán es la definición que hicieron los nazis del derecho. Si se sustituye “pueblo alemán” por clases o bandos propios se encontrará hoy en perfecto estado de salud incluso en partidos que dicen no tener nada que ver con los nazis.
  3. Todas las democracias viven bajo el temor a la influencia de los ignorantes, pues en todas partes un determinado porcentaje de la población es capaz de apoyar prácticamente cualquier clase de calamidad social y política de John Kenneth Galbraith en “Una sociedad mejor”.

Aunque sean de autores y épocas distintas, las tres frases pueden sintetizar la dinámica que dirige la acción política en muchos países y que parece irse extendiendo a otros. La primera y la tercera frases se complementan perfectamente: Si alguien está dispuesto a explotar la ignorancia ajena y no tiene el menor respeto por la verdad, su modelo entrará de lleno dentro de lo que se ha dado en llamar el populismo, plaga que se ha ido extendiendo incluso a países que se consideraban más avanzados en el terreno político.

La segunda frase ya no se refiere a qué se consideran medios legítimos sino a los fines: Si favorece a los míos, todo es válido y viceversa: La legitimidad se mide en función de la utilidad propia. Cualquier observador interesado de la historia y la política recientes, entendiendo como recientes los acontecimientos ocurridos desde el inicio del pasado siglo XX, encontrará que el 1984 de Orwell hace mucho tiempo que dejó de ser una utopía para pasar a ser una descripción bastante fiel de lo que ocurre, muy especialmente en lo que se refiere al “Ministerio de la Verdad” orwelliano. La cantidad de ejemplos que se podrían utilizar permitiría llenar unos cuantos libros y por ello sólo incluiré unos cuantos casos de memoria selectiva cuando no de mentira abierta y deliberada:

Primer ejemplo: Supuestos extremos que se tocan.

Para muchos, comunismo y nazismo son polos opuestos con algunos puntos comunes accidentales. Menos conocido es que hasta el momento en que Hitler rompió el pacto con Stalin, había una estrecha colaboración hasta el punto de que, Georges Marchais, secretario del Partido Comunista Francés durante muchos años, fue un destacado colaboracionista con los nazis, cosa que no interesó difundir ampliamente como aún puede observarse si se comparan las referencias al personaje en las versiones en inglés y en español de Wikipedia.

Tampoco interesó difundir mucho que, una vez rotas las relaciones Hitler-Stalin, los partidos comunistas, entonces descaradamente teledirigidos desde Moscú, intentaron lavar su imagen enviando a sus miembros a auténticas misiones suicidas que pudieran servir para que su partido se colgase el marchamo heroico a costa de la vida de sus miembros que fueron utilizados como material desechable.

También se mantuvo oculto durante muchos años que la masacre de oficiales del ejército polaco en Katyn, atribuida a los nazis, fue provocada en realidad por el ejército de Stalin. Nazis y comunistas no estaban lejos ni en principios ni en prácticas a pesar de que se ha intentado hacer pasar como válida la idea de que el nazismo era algo así como una derecha “exagerada”, cosa difícil de sostener si se considera que el propio nombre de nazismo es una abreviatura de nacionalsocialismo, es decir, nacionalismo más socialismo. No es casualidad que el propio Mussolini proviniera de las filas del Partido Socialista Italiano.

Incluso hoy, sacar a relucir lo anterior significa asumir claros riesgos si quien lo dice es un personaje público y sólo autores como Friedrich Hayek en su “Camino de servidumbre” se atrevieron a hacerlo cuando el riesgo era evidente e iba mucho más allá de la condena al ostracismo por no seguir las consignas obligatorias. Orwell en estado puro.

Segundo ejemplo: Defensa del voto femenino.

Partidos que hoy se presentan como paladines de la igualdad de la mujer evitan cuidadosamente que se sepa que antes de la guerra civil española se oponían furiosamente al voto femenino defendido por Clara Campoamor con el argumento de que las mujeres podían inclinar el voto en sentido contrario a sus intereses.

Parece que en el conflicto entre intereses y principios estaba claro qué predominaba y la consecución del voto femenino fue descrita por un diputado como “una puñalada trapera a la república” pero quien defendió que no se concediera el voto a la mujer sería otra diputada de izquierdas: Victoria Kent. Resulta paradójico que ahora los mismos que la criticaban intenten instrumentar la figura de Clara Campoamor inaugurando estatuas suyas y, al hacerlo, y mostrar tan pésima memoria dejan claro que se mueven de acuerdo con la frase número 2 por la cual los intereses son sagrados y todos los medios valen.

Tercer ejemplo: Fundadores incómodos.

