“El régimen de Franco” de Stanley Payne

Stanley Payne muestra con este libro ser uno de los mejores especialistas en la historia reciente española.

Cualquier lector interesado que haya explorado diversas fuentes puede haber llegado con facilidad a la conclusión de que todos faltan a la verdad. Unos lo hacen conscientemente, intentando favorecer una posición ideológica de partida, otros lo hacen porque muestran sólo una de las partes y otros en nombre de una objetividad mal entendida que les lleva a buscar la equidistancia en todo momento.

Cuando alguien intenta apoyar una posición ideológica, se dedica a enfatizar o rebajar determinados hechos en función de la idea que quiere vender y transforma la historia en una película de buenos y malos, película en la que, además, el bueno y el malo se identifican simplemente con leer el nombre del autor en la cubierta del libro. Ni siquiera hace falta leerlo. Cierto es que para llegar a eso, es necesario haber leído bastante de un autor y tenerlo perfilado en cuanto a tendencia política se refiere. Así, pueden encontrarse desde un Paul Preston que llega a dudar de la capacidad militar de Franco hasta un Ricardo de la Cierva, a quien sólo le falta beatificarlo.

Otros autores escriben sobre su experiencia propia y es eso lo que puede dar lugar a una imagen sesgada de la realidad. Autores como Burnett Bolloten, Felix Schlayer o el propio George Orwell estuvieron en la zona republicana y relatan las salvajadas que se pudieron cometer en esa zona en la preguerra y, especialmente, durante la guerra. Sin embargo, sin que ese hecho reste una pizca de validez a su testimonio, sobre todo ahora que en nombre de la “memoria histórica” hay quien está empeñado en contarnos que éstos eran los “buenos” y los “legítimos”, falta un elemento de contraste que sitúe las cosas en su contexto. El elemento de contraste no puede ser otro que el conocimiento de las salvajadas que, en ese momento, se estaban cometiendo también en la zona franquista. Algunos autores, como Pío Moa, se han pasado de frenada al tratar de justificar la rebelión encabezada por Franco y muestran la zona franquista casi como la quintaesencia del Estado de derecho ya durante la guerra lo que, desde luego, está muy lejos de la realidad.

Por último, están los autores que, como Eslava Galán, confunden objetividad con equidistancia y entienden que ser objetivo es mantener siempre la misma distancia entre las partes, incluso en situaciones donde una de las partes puede ejercer como agresora y la otra como víctima. Los avatares de la historia pueden hacer que, transcurrido un tiempo, los papeles se intercambien y nuestros “objetivos” autores continuarán manteniendo la equidistancia.

Afortunadamente, Stanley Payne se escapa de esta tipología que fácilmente podría abarcar a más del 90% de los autores que han escrito sobre la historia reciente española y, al hacerlo, contribuye a dar una visión mucho más clara de un periodo que siempre nos han tratado de esconder desde distintas posiciones y, al parecer, todavía hay gente que no tiene nada mejor que hacer que continuