Dinero público y batacazo de Obama

El batacazo que se llevó Obama ayer ha tenido unas dimensiones muy importantes http://edition.cnn.com/ELECTION/2010/results/main.results/#val=H y, cuando se mira desde la perspectiva de un extranjero, deja claras algunas cosas que se pueden hacer y otras que no se pueden hacer en Estados Unidos.

¿Por qué en tan poco tiempo se puede pasar de obtener un apoyo histórico a una caída no menos histórica? Desde luego, no es por racismo. El racismo -entendido en un sentido amplio, es decir, toma de decisiones sesgada por la raza- se manifestó en la elección de Obama. El hecho de que más de un 90% de la población negra le votase implica de forma clara que el primer parámetro utilizado para decidir sobre el voto fue precisamente la raza del candidato, o sea, que fue una elección en clave racista y tal vez ahí está el origen del problema:

Antes de llegar a la presidencia, Obama no hizo totalmente explícitos sus proyectos o, para ser más precisos, cuál sería el coste de los mismos. Fue votado porque, en ese momento, representaba un icono y, además, era sin duda alguna uno de los mejores vendedores tanto de imagen como de ideas que puedan encontrarse en el mundo. Posiblemente un candidato más tradicional, blanco y con peor presencia y capacidad como vendedor que Obama, nunca habría llegado a la presidencia porque los votantes habrían sido mucho más críticos con él.

Obama dejó claro desde el primer momento que iba a tocar una de las vacas sagradas de Estados Unidos, probablemente la más sagrada de todas: El dinero público.  La situación de crisis ha conducido a que la tocase aún más de lo que ya tenía previsto y, como consecuencia, el rechazo generalizado tomó forma en el ya famoso Tea Party que ha tenido un notable papel en estas elecciones. Para bien y para mal, el dinero público es sagrado en Estados Unidos y eso es algo que no fue calibrado debidamente ni por Obama al presentar sus planes ni por sus electores al evaluarlos antes de votar.

Obama no es, como lo presenta la Fox, liberal en una curiosa utilización del término que, en Estados Unidos, significa algo muy parecido a la extrema izquierda. Su modelo político visible tiene muchas más similitudes con una socialdemocracia del lado europeo del Atlántico aunque, eso sí, Obama también se encuentra afectado por esa enfermedad degenerativa de la racionalidad conocida como “lo políticamente correcto”, cuya última manifestación visible ha sido su defensa de la construcción de una mezquita en la zona donde estuvieron las torres gemelas.

Probablemente, el énfasis del americano medio en el control del dinero público y en saber en qué se está gastando SU dinero hará muy difícil que en Estados Unidos lleguen a tener en algún momento una sanidad pública digna de tal nombre y permitirá que se sigan viendo en algunas grandes ciudades aceras más propias de una aldea africana. Ésta es la parte negativa que, por haber sido ignorada, le ha costado a Obama el batacazo de ayer y, previsiblemente, le costará también la reelección.

La parte positiva, porque también la tiene, es la que nos puede hacer sentir envidia a los españoles: Que un alto representante político diga que “el dinero público no es de nadie” supondría en Estados Unidos su expulsión inmediata del cargo y posiblemente del partido. Si en lugar de decirlo , lo hace y el alto representanto político utiliza el dinero público para la compra de fidelidades, de votos, para favorecer a los amigos, para lujos propios y de los allegados o, directamente, para estupideces como sistemas de traducción entre personas que hablan el mismo idioma…es echado a patadas del puesto.

A Obama algunos lo han presentado como una reedición de Carter que, entre sus escasos pero muy reconocidos méritos, consiguió que los ayatolas iraníes tomasen a Estados Unidos por el pito del sereno y actuasen en consecuencia. No es cierto; aunque seriamente afectado por el virus de lo políticamente correcto, Obama podría ser un político homologable en muchos países de Europa pero no en Estados Unidos. El americano medio tiene muy claro que el dinero público es SUYO, quiere decidir en qué se gasta y no acepta fácilmente planes faraónicos. Igualito que en España.

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