Piaf: Una buena voz malgastada en una caricatura

Piaf, el musical, puede ser interesante para los incondicionales absolutos de Edit Piaf y para los que no hayan visto La vie en rose. Los demás harán bien en pensárselo.

La protagonista, Elena Roger, tiene una voz que es buena sin llegar a estar entre las grandes voces pero, puesto que tampoco la voz de la propia Piaf podía catalogarse de grande, podía haber tenido un papel verdaderamente lucido. Ni a su voz ni a su capacidad interpretativa les faltan cualidades para ello pero la obra no aprovecha una ni otra. Alguien, no sé si la misma Elena Roger, ha estudiado la voz de Edit Piaf y ha encontrado unas cuantas características que son las que mejor la identifican como esas terminaciones de estrofa en falsete y los cambios bruscos de volumen en mitad de la canción. Para hacer más reconocible su voz como la de Edit Piaf, Elena Roger exagera esas características hasta caer en una caricatura innecesaria.

Elena Roger, tal vez por haber caricaturizado una voz en lugar de emplear sus propias posibilidades que son bastantes, carece del “pellizco” o resonancia emocional que que no todo el mundo, incluidos auténticos genios, tiene. Puede reconocerse en Edit Piaf pero no en su imitadora con una voz mejor dotada, Mireille Mathieu; se puede encontrar en Beethoven pero no en Mozart o se puede encontrar en un Giuseppe di Stefano o una Maria Callas pero no en un Plácido Domingo, una Montserrat Caballé y ni siquiera en el gran Alfredo Kraus. No tenía fácil imitar esa característica inimitable de la Piaf pero las pocas posibilidades que habría tenido quedaron anuladas por la sobreactuación.

La obra, por otra parte, se recrea en lo más sórdido de la vida de Edit Piaf que queda casi reducida a sexo, drogas y oportunismo explícitos a su alrededor sin que, a diferencia de la película, tenga ningún contrapunto de grandeza del personaje. No se aprecia ningún guión sino, simplemente, escenas yuxtapuestas de sexo, drogas, personajes que van apareciendo y, de vez en cuando, alguna canción que, salvo La vie en rose, Hymne a l’amour y Je ne regrette rien tampoco están entre las más conocidas y apreciadas por los incondicionales de Piaf.

Por último, un fallo absurdo: En España tenemos la suerte de que nos visiten o residan magnificos actores o asimilados argentinos, desde Les Luthiers hasta Ricardo Darín y otros. Todos ellos son conscientes de que en un escenario español no pueden utilizar el lenguaje que utilizarían en un tugurio porteño, simplemente porque el público apenas entiende lo que dicen, máxime si a ello ayuda un sonido que no es de los mejores que pueden encontrarse. Incluso para alguien muy familiarizado con el acento y con las palabras utilizadas en Argentina, como es mi caso, había ocasiones en que no entendía qué habían dicho y otras en que, habiéndolo entendido, podía asegurar que el 80% del público no lo había hecho. ¿Realmente creen, por ejemplo, que es tan generalizado en España el conocimiento del significado del verbo coger en Argentina para utilizarlo de la forma que lo hacen?

Lo mejor, sin duda, la figura principal. Lamentablemente ni su voz ni sus cualidades de interpretación quedan bien aprovechadas en un espectáculo mejorable desde todos los puntos de vista.

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