La importancia de llamarse “Jhon”

¿Jhon? Sí; Jhon…no John. Jhon o Jhonny, escritos así, son nombres muy comunes en la República Dominicana aunque no lo sean tanto, salvo entre los inmigrantes dominicanos, en los Estados Unidos.

Nunca había tenido ocasión de conocer de primera mano, salvo en retazos sueltos, la situacion de los inmigrantes en Estados Unidos pero, al final, surgió la oportunidad de la mano de un ex-alumno de la República Dominicana que emigró a Boston.

Alguien puede preguntarse razonablemente cómo es posible que alguien esté viviendo en Estados Unidos en situación ilegal, durante bastantes años, sin aprender inglés y siempre con el miedo de que en un control aleatorio lo devuelvan a su país para empezar de cero. Pues bien…es posible y, para entenderlo, lo primero que hay que entender es que en Estados Unidos no existe la obligatoriedad de tener un documento de identificación oficial emitido por el Gobierno. Ese papel suele cubrirlo el carnet de conducir cuando se tiene.

Alguien puede llegar y, sin que nadie le pregunte por su situación en cuando al permiso de residencia, firmar un contrato de alquiler, luz, teléfono, etc. Posteriormente, esos mismos contratos le servirán como prueba de residencia para, por ejemplo, llevar a los niños a la escuela pública y esta situación se puede perpetuar si no se le encuentra una salida, no le cae a uno la lotería de una operación de regularización masiva o la otra lotería, la de que en un control aleatorio o no tanto, lo metan en un avión de regreso después de varios años de residencia ilegal.

La situación de residente ilegal no es pública, ni siquiera de cara a los de la propia comunidad. Una simple discusión vecinal puede dar lugar a una denuncia y se intenta al máximo ocultar la situación aunque indicios como, por ejemplo, que alguien no haya regresado a su país durante varios años dejan claro para todos que el problema no está en la visita a su pais sino en la posibilidad de regresar a la que tomaron por la tierra prometida.

En cuanto al trabajo, tampoco hay problema…siempre que se esté dispuesto a aceptar cualquier cosa y por cualquier sueldo. Hay especialistas en buscar lugares que no hagan preguntas incómodas, ni siquiera la más incómoda de todas: Do you speak English? Eso sí, a cambio puede tener que conformarse con unos trabajos y unos sueldos de miseria y sin posibilidad de salir del agujero: Puede estudiar o trabajar en otros lugares estando en una situación de residencia ilegal pero nunca si no conoce bien el inglés. A lo mejor en España esto lo tenían que aprender los que intentan utilizar el idioma para excluir al de fuera sin darse cuenta de que también están provocando su propia exclusión fuera de su limitado terruño.

Hay dos exclusiones que se realimentan aunque a veces van por vías separadas: La del idioma, que tan bien refleja el Jhon dominicano, y la de la residencia. En las inevitables zonas de exclusión a que dan lugar las distintas situaciones, acaba por producirse algo parecido a un sistema de castas:

Los boricuas, denominación de los portorriqueños al menos por los dominicanos, son los más envidiados porque tienen el problema de la residencia resuelto, sin tener que recurrir a subterfugios como matrimonios de conveniencia o la simple situación de residencia ilegal.

Sin embargo, la residencia, que algunos pueden utilizar incluso para ejercer como beneficiarios de matrimonios de conveniencia, no da por sí sola acceso a trabajo ni a estudios si no se domina el inglés. En todo caso, da derecho a permanecer de por vida en un ghetto sin salida posible.

La siguiente casta sería de la de aquéllos que, por unos u otros procedimientos, han conseguido legalizar su situación. Éstos tienen salida siempre que no se dejen atrapar por el ghetto y la comodidad envenenada de seguir entre los suyos, en una tierra extraña cuando no hostil, y sin necesidad de aprender inglés. Es posible que en unos cuantos años lo necesiten para entenderse con sus propios hijos, que a edades muy tempranas ya identifican el español como el lenguaje de la exclusión y prefieren utilizar el inglés, incluso cuando el slang con el que han aprendido a manejarse en su entorno de marginalidad y que puede apreciarse en niños de diez años escasos tampoco les vaya a llevar muy lejos. La comodidad es traicionera; cuando se intenta reaccionar, puede ser ya imposible.

Por último, está el grupo de los parias, los que salieron de su país a menudo engañados por sus propios compatriotas que intentan salvar la cara. Algunos inmigrantes, lo mismo en Estados Unidos que en cualquier otra parte, necesitan tener su momento de gloria y, para ello, nada mejor que aparecer por su propio país como alguien que ha triunfado a pesar de la dureza de los momentos iniciales.

¿Dónde se van a encontrar los televisores más grandes y los aparatos de sonido con más vatios de los que se exprimirá hasta el último? Premio:  En las barriadas de inmigrantes hispanos. Una exhibición de gadgets puede ser suficiente para que alguien desesperado se trague la historia de la tierra prometida y esté dispuesto a llegar allí a cualquier precio y en cualquier condición. Cuando descubre que las cosas no eran como se las habían contado, Jhon tiene muy difícil la vuelta atrás y repite el ciclo presentándose como triunfador frente a otros.

Todas las legislaciones sobre inmigración llevan consigo una dosis de crueldad. difícilmente evitable. El “papeles para todos” es tan utópico como real es el hecho de que el lugar de nacimiento es un accidente y que sentirse orgulloso o avergonzado de ese accidente es una de las múltiples manifestaciones de la estupidez humana. Sin embargo, la peor crueldad es la innecesaria, aquélla que permite que se prolongue durante años una situación de miedo, incertidumbre y exclusión. Hay quien consigue, con suerte, adaptarse y sobrevivir en ese entorno; lo malo es que estará demasiado ocupado con la supervivencia para poder hacer otra cosa.

¿Cabe condena más dura que ésa? El avión de regreso al menos pone las cosas en su sitio; la perpetuación de las situaciones de residencia ilegal da que pensar si, en el fondo, los mal contados doce millones de inmigrantes ilegales en Estados Unidos no existen porque -parafraseando el dicho español- del inmigrante como del cerdo todo se aprovecha. Eso sí, el precio se paga más tarde y lo pagan  en forma de exclusión y todos los fenómenos asociados tanto los recién llegados como los que ya estaban:

Inmigración, tampoco la ilegal, no es sinónimo de delincuencia pero hay modelos de funcionamiento que parecen invitar a que ésta se produzca. Siempre habrá quien acepte la invitación y ésa será su responsabilidad pero quien ha ido cortando alternativas no puede simplemente mirar para otro lado.

 

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