Stephen King .vs. Marcial Lafuente

Dos escritores de éxito sin ningún punto en común:

Después de leer muchas obras de Stephen King, acabo de entender, al menos parcialmente, al autor. Stephen King tiene algunas obras de terror magníficas entras las que, al menos en mi opinión, destaca de forma especial El resplandor y hay otras obras como It en las que más bien parece que al bueno de Stephen King se le ha fundido algún fusible; sin embargo, hasta hace muy poco, siempre había creído que sus obras eran fantasía de principio a fin. ¿Cómo pensar, por ejemplo, en un hotel del tamaño del Overlook que cierra durante todo el invierno quedando totalmente aislado y en manos de un guarda sin más contacto que una radio? Cuando se ve un sitio como el de la imagen, lugar donde se firmaron los acuerdos de Bretton Woods, y otros parecidos que pueden encontrarse en la zona de White Mountains se acaba concluyendo que, a lo mejor, después de todo es posible.

Algo parecido ocurre con estas historias donde predomina el aislamiento en mitad de una tormenta invernal. Una visita a la zona norte de Massachusetts o a Maine mostrará unas playas inmensas que, en pleno verano, tienen un aspecto invernizo y que hacen pensar en cómo será el invierno para la gente que permanezca ahí. No digamos para los que, en lugar de estar al lado del mar, deciden quedarse a vivir en medio de un bosque posiblemente a kilómetros del vecino más cercano. En España, las descripciones de lugares y paisajes de Stephen King lo máximo que nos sugieren es un refugio de montaña o uno de los pocos fareros que quedan que, además, esté solo en el faro y en una isla pequeña; sin embargo, esas situaciones perfectamente descritas existen y, además, en gran cantidad.

Quien haya visto la película Kojanisqatsi de Coppola probablemente se habrá hecho una idea de Estados Unidos como país-colmena donde la gente vive hacinada. Nada más lejos que la realidad y, de hecho, lo que hace tan profunda la llamada huella ecológica del americano medio es ese estilo de vida aislado que practican bastantes millones entre ellos y que implica llevar todo tipo de servicios a lugares muy aislados y que, en sitios donde el clima es duro como la parte norte de la costa oriental -zona en la que ambienta la mayoría de sus novelas Stephen King- da lugar a situaciones de aislamiento total que no provienen de la fantasía del autor. Son meramente descriptivas.

Frente a un autor que describe lo que ve y, sobre esa base prepara una historia de terror fantástica,  tenemos otro autor de gran éxito que llevaba a gala preparar una novela en media hora: Marcial Lafuente. Entre los forofos de Marcial Lafuente, éste era EL autor de novelas del Oeste ejerciendo los demás de meros sucedáneos. La idea de preparar una novela en media hora puede sorprender a cualquiera que no haya leído una de sus novelas; de hecho, si los procesadores de textos hubieran funcionado cuando Marcial Lafuente escribía novela tras novela, cabría pensar que una novela le podía suponer unos cinco minutos.

Sus “buenos” siempre extrañamente altos (seis pies y algunas pulgadas) y desgarbados, con unos caballos igualmente altos y desgarbados pero que, a la hora de la verdad, se mostraban ambos, caballo y jinete, como los más fuertes y veloces del Universo, siempre se encontraban con unos malos con unas características tan parecidas que bastaba con cambiar nombres y lugares para hacer una novela distinta. Había variantes de un bueno, dos buenos y, en algún caso excepcional, tres. Siempre les buscaba pareja que, habitualmente, era la hija redimida del malo aunque, si alguna vez se le iba la mano y le sobraba una hembra, la reconvertía de nuevo en mala y se acabó. Los teóricos de las novelas dicen que siempre hay un planteamiento, un nudo y un desenlace pero, por lo que se ve, los teóricos de las novelas no habían leído a Marcial Lafuente para saber que es posible hacer una novela que sólo tiene desenlace…desde la primera página.

En ningún momento hay la menor duda sobre quién va a ganar la partida; los malos no tienen el menor margen sino que, en el momento en que aparece el bueno, empieza a repartir estopa y así sigue hasta que termina la novela y no queda un solo malo vivo, salvo que se haya reconvertido previamente. Quizás ése era el principal atractivo de Marcial Lafuente: Un oasis donde el bueno siempre ganaba -y además, se sabía desde el principio que iba a ganar- por goleada. ¿Las novelas eran repetitivas?…¿Qué más da? Incluso Serrat en su “Romance de Curro el Palmo” le dedica una estrofa.

Probablemente todavía hay mucha gente que tiene una idea de Estados Unidos a caballo entre el “Kojanisqatsi” de Coppola y las novelas de Marcial Lafuente, al natural o en sus versiones tipo “Rambo”, que no deja de ser una novela del Oeste con anabolizantes y explosiones. Sin embargo, es falso. La versión buena es la de Stephen King.

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