Una de historiadores (publicada en “Mach82” con el título “Sobre las dificultades de la investigación”)

El verano es una época propicia para la lectura y eso tiene una ventaja: A veces, lecturas sobre temas que son totalmente ajenos a la actividad habitual pueden arrojar luz sobre ésta.

Este año cayó en mis manos el libro de Stanley Payne dedicado a la época franquista y, una vez más, me resultó inevitable preguntarme por qué todos los investigadores de la historia reciente española mienten a pesar de ser ésta la etapa más documentada por razones obvias.

Hay que aclarar, en primer lugar, que los historiadores, salvo los peores, no suelen mentir falseando los hechos sino que existen varias formas de deformar la realidad cuyo grado de voluntariedad es diferente en cada caso:

El historiador parte de una posición política previa a la que quiere favorecer estableciendo paralelismos con la época o los hechos que analiza. Con este objetivo, cuenta con varios instrumentos:

  • Eliminar de su análisis aquellos hechos que podrían llevar al lector hacia unas conclusiones distintas de las que pretende el historiador. Es la mentira por omisión.
  • Aunque no se eliminen los hechos, resaltarlos o quitarles importancia tanto por colocación en el texto como por extensión y nivel de detalle utilizados de forma que la conclusión siempre vaya en línea con su tesis inicial. Para ello se eleva la anécdota a categoría o viceversa.
  • Ayudar al lector incluyendo interpretaciones de los hechos que, tras la selección de los mismos con los dos procedimientos anteriores, sean difícilmente discutibles. Las interpretaciones pueden aparecer como objetivas y ecuánimes pero la trampa es previa y se encuentra en que tales interpretaciones están realizadas sobre hechos cuidadosamente seleccionados.
  • El historiador confunde la objetividad con la equidistancia: En este caso, su particular forma de resistir a las presiones es ceder a todas ellas. En lugar de evaluar hechos, los cometa quien los cometa, evalúa a las partes y hace un intenso esfuerzo por permanecer equidistante de dichas partes en nombre de una supuesta ecuanimidad. Un historiador español llegó a señalar en el título de su libro, como si eso fuera un elogio, que su historia de España no iba a gustarle a nadie. Tenía razón…pero eso no significaba que su análisis fuera correcto.
  • Por último, se da el caso en que el historiador no es un historiador sino que ha vivido lo ocurrido en una de las partes y cuenta su experiencia particular ignorando si en el otro lado se daban situaciones parecidas. Es difícil criticar la posición de alguien que, por diversas circunstancias, se ha visto forzado a vivir situaciones trágicas o pretender una ecuanimidad en su posición.

Este fenómeno, que es claramente reconocible cuando se habla de historia, aparece en todo tipo de investigaciones donde puedan concurrir intereses a menudo contrapuestos con sus presiones correspondientes y, por ello, es esperable que nadie quede completamente satisfecho. Al mismo tiempo, la insatisfacción general no puede considerarse nunca como criterio de objetividad, ecuanimidad y como indicador, en suma, de haber hecho un buen trabajo. En el peor de los casos, podría ocurrir que todos los críticos tuvieran razón.

El criterio de “todo lo que se dice es cierto” no basta en ninguna investigación en la que entren en juego intereses políticos, económicos, empresariales o de cualquier otro tipo incluido el periodístico que, en manos de algunos, se resiste a que la verdad le estropee un buen titular. No entremos ya en casos de manifestaciones públicas dirigidas por la más supina de las ignorancias o de las desidias en el terreno documental.

Son demasiadas las situaciones en que, antes de que abra la boca o escriba una línea alguien, sabemos qué es lo que va a decir o escribir porque también sabemos cuáles son sus querencias, sus carencias o sus fuentes de presión. Si ese “alguien” ejerce como una mera correa de transmisión de intereses y presiones propios o ajenos, podemos ahorrarnos su lectura del mismo modo que, en muchos libros de historia, basta el nombre del autor para prescindir de su lectura. Se conoce el contenido antes de abrirlo.

La independencia del investigador en cualquier ámbito no garantiza la existencia de un buen criterio pero la dependencia sí garantiza que ese buen criterio, en caso de existir, será anulado por las presiones de distinto tipo que se puedan producir.

Las críticas no pueden inducir a un alegre “Ladran, luego cabalgamos” pero, al mismo tiempo, no se puede realizar una investigación centrada en el “qué dirán” intentando que nadie quede demasiado insatisfecho. En el ámbito de la historia, Stanley Payne es un autor al que tengo en alta estima. Sus fuentes no son necesariamente mejores que las utilizadas por otros pero se aprecia claramente que no toma partido y eso no significa el cultivo de la equidistancia o el intento de no molestar demasiado a alguien con poder suficiente para perjudicar al investigador.

No utiliza una obra para halagar o criticar a los actores que aparecen en ella ni menos aún para autojustificarse de errores u omisiones cometidos en obras anteriores y ésa, no el cultivo de la equidistancia, es la fuente de objetividad.

La diferencia real de este autor con otros es que evalúa hechos y no autores. No hay una doble vara de medir ni se enfatiza o disminuye la importancia de los hechos en función de quién los perpetre. Por desgracia, algo tan elemental como esto es poco frecuente, en historia y en muchos otros ámbitos.

Para que un proceso investigador aporte algo, además de conocimientos y documentación, es precisa una disposición clara a meter el dedo en el ojo de quien haga falta. A veces en el propio.

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