Esos mismos partidos y algunos otros han tenido fundadores racistas o golpistas que decían abiertamente aceptar la legalidad si las decisiones que salían de ésta les eran favorables y rechazarla en caso contrario, fundadores a los que tienen muy presentes en su imaginario pero procurando no hablar demasiado de sus dichos y hechos. Tal vez por eso las obras de Sabino Arana no las editó el PNV sino el ABC.

Al intentar que se olvidasen los hechos previos de cada uno, pareció que la patente de demócrata se podía adquirir simplemente jurando odio eterno retrospectivo al dictador y, por esa vía, se dio entrada a la actividad política a gente que no era mejor que aquellos a los que sustituían.

El principio de “los enemigos de mis enemigos son mis amigos” siempre ha sido erróneo y durante esa época se acuñó la expresión “demócrata de toda la vida” como un sarcasmo para referirse a antifranquistas recién descubiertos como tales o a otros que, siéndolo realmente, tenían unos principios de actuación perfectamente homologables en cualquier dictadura.

Estar en contra de alguien no puede tomarse nunca como referencia válida para saber en favor de QUÉ se está pero en ese momento se hizo y se cometió un grave error. La transición española fue edificada sobre la ignorancia y, al hacerlo así, se aumentó el peligro que tal ignorancia representa en cualquier sociedad.

Cuarto ejemplo: Personajes injustamente tratados (peor o mejor de lo que merecían).

En este juego de mentiras, intereses y promoción de la ignorancia que define gran parte de la actividad política hay también héroes y villanos y gente que puede pasar de un lado al otro rápidamente y en función de los intereses del momento. Así, durante la Segunda Guerra Mundial hubo personajes como Oskar Schindler que fueron rescatados de un injusto anonimato gracias a la magia del cine y de Steven Spielberg; no lo han sido en igual medida otros como Hosenfeld que mereció una breve mención en “El pianista” pero su muerte en un campo de concentración soviético podía convertirlo en un héroe incómodo.

Si vamos a los que nos son más cercanos, Ángel Sanz Briz nunca alcanzó el reconocimiento que su acción habría merecido como embajador en Budapest durante la época más dura del franquismo salvando a un número de personas que algunos cuantifican alrededor de las 2.000 de los campos de concentración nazis. ¿Es porque su posición como embajador presupone una cercanía con el régimen franquista? Parece una hipótesis razonable si no fuera porque no se aplica a todos por igual. Así, un militar que participó en la represión de los mineros de Asturias en 1934 bajo el mando de Franco puede ser mitificado por su nieto, miembro del partido político que organizó la revuelta y a la sazón presidente del Gobierno.

Tampoco alcanzó el relieve que merecería Julián Besteiro, diputado socialista que intentó sin éxito detener la peligrosa deriva de su partido que desembocaría en la guerra civil y cuya colaboración fue clave para su finalización. Paradójicamente, si alcanzaron ese relieve los también socialistas Indalecio Prieto y Francisco Largo Caballero , el segundo de los cuales sería aclamado como el “Lenin español” mientras que la escolta del primero participaría activamente en el asesinato del dirigente de la oposición, José Calvo Sotelo, hecho que sería el desencadenante de la guerra civil.

Las estatuas de Prieto y Largo Caballero permanecen en Madrid a pesar de que fue retirada de la de Franco a pocos metros de las primeras y no es fácil entender a qué se debe el distinto tratamiento dado a unos y a otros responsables directos de la guerra española y de golpes de Estado fallidos o completos, uno en 1934 y otro en 1936. Indalecio Prieto resultaría bastante explícito sobre lo ocurrido en 1934 en la siguiente frase: “Me declaro culpable ante mi conciencia, ante el Partido Socialista y ante España entera de mi participación en el movimiento revolucionario (…) en su preparación y desarrollo. Lo declaro como culpa, como pecado; no como gloria“:

No fue tratado tampoco justamente por la historia reciente Felix Schlayer, cónsul honorario de Noruega y cuyo mayor delito parece ser la denuncia de Santiago Carrillo y Margarita Nelken y su responsabilidad en las matanzas de Paracuellos y cuyo libro “Matanzas en el Madrid republicano” ha sido hasta hace poco objeto de un boicot editorial.

A pesar de que contribuyó a salvar de las matanzas a varios cientos de personas durante la guerra, el artículo que puede verse en Wikipedia dedicado al personaje no deja claro que tales responsabilidades dejaron de ser hipótesis para convertirse en certezas tras la desclasificación de documentos en la Unión Soviética relativos a la guerra civil española.  No fue tratado tampoco con mucha justicia Melchor Rodríguez, conocido como “el ángel rojo” por su intento de evitar mientras le fue posible en su papel de director de la cárcel Modelo de Madrid las ya comentadas matanzas de Paracuellos.

