Entre Juliano y Heliogábalo y el nudo gordiano

Es sabido que los pueblos que no conocen, porque nunca lo han hecho o porque han preferido inventarse una nueva, su historia están condenados a repetirla. En este sentido, si se quieren encontrar claves interpretativas sobre la realidad actual, se pueden encontrar en la espléndida obra de Gibbon dedicada a la decadencia y caída final del Imperio Romano.

Juliano accedió al puesto de emperador cuando la guardia pretoriana subastó el título. Cuando los generales se negaron a aceptar la situación, marcharon sobre Roma y se buscó una solución de urgencia: A cambio de su propia impunidad, la guardia pretoriana asesinó a Juliano dentro del propio palacio imperial.

Heliogábalo fue un caso distinto: Apareció con unas ínfulas que invitaron a muchos a verlo como una renovación en el Imperio; sin embargo, una vez establecido en el poder, cayó en todo tipo de corrupción imaginable y la cosa llegó al extremo que fue asesinado y su cadáver arrojado al Tíber por los mismos que un tiempo antes le aclamaban.

La situación de una crisis generalizada donde los fuegos van apareciendo por todas partes y donde la corrupción, la irresponsabilidad y la idiotez de los políticos ha tenido mucho o todo que ver con su generación, lleva a una crisis mucho más profunda que la simplemente financiera.

Nadie, incluidos los políticos, tiene derecho a pedir sacrificios si al mismo tiempo no predica con el ejemplo y eso no se está haciendo. La opción de Juliano puede ser manejada por algunos políticos tratando de salvar su propio papel en la llegada al poder del emperador y haciendo ver que, al final, no fue cosa suya. Quizás haya quién compre la idea pero no por ello dejará de ser un engaño más.

La opción de Heliogábalo es peor: A algunos políticos, además de por corruptos e imbéciles, habría que arrojarlos al Tíber por haber dilapidado un capital de ilusión de aquéllos que confiaron en ellos y, demasiado tarde, han caído en la cuenta de su error.

Revel decía que la primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira. Tanto es así que nos encontramos en un nudo gordiano de mentiras que, a menudo, no están siquiera en el argumento sino en el sustantivo que se empeña para designar a las cosas y que no tiene relación alguna con su significado real. En este estado de cosas, muchos políticos merecerían finales como el de Juliano y Heliogábalo -que cada cual ponga los nombres que desee porque tendría bastantes candidatos y no sólo el primero en el que se nos ocurre pensar a una mayoría- y muchos ciudadanos de a pie, para que nunca vuelvan a darse casos como el de Juliano y Heliogábalo podrían empezar por aprender de la historia.

No sería un mal inicio comenzar por “La sociedad abierta” de Popper, “El conocimiento inútil” de Revel y “Camino de servidumbre” de Hayek. Para Sócrates, el que se comportaba mal lo hacía por ignorancia y había que vencer la ignorancia pero, a estas alturas, todos sabemos que Sócrates estaba equivocado y muchos de los que se comportan mal no lo hacen por ignorancia sino por interés no siempre exento, además, de ignorancia. No colaboremos con ellos aportando nuestra propia ignorancia.

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