Inteligencia artificial: Historia de un error

¿Algo que llame la atención en la fotografía? Si se han visto muchos brazos de robot seguro que sorprende el aspecto antropomórfico de la mano muy poco usual en los robots utilizados en automoción e incluso en cirugía. La mano de un robot no trata de imitar externamente la humana sino que suelen ser pinzas con dos, tres o como máximo cuatro piezas móviles poco parecidas a los dedos. Aquí han copiado el aspecto externo de una mano y ahora viene la segunda sorpresa: La fotografía corresponde al brazo de un robot que se encuentra en el museo del M.I.T. y cuyo autor es Marvin Minsky.

¿Qué tiene esto de particular? Minsky ha reinado durante años en el área de inteligencia artificial del M.I.T. y ha mantenido a rajatabla un principio que, como muestra lo escrito por uno de sus sucesores, Rodney Brooks, ha seguido. Básicamente el principio podría enunciarse como: Al tratar de avanzar en la construcción de máquinas inteligentes, no nos interesa en absoluto cómo está hecho el cerebro humano. Éste es el producto de una evolución que probablemente ha dejado muchos restos que no son funcionales y es mucho mejor partir de cero en nuestros diseños que enredarnos en cómo hace las cosas un cerebro. Entiéndase que esta frase no es literal sino una interpretación propia de lo que podría ser la forma de pensar de Minsky y sus sucesores partiendo de lo escrito por ellos.

Tienen, al seguir ese principio, un punto de razón y a la vez una confusión importante: Ciertamente el cerebro puede tener partes que son producto de la evolución y no aportan nada a su funcionamiento correcto o incluso lo perjudican. Esto no es sólo aplicable al cerebro; el ojo tiene algunas características que harían que un ingeniero que diseñase una cámara imitando al ojo fuera echado a patadas por chapucero y, sin embargo, no tenemos muchas quejas de su funcionamiento incluso comparándolo con la casi totalidad del reino animal pero la comparativa tiene trampa: El cerebro “rellena” muchas de las deficiencias del ojo como, por ejemplo, el punto ciego y dota a la vista de prestaciones que no tienen que ver con el ojo como, por ejemplo, una capacidad de detección de movimientos muy avanzada y relacionada con neuronas especializadas, no con la lente (el ojo). Naturalmente, la mano procede del mismo proceso evolutivo que el cerebro o el ojo y, por ello, sorprende que alguien que ha hecho del desprecio de los mecanismos de funcionamiento humano un principio básico haya imitado en su diseño una mano mucho más allá de lo que la funcionalidad lo justificaría.

La confusión en este grupo se ha producido entre el aspecto morfológico y el funcional. Efectivamente, puede haber restos evolutivos pero hay un hecho: Las neuronas, mucho más lentas que la tecnología electrónica, son capaces de conseguir resultados inalcanzables para los productos de la tecnología en terrenos como el reconocimiento de figuras o en acciones tan aparentemente triviales como golpear una pelota en el aire. Raramente los deportistas han sido considerados paradigmas de la actividad cerebral pero resulta que los movimientos necesarios para alcanzar una pelota, no digamos ya para hacerlo con precisión, son inalcanzables para los más avanzados productos de la tecnología. El principio basado en los “residuos evolutivos” es claro pero si los resultados de ese presuntamente defectuoso órgano van en algunos terrenos mucho más allá de lo que puede conseguirse por vía tecnológica ¿no merece la pena tratar de averiguar como lo hace?

Esperar a tener más capacidad de almacenamiento y más velocidad se ha transformado en un “esperando a Godot” o en una excusa, dado que la situación actual de la tecnología permite tener elementos mucho más rápidos que las aparentemente humildes neuronas y la capacidad de almacenamiento ha alcanzado unos límites altísimos y continúa creciendo. ¿Necesitan más velocidad para llegar antes que alguien que ya es muchísimo más lento? Difícil de explicar.

En el mismo museo del M.I.T. donde se encuentra la mano, aparece un video de una investigadora que trabaja en el aprendizaje de robots y sorprende gratamente. Sorprende por su humildad ya que, al final de un video donde cuenta su trabajo con un robot, acaba confesando que algo se les escapa y que no es cuestión de velocidad ni capacidad de almacenamiento. Efectivamente, algo se les escapa pero podrían estar cayendo en una situación como la del viejo chiste en que un borracho busca la llave que ha perdido bajo una farola, no porque la haya perdido allí sino porque es allí donde hay luz:

Los investigadores del área de inteligencia artificial no se han parado a pensar detenidamente en la naturaleza de la inteligencia o del aprendizaje y, sin embargo, han tratado de reproducirlos en sus creaciones tecnológicas consiguiendo con ello unos resultados bastante pobres lo mismo en su versión inicial que en las versiones basadas en procesamiento paralelo, en redes neuronales o en interacción entre agentes simples capaces de aprender por sí mismos. No se ha conseguido nada remotamente comparable a una actuación inteligente ni un aprendizaje digno de tal nombre.

¿Es un intento imposible? Los esencialistas de lo humano dirían que así es. Rodney Brooks, uno de los sucesores de Minsky, afirmaba lo contrario apoyándose en que los esencialistas siempre habían dicho “hasta aquí se puede llegar” y el progreso tecnológico siempre les había obligado a llevarse su supuesto límite más lejos. Hasta ahí tenía razón; lo malo es que Brooks se apoyaba en ese hecho como supuesta demostración de que siempre iba a ocurrir así y que no había límites al progreso tecnológico…y ése es un salto en el vacío de difícil justificación, especialmente cuando ha habido notables batacazos en los terrenos científico y tecnológico y cómo creencias de siglos han tenido que ser aparcadas para sustituirlas por otras. ¿Hablamos, por ejemplo, de las técnicas de navegación utilizadas cuando se creía que la Tierra era plana? A Brooks le puede ocurrir lo mismo; es posible que el progreso tecnológico no tenga un límite conocido pero es posible también que su particular línea de progreso tecnológico sea uno de los muchos callejones sin salida en que la ciencia y la tecnología se han metido durante los últimos siglos. Lo visto hasta ahora da toda la apariencia de eso.

No sé si en algún momento se construirán máquinas que se puedan considerar inteligentes y personalmente no lo descarto. Lo que sí parece descartable es que puedan construirse si no se tiene una idea clara de cuál es la naturaleza real de la inteligencia y de cuáles son realmente los mecanismos de aprendizaje. Las no muy científicas actitudes respecto a los disidentes que se han utilizado en el área de inteligencia artificial y que han conducido a la defenestración de personajes como Terry Winograd, una vez que empezó a encontrar inconsistencias y siguió su propia línea o al rechazo de otros como Jeff Hawkins, tecnólogo interesado en el funcionamiento cerebral que les podía haber abierto vías de investigación nuevas.

Ha habido mucha soberbia y mucho funcionamiento por lealtades tanto a personas como a un modelo que hace agua por todas partes. La mano de la foto muestra que, además, ha habido contradicciones con los propios planteamientos. No sé si habrá alguna vez una máquina inteligente pero es dudoso que salga de una factoría que funcione con el principio machadiano de despreciar cuanto ignora. Encontrar el camino correcto a lo mejor requiere una mayor dosis de modestia y algunas dudas sobre los planteamientos iniciales.

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