Quinto ejemplo: Memorias selectivas recientes e incompetencias más allá de lo verosímil.

Quizás la concordia exija cierto grado de olvido, como se intentó hacer en 1977. Lo que sin duda no exige es un olvido total, con el riesgo asociado de ignorancia y de caer una y otra vez en los mismos errores y, sobre todo, no exige un olvido selectivo por el cual las cosas son recordadas u olvidadas según de quién vengan y pueden, además ser sucesivamente olvidadas, recordadas u olvidadas de nuevo en función de los intereses de cada momento.

En ese momento, la máquina de agitación y propaganda y las consignas funcionaban a todo gas como puede mostrar el siguiente ejemplo: En la celebración de las primeras elecciones, la izquierda apoyaba –probablemente con la boca pequeña- la abstención y la campaña gubernamental utilizó a un conjunto musical entonces de moda, Vino Tinto, con una canción de título tan expresivo como “Habla, pueblo, habla” y que era un simple slogan publicitario en favor de la participación. ¿Alguien volvió a oir hablar del grupo “Vino Tinto”? Nunca más. La condena al ostracismo por parte de los que ya entonces dominaban entre otros el mercado musical fue tan inapelable que el grupo desapareció de escena para siempre.

El momento actual es prolífico en tales fenómenos y pueden encontrarse en el recuerdo reciente hechos que mueven a risa como las protestas desde el PSOE por la conducta del fiscal general del Estado de tiempos del PP, Jesús Cardenal, olvidando que el nombramiento de otro fiscal general anterior, correspondiente a la época del PSOE -Eligio Hernández- fue considerado ilegal años después de que hubiera abandonado el cargo y hubiera cambiado incluso el gobierno que le nombró. Si entramos en la conducta del actual, daría para escribir varios libros que no se escribirán porque, en su momento, se volverá al olvido interesado.

No hablemos de declaraciones donde la democracia está representada por la opinión de la calle expresada en manifestaciones más o menos multitudinarias o por el Congreso, según interese en cada momento. Responden al mismo modelo y ambos partidos mayoritarios y otros que no lo son han utilizado este recurso.

El PP, a su vez, puede acusar al actual gobierno de incompetencia y sectarismo pero tampoco debería olvidar que ha puesto en el Consejo de Ministros a personajes como Celia Villalobos, perfectamente homologable en capacidad intelectual y política con los casos que está criticando. Es posible que alguien alegue que el motivo para tal nombramiento –al igual que otro se atribuyó a una imposición del Rey- era el compromiso con su marido, Pedro Arriola, sociólogo del cabecera del PP y al que algunos atribuyen el batacazo electoral de 1993, asunto que parece haberse olvidado también. Si esto es así ¿hay que asumir que la composición de los gobiernos se maneja como si fuera un cortijo buscando equilibrios entre los compromisos? ¿Tiene algún valor la competencia o es algo que se considera prescindible?

En el ámbito de la democracia interna también predomina la mala memoria: El PP ha dado espectáculos en el ámbito de la democracia interna como el sistema de nombramiento del sucesor de José María Aznar o de la concejal del área de medio ambiente del Ayuntamiento de Madrid mientras el PSOE, iniciador del mecanismo de las primarias en España, tiene en su haber el derribo desde dentro de un candidato elegido que no les gustaba. La dimisión de Borrell como candidato a la presidencia del Gobierno es un caso que tiene pocos paralelismos: Una corruptela que le afectaba directamente y que es denunciada por un medio tan afín que nunca se supo si era dueño del partido o era al contrario.  Más recientemente, hubo otro espectáculo similar a cuenta de los negocios de Bono, nominado como posible recambio de un Zapatero del que todos van tomando distancia dentro del PSOE, y cuyos asuntos fueron publicados en el diario más cercano a Zapatero que se conoce.¿Otra casualidad como la de Borrell?

Podemos acusar de burricie galopante a alguien que dice que “el dinero público no es de nadie” o que confunde el verbo latino “dixit” con “Pixie y Dixie” como la ex-ministra Carmen Calvo, quien añade a estos simpáticos detalles el ser natural de Cabra, lugar donde se produjo un sangriento bombardeo durante la guerra civil española mucho menos publicitado que el de Guernica. ¿Será porque los autores no eran del mismo bando? Burricie y sectarismo en estado puro pero, en lo referente a lo primero, muchos prefieren olvidar que la gran esperanza blanca de la derecha española, Esperanza Aguirre, confesó que no había tenido ocasión de ver nada de la simpática “Sara Mago” y se calló en un debate con Pascual Maragall cuando éste le dijo que la capital de la Corona de Aragón estaba en Barcelona pretendiendo establecer una continuidad histórica de Cataluña como nación aunque fuera bajo otro nombre.

