“Comunicación y poder” de Manuel Castells

Decepcionante. Parafraseando a un teólogo que criticaba al fundador de una conocida secta, el libro de Castells es original y relevante pero, en lo que tiene de original no es relevante y en lo que tiene de relevante no es original.

Aparte de que el título parecía prometedor, conocía al autor por haberlo visto referenciado varias veces en obras de Ulrich Beck, lo que en principio podía parecer una garantía de contenido interesante. Sin embargo, hay varias cosas que me gustaría destacar:

  1. Desarrollo teórico.
  2. Clamorosas ausencias.
  3. Querencias personales.

Hay partes del desarrollo teórico que pueden ser interesantes pero entran dentro del apartado de la relevancia sin originalidad. Por ejemplo, descubrir a estas alturas que la comunicación no es unidireccional, ni siquiera cuando esta diseñada como tal, y que el mensaje percibido depende mucho de los constructos previos del teórico receptor y su selección de contenidos…sonaría un poco a broma si se pretende presentar como una novedad.

Castells se ha limitado a recoger cosas más que sabidas e introducirlas en un contexto de informática y comunicaciones donde, por ejemplo, a la manipulación la denomina codificación que queda más friki y, además, permite una mejor integración con el conjunto de la verborrea cibernética. No mucho más. Es cierto que algunos datos cuantitativos sobre la penetración de distintas modalidades de comunicación así como sobre la propiedad de conglomerados multimedia pueden ser interesantes pero no es mucho lo nuevo que va a encontrarse en ese apartado.

En el apartado de clamorosas ausencias, ya que centra buena parte de sus ejemplos en la utilización de la comunicación en campañas políticas, está la ausencia de Obama con poco más que una tímida inserción en el apartado de referencias. Sólo hay una mención menor de Hillary Clinton y, por supuesto, gran cantidad de referencias a los perversos republicanos pero, en una obra de 2009 y con ese contenido, un análisis detallado de los hechos que condujeron a la llegada al poder de Obama, personaje mediático por excelencia en lo que llevamos de siglo, es una gravísima carencia. Probablemente el proyecto editorial estuviera muy avanzado pero, aún así, es de difícil justificación.

Entramos, por último, en el apartado de querencias personales. La mejor interpretación que puede darse del tratamiento de sus preferencias particulares la da él mismo con esta frase: Cuanta más educación tengan los ciudadanos, mejor podrán interpretar la información disponible de forma que respalde sus preferencias políticas predeterminadas. Supongo que no era intención del autor el que esta frase pudiera considerarse como una autodescripción pero hay bastante contenido dentro del libro que lleva a pensar así.

Si comenzamos por la solapa, nos cuenta que ha recibido condecoraciones en Francia, Cataluña, Finlandia, Portugal y Chile, frase que anima a practicar el juego consistente en identificar cuál de los elementos  es diferente de los demás si no aceptamos como diferencia el estar en un continente distinto. Naturalmente, como se descubrirá en el interior del libro, no es una errata ya que cosas parecidas se repiten con cierta frecuencia como, por ejemplo, cuando habla de cadenas nacionales e internacionales como Al Jazeera, CNN, NTV de Kenia, France 24, TV3 de Cataluña…lo que nos daría ocasión de repetir el juego.

Nos cuenta que las identidades culturales específicas se convierten en trincheras de autonomía y a veces de resistencia para colectivos e individuos que se niegan a disiparse en la lógica de las redes dominantes. Lamentablemente, una declaración tan genérica en un momento en que en España está en discusión el derecho a la escolarización en español en todo el territorio deja la duda sobre si se refiere a la “red dominante” española que quiere “disipar” otras redes locales como la catalana o a la “red dominante” que impone el nacionalismo en los lugares en que se hace con el poder. Viendo como respira Castells, parece claro que la segunda opción sería negada o considerada como respuesta legítima. Ejemplo:

Resulta interesante que una de las estrategias de la nueva televisión catalana para difundir el idioma catalán entre los inmigrantes españoles en Cataluña fuera adquirir los derechos en catalán y castellano de series populares en todo el mundo como Dallas y emitir sólo en catalán. Teniendo en cuenta que la “nueva televisión catalana” es financiada con los impuestos, creo que una actuación de este tipo puede merecer calificativos distintos de “interesante”. ¿Malversación, limpieza étnica? La verdad es que hay bastantes alternativas a “interesante”.

En fin, son múltiples los ejemplos que permiten concluir la falsedad de la afirmación de que el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando. Quizás cuando se reside mucho tiempo fuera, entra la morriña de la propia tierra y se acaba cantando “El emigrante” de Juanito Valderrama (como hace unos días vi hacer en televisión a un español emigrado a Australia). A lo mejor, una versión en catalán de esa canción sería un regalo muy agradecido por el autor.

Algo parecido a lo ocurrido con el asunto del nacionalismo catalán ocurre con todo lo relativo al cambio climático. La “posición científica” se toma como algo establecida y las discrepancias o no existen o son ilegítimas porque provienen de intereses bastardos. Después de lo ocurrido recientemente al lobby de Al Gore, no parece que los adalides del cambio climático se distingan por una gran pulcritud en sus prácticas científicas y de comunicación. No obstante, del mismo modo que no parece disculpable la omisión de la campaña de Obama en un libro con este contenido, asuntos como el descubrimiento del falseamiento de datos gracias a la acción de un hacker son suficientemente recientes para hacer materialmente imposible su inclusión en el libro.

Hay un punto que Castells toca muy marginalmente y hechos como éstos, que afectan a su propio libro, podían invitar a una reflexión mucho más seria: Excluidos los apéndices, la edición de Alianza Editorial de “Comunicación y poder” tiene 553 páginas. Preparar un libro de esa envergadura lleva bastante tiempo y, cuando se están tocando temas de actualidad, es casi inevitable que en el momento de su publicación resulten ya desfasados. No me refiero sólo a datos cuantitativos sino a carencias como la de Obama, a asuntos emergentes como lo ocurrido al lobby de Gore y a muchos otros temas relevantes que pueden aparecer por el camino.

No pretendo decir con esto que la obra del futuro tiene que seguir la línea de la Wikipedia o algo parecido pero es posible que este tipo de obra debiera estar sujeta a actualización permanente y, tal vez, la aparición del libro electrónico no sólo sea una forma de ahorrar papel sino que permita relecturas de libros ya leídos con datos actualizados. Dicho de otro modo, algunos libros deberían permanecer vivos durante un tiempo y eso implicaría un compromiso de revisión de contenidos por su autor y un derecho del lector a ver esos contenidos revisados durante ese mismo tiempo. El soporte papel lo hace imposible pero el soporte electrónico no.

Para concluir, un comentario relativo al apartado de querencias: No sé si Castells sentirá una necesidad muy profunda de hacernos saber lo cercano que se siente al nacionalismo catalán. Creo que muchos, incluyendo entre ellos a los que no consideraríamos la eventualidad de una Cataluña independiente como una especie de tragedia, podemos tener más interés en la perspectiva que Castells pueda tener acerca de los temas reflejados en el título del libro que en sus particulares convicciones políticas. Utilizar un libro de este contenido para airearlas “aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid” no creo que mejore la imagen del libro ni la del propio Castells.

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