Seguridad aérea: ¿Alguien ha adelantado el reloj?

Según el informe de  la Comisión de la Casa Blanca para la Seguridad Aérea haciéndose eco de un estudio de Boeing, manteniendo los niveles de seguridad aérea de ese momento, era esperable que en 2015 se produjera un accidente aéreo grave cada semana en algún lugar del mundo. Faltan algo más de cuatro años pero parece que la cifra se va cumpliendo aunque casi siempre en lugares que ya eran conocidos por su elevada siniestralidad.

La estadística de “si yo me como un pollo y tú ninguno, la estadística dice que cada uno nos hemos comido medio” está funcionando. Mientras los índices globales siguen avanzando, aunque sea muy lentamente, gracias a que el tráfico aéreo del mundo más desarrollado es muy superior, se va generando una brecha que da bastante qué pensar.

Llevamos años en que la formación se está reduciendo y estamos convirtiendo a los pilotos, entre otros, en operadores de sistemas. Naturalmente, eso presupone que los sistemas existen y que funcionan. ¿Qué ocurre cuando no funcionan o ni siquiera existen? Respuesta: Los índices de siniestralidad de África.

Algunos llevamos años peleándonos para intentar que la aviación en su conjunto se diseñe más de acuerdo con las características humanas y no es una cuestión de humanismo fuera de contexto sino de practicidad: En actividades que implican un nivel de riesgo grave, las personas son el último recurso, entendiendo por personas no sólo unos seres dotados de cerebro con unas características humanas y todos los demás componentes asociados sino que, además, tengan la oportunidad de comportarse como tales, es decir, que sepan qué y por qué lo están haciendo.

Cuando eliminamos ese recurso de emergencia, quedamos confiados a sistemas que funcionen muy bien, tanto en el apartado tecnológico como en el organizativo, y es mucho lo que queda por hacer en ese terreno incluso en los países más avanzados. Cuando empezamos a disminuir la dotación y la funcionalidad de los sistemas pero nos vamos quedando con operadores que han sido formados como si tales sistemas existiesen, la aparición de la siniestralidad es inevitable.

Hay cosas que encajan mal: BMW y coches viejos atendidos ambos por el personaje de las gafas. Si le quitan las gafas o le dan unas de sol, las cosas no funcionan pero ése es el camino que llevamos: Menor formación y mayor complejidad tecnológica y organizativa. La mezcla no es buena y el adelantamiento del reloj puede no ser casual.

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