El Nobel de Obama

Vaya por delante que un premio Nobel de la Paz otorgado por una fundación que lleva el nombre del inventor de la dinamita es, cuando menos, contradictorio en su origen.

Es difícil estar de acuerdo en todos los nombramientos e incluso lo mismo nos podría ocurrir con el santoral donde, por ejemplo, ha estado a punto de colarse un personaje de méritos más que dudosos y algún otro ha sido designado con el jocoso nombre de “el santo de alta velocidad”.

Lo malo es que las concesiones inmerecidas de premios supuestamente importantes devalúan no sólo el premio sino el mérito de personas que lo han obtenido en el pasado y que realmente sí lo hayan podido merecer.

Obama puede haber levantado expectativas pero el tiempo que lleva en el poder es absolutamente insuficiente para saber siquiera si tales expectativas son fundadas. Que alguien diga que una de las cosas que más ha pesado en la concesión del premio es su discurso de El Cairo suena a chiste malo. En primer lugar, los premios de este tipo se suelen conceder por hechos y no por palabras, aunque este premio ya tenga el triste precedente de haber sido otorgado a alguien con una biografía totalmente falsificada, y en segundo lugar el discurso citado tenía errores garrafales que aquí movieron a risa a muchos, por ejemplo, las referencias a Al-Andalus y a la Inquisición en el mismo paquete.

El premio Nobel de la Paz ya fue concedido hace años al primer presidente negro de un país, Nelson Mandela, que, sin duda, en el momento de la concesión había hecho muchos más méritos que Obama para ello. ¿Es eso lo que se está premiando en Obama? ¿Ser el primer presidente negro de su país? Si es así, resulta escaso mérito y de ninguna manera es comparable con el del citado Mandela que, tras muchos años en la cárcel, fue capaz de conseguir en su país una transición ejemplar sin que se convirtiera en un baño de sangre.

Si premian a Obama por su discurso -no hechos, por el momento- acerca del desarme, tal vez a alguien se le olvidaron personajes como Gorbachov y Reagan que tuvieron una actuación mucho más decisiva que la que hasta el momento ha tenido oportunidad de exhibir Obama.

Si premian a Obama por haber conseguido, como algunos dicen, que Estados Unidos haya pasado a ser una sociedad post-racista, hecho del cual su propia elección sería la prueba, habría también que preguntar si conseguir un voto de la población negra superior al 90% no indica claramente que esta población ha votado en clave racista y que, por tanto, tal objetivo está aún lejos de ser conseguido.

Es difícil saber si Obama se hará merecedor, a medida que transcurra el tiempo y tenga oportunidades de demostrarlo, del premio que ahora le están regalando. Lo que sí puede saberse fácilmente es que hoy no lo es y que si la pieza de convicción no la constituyen los hechos sino los discursos a lo mejor incluso podemos proponer algún candidato más cercano.

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