“Intellectuals and Society” de Thomas Sowell

No es el mejor Sowell. El mismo tema lo había tratado de una forma más breve en un libro anterior,  “The vision of the anointed”, que probablemente va mucho más a los puntos clave que éste. Sowell es un defensor sin complejos del liberalismo (“ultraliberal” lo llamarían los que ven mal al liberalismo) pero que, al igual que su mentor Hayek, no concibe el liberalismo como la vieja receta del laissez faire sino que implica mucha actividad para asegurarse que todos respetan las reglas del juego.

En “Intellectuals and Society” nos pinta un tipo de personaje que está dispuesto a hablar de cualquier cosa -como un tertuliano con pedigree- sin asumir jamás ninguna responsabilidad por lo dicho o hecho y, sobre todo, inmune a la experiencia.  Como siempre ocurre con Sowell, el libro tiene muchas ideas que valen la pena pero, en algunos casos, se le va la mano y comienza a actuar de una forma que hace que se le pueda atribuir a él la idea de “intelectual” con la connotación negativa que implica. Para Sowell, en este contexto, la definición de intelectual es la siguiente:

Aquí, por intelectual se entiende una categoría ocupacional, gente cuyas ocupaciones tienen que ver sobre todo con ideas -escritores, académicos y demás-. Muchos de nosotros no vemos a los neurocirujanos o los ingenieros como intelectuales a pesar del intenso trabajo mental que cada uno precisa…en el fondo de la noción de intelectual está el concepto de vendedor de ideas -no aplicación personal de las ideas como podría ser el caso de un ingeniero que aplica complejos principios científicos para crear estructuras físicas o mecanismos…El trabajo del intelectual comienza y trabaja con ideas, a pesar de lo influyentes que hayan podido ser esas ideas sobre cosas concretas en las manos de otros. Adam Smith nunca dirigió un negocio ni Karl Marx gestionó un Gulag. Eran intelectuales.

Sowell utiliza ejemplos de personajes como Sartre y su posición pro-Stalin y cómo jamás modificó sus planteamientos a pesar de que la realidad parecía invitar a ello o los numerosos personajes que, en vísperas de la II Guerra Mundial proclamaban la necesidad de un desarme unilateral como forma de que Hitler no se considerase amenazado y, por tanto, desapareciera la amenaza de guerra.

Sin embargo, aunque el tipo sea fácilmente reconocible en los términos en que Sowell lo describe, como alguien que se considera parte de una elite y que no acepta las limitaciones de las leyes a las que quiere evitar por vía interpretación libre y que, por supuesto, piensa que la sociedad estaría mejor organizada si, en lugar de dejar a cada uno que decida sobre su propia actuación, ésta es dirigida por los que “saben” que es lo que se requiere y están dispuestos a imponer sus recetas, todo esto ya estaba en “The vision of the anointed”. Sin embargo, hay dos puntos en que se le va definitivamente la mano:

  1. La generalización: Cierto que hay muchos personajes prominentes que son inmunes a la realidad -no sólo entre los intelectuales tal como los define Sowell- pero, en particular, se dedica a lanzar dardos a un personaje que no sólo no fue inmune a la realidad sino que ésta le hizo cambiar completamente sus planteamientos: Bertrand Russell. En el terreno político, tiene muy poco que ver el Russell de los años 20 con el Russell posterior a la Segunda Guerra Mundial donde había visto los efectos e incluso había visitado las famosas “aldeas Potemkin” y, como consecuencia, alteró por completo sus posiciones iniciales. No todos han hecho lo mismo pero, tal vez, habría que introducir también el factor de honradez intelectual. No todo el mundo la tiene en el mismo grado.
  2. La negación de la contribución positiva. A pesar de que él mismo da ejemplos de personajes que han tenido una contribución, a través de las ideas, sobre las actuaciones de otros, no siempre esa contribución ha de ser necesariamente negativa y, si así fuera, nos veríamos obligados a preguntarle a Sowell qué opina de su propio papel y de la incidencia que éste pueda tener en el pensamiento económico y social. Puesto que Sowell acusa a los “intelectuales” de salirse de su ámbito de conocimiento, lo mismo le sería aplicable a él cuando comienza a tocar temas como la organización social, a menos que arbitrariamente decida ampliar el ámbito de la economía también a estos asuntos, en cuyo caso quedaría definitivamente inscrito en la casta de “intelectuales” que denigra.

En suma, piezas brillantes pero dentro de un conjunto deslucido. El original, “The vision of the anointed”, resulta mucho más aconsejable como lectura.

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