¿Hay una vida anterior al GPS?

Cuando circulamos por calles o carreteras principales, la cosa no es especialmente difícil aunque es cierto que en unos sitios es más fácil que en otros: Siempre he sostenido que la diferencia entre España y Estados Unidos en la cuestión de la señalización está en el papel que en uno y otro sitio le asignan a los idiotas: En un sitio las señales están hechas por idiotas y en el otro están hechas para idiotas.

En España es fácil encontrar que la señal en unas ocasiones está antes y en otra después de la calle o carretera por la que hay que desviarse -el caso más genial que recuerdo es el de una señal artesanal en mitad de una carretera que decía “Restaurante: 70 metros atrás”- o que, después de ir siguiendo trabajosamente una indicación, de repente se llega a una bifurcación o una glorieta y la señal que se iba siguiendo ha desaparecido. ¿Asumimos que hay que seguir recto, en el caso de que exista tal posibilidad? La experiencia dice que no.

El caso de Estados Unidos es distinto; las señalizaciones de las carreteras principales son ejemplares aunque, incluso con GPS, es posible perderse en ciudades con combinaciones diabólicas de túneles, edificios altos y calles estrechas, a menudo con árboles. En esas condiciones, el GPS tira la toalla; sin embargo, hay algo peor: En Estados Unidos hay millones de personas que viven literalmente en el campo y una cosa es la señalización en las carreteras principales y otra cosa es ir a la casa de un amigo que vive en la carretera del Pato Negro en una población a 40 kilómetros de la ciudad (y lo de la carretera del Pato Negro es real). Un GPS con una buena cartografía es capaz de llevarnos allí sin pestañear y eso es lo que lleva a preguntar ¿Cómo llegaba aquí la gente antes? ¿Quedaban en otro sitio al que se pudiera llegar con la señalización y eran acompañados por el dueño de la casa? ¿Intentaban guiarlos por teléfono móvil tratando de figurarse dónde se habían perdido? ¿Preparaban unos mapas detalladísimos que adjuntaban a las tarjetas de visita? ¿Imprimían las instrucciones de Google Maps…que tampoco es tan antiguo para ser una posibilidad real?

Todo esto lo resuelve el GPS que, eso sí, introduce sus propios problemas: Como puede haber doscientas poblaciones que se llamen Concord y aproximadamente doce mil que se llamen Salem entre otras y, por añadidura, a veces no están demasiado lejos entre sí, si no se está muy atento se podría aparecer a cien kilómetros del punto al que se pretendía ir en otra población que se llama igual o en un sitio donde, por fin, nos hemos dado cuenta de que, en contra de lo que decía el GPS, ése no era el camino.

En España las cosas son diferentes pero no tanto como podría pensarse: El papel otorgado por la Administración a los idiotas -en realidad hay muchos más y de mucha más relevancia pero no entraremos ahora en eso- hace que sea relativamente fácil perderse incluso en vías principales pero, si se ha conseguido salvar ese escollo, puede encontrarse otro fenómeno: Pueblos muy cercanos a las grandes ciudades que se han convertido en ciudades dormitorio y les han crecido alrededor las urbanizaciones como setas: Llegar a la calle principal o al Ayuntamiento del pueblo resulta fácil pero resulta que nuestro amigo, al que vamos a visitar, vive en la urbanización “Europa Siglo XXI” (me la acabo de inventar y no sé si existe pero ese tipo de nombres es frecuente y revela una imaginación tan desbordante como la repetición de nombres de ciudades de los americanos), en el chalet J5 de la calle de las Acacias…y claro, ir al casco urbano del pueblo y averiguar dónde queda eso es una tarea que, a su lado, los trabajos de Hércules son una minucia.

Al final, se viva en mitad de un bosque o en mitad de una selva de cemento, el resultado es el mismo: Los mapas han dejado de cumplir su función y, como máximo, nos pueden acercar a cuatro o cinco kilómetros del punto de destino. A partir de ahí, sin GPS vamos totalmente vendidos y el teléfono móvil puede no ser suficiente, salvo que sea de los que fotografían el sitio y nos lo muestran en el mapa, porque aunque uno no sea como el que se extravió en Nueva York y,  cuando su interlocutor le preguntó en qué calle estaba, le contestó a la vista del letrero que “en la calle One Way”, resulta muy difícil guiar o ser guiado por teléfono.

Nos guste o no, el artilugio se ha hecho completamente imprescindible y las generaciones más jóvenes acabarán preguntándose cómo podíamos llegar a los sitios cuando no existía o, como mínimo, no era de uso generalizado.

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