Final: El concepto de equilibrio en la crítica.

Es posible que, a la vista de todos estos ejemplos y muchos más que se podrían poner, alguien concluya que no existe un “equilibrio”, curiosa doctrina por la cual los ataques a la izquierda tienen que venir equilibrados por ataques a la derecha pero no al revés y que Revel en su libro “El conocimiento inútil” denunció. Es cierto; no existe tal equilibrio porque no puede existir. La mentira, tal como es retratada por Orwell en “1984” es un arma de uso preferente de la izquierda y en la que la derecha ejerce de aprendiz poco aventajado.

Puesto que el tema que se está tratando aquí es la utilización de la mentira y la memoria selectiva como armas políticas resulta bastante lógico que sea la izquierda la que salga mucho más perjudicada en el retrato. Si hablásemos de otro tipo de armas como la utilización de todo tipo de medios para mantener situaciones de privilegio, probablemente tendríamos que mirar en otra dirección. Sin embargo, del mismo modo que la derecha ejerce de aprendiz poco aventajado pero aplicado en el uso científico de la mentira, la izquierda también ejerce de aprendiz en la utilización de los mecanismos de perpetuación en el poder y en el privilegio.

Cierto es que llega un momento en que hablar de derechas o izquierdas acaba resultando estéril y la atribución de una etiqueta u otra no obedece a comportamientos sino a relaciones. Por ejemplo ¿alguien en su sano juicio puede considerar a Hugo Chávez como un personaje de izquierdas? Ni su biografía ni su conducta lo cualifican como tal. Sólo hay dos cosas que invitan a hacerlo así: Se ha rodeado de personajes que dicen ser de izquierdas aunque salvo el “atrezzo” es difícil de identificarlos como tales y las nacionalizaciones no responden a ningún programa sino a impulsos de mostrar que es quien manda. Cuando algunos periodistas llaman “gorila rojo” a Hugo Chávez, quizás tanto la presencia como la necesidad de golpearse el pecho de vez en cuando le podrían cualificar como gorila. Lo de “rojo” resulta, como mínimo, dudoso por mucho que se acompañe de amistades como los Castro, Evo Morales, Kirchner, Zapatero y otros personajes que merecerían, uno a uno, también un análisis pormenorizado. De nuevo Orwell, en esta ocasión el Orwell de “Rebelión en la granja”, explica muy bien el funcionamiento de la política.

Si intentamos hablar de la derecha e izquierda y escaparnos de esas atribuciones casi aleatorias de derecha o izquierda como el ejemplo de Chávez, tendríamos que hablar necesariamente de derecha e izquierda tradicionales. En el momento en que introducimos conceptos correctores como derecha o izquierda liberales, liberalismo puro sin derecha ni izquierda o centro, es decir, la asunción de los actos de la derecha y los principios de la izquierda con la mala conciencia consiguiente, ya nos perdemos.

Hablemos pues de la derecha tradicional: Ser asesinado no eleva a nadie a los altares y el asesinato de José Calvo Sotelo dice a las claras cuáles eran los principios de los actores y de los organizadores pero no borra el hecho de que Calvo Sotelo podía ser un personaje con muchas más sombras que luces, tanto en su época en la dictadura de Primo de Rivera como en la república. Más hechos olvidados. Sin embargo, volviendo a la diferencia en la utilización de la mentira, cuando el abuso ha venido de la derecha siempre ha sido más directo, entendido como una forma de recrearse en la posición dominante y que Agustín de Foxá, con un gracejo reconocido incluso por sus detractores definía como “soy rico, soy gordo y soy conde ¿cómo no voy a ser de derechas?” (no es la frase exacta pero ése es su sentido). Lenin podía decir “Libertad ¿para qué?”. La derecha tradicional podía decir “Mentir ¿para qué?”. No necesitaban engañar sino imponer crudamente sus condiciones.

No en vano la derecha clásica ha sido denominada conservadora ya que, en muchos casos, estaba compuesta por aquéllos que querían conservar algo y es ahí donde se han producido abusos que, en última instancia, pudieron justificar conductas revolucionarias en algunos momentos de la historia. No parece tan claro, sin embargo, que la izquierda clásica tenga motivos para autoatribuirse la etiqueta de “progresista” y tampoco hay motivo alguno para que la mentira o el olvido o recuerdo selectivos sean armas que podamos considerar legítimas si son utilizadas por “los buenos”.

La izquierda ha hecho gala siempre de una supuesta hiperlegitimidad por la cual cualquier medio que sirva a sus intereses es válido -paralelismo con la frase 2- sin que la historia ni los hechos puedan mostrar motivo alguno para justificar tal pretensión de hiperlegitimidad. La derecha tradicional, por su parte, siempre se ha mostrado torpe en el manejo científico de la mentira utilizando, en su lugar, los recursos económicos y los derivados de éstos para intentar perpetuar situaciones de privilegio.

Bertrand Russell, refiriéndose al cristianismo, decía que, incluso en el caso de que hubiera evidencias de que una creencia pudiera ser beneficiosa, ello no decía nada en favor de su verdad. Sería de desear que los políticos tuvieran el mismo respeto a la verdad que manifestó Russell durante toda su vida y que no se comportasen como los miembros de una fé religiosa donde el valor de los argumentos se mide en función de su utilidad inmediata en lugar de hacerlo en función de su veracidad.

Creo que no es exagerado afirmar que los políticos desprecian la verdad en favor de la utilidad inmediata y de lo que sea más favorable para obtener o mantenerse en el poder. Quizás la formulación más descarnada de esta posición fue la de Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano, y su concepto del “intelectual orgánico”, es decir, aquél que ponía los argumentos para vender lo que el partido quisiera en cada momento pero Gramsci nunca estuvo solo y cada día parece más acompañado tanto de propios como de ajenos.

Las desastrosas consecuencias del caso Lysenko y del intento de subordinar la ciencia al credo político del momento deberían dejar claro que la verdad y los principios merecen respeto por encima de los intereses inmediatos. Sin embargo, los partidos políticos se han convertido en pesadas burocracias cuyo fin último es el de obtener o mantenerse en el poder y, al igual que se dice de las guerras, la primera víctima de la pugna política es la verdad.

Sería también una buena noticia que la derecha de la defensa de los privilegios y la izquierda de la mentira científica desapareciesen del mapa en favor de gente que no mienta. Cierto es que el pasado también nos dice que cuando alguien ha querido superponerse a ese modelo de mercaderes de mentiras, el remedio ha sido peor que la enfermedad y se ha dado lugar a los grandes desastres de la historia reciente como los fascismos, nazismos, comunismos y populismos, valga la redundancia.

¿Significa esto que no hay remedio? Probablemente sí lo hay y pasa por la lucha contra la ignorancia y la honradez intelectual no ya de los políticos sino de aquéllos que les pagan el sueldo y su disposición a recordarles los hechos que su memoria selectiva decida olvidar en cada momento. Cuando las tres frases con que se abría este post dejen de evocar resonancia alguna con acontecimientos actuales, habremos llegado al momento en que los políticos habrán aprendido o se habrán visto forzados a comportarse como personas decentes. ¿Es mucho pedir?

NOTA FINAL: Este post no ha sido escrito en un momento de enfado sino que me lo ha sugerido un hecho reciente: La publicación por parte de Joaquín Leguina, ex-presidente de la Comunidad de Madrid de que Zapatero estaba loco.

Joaquín Leguina, ahora aclamado por los detractores del PSOE, se mantuvo en el poder gracias a la contribución de un personaje llamado Nicolás Piñeiro y el principal perjudicado de la maniobra fue, lógicamente, el partido que habría sido la alternativa en el poder. Fue una época de baile de cifras que cambiaban de bolsillo en todas las direcciones y del mismo modo que Piñeiro fue agraciado por la concesión de una gasolinera en un momento en que esto era especialmente difícil y en un punto donde el negocio estaba asegurado, un modesto limpiador de piscinas y diputado comunista en la Asamblea de Madrid, Miguel Ángel Olmos, denunció que le habían ofrecido una entonces gran cantidad de dinero por cambiar su voto, cosa que no hizo.

Cuando más adelante, la irregular conducta de los diputados Tamayo y Saez forzó una repetición de las elecciones, los diputados socialistas saltaron al cuello de Esperanza Aguirre olvidando que en el infinitamente más grave caso Piñeiro su propia conducta había quedado en evidencia…al igual que olvidan ahora el caso Piñeiro los compañeros de Aguirre cuando jalean a Leguina en sus ataques a Zapatero. Llegados a ese punto, es inevitable preguntarse si a alguien le interesa la verdad y de ahí este post dedicado en exclusiva a la mentira y a la memoria selectiva de los políticos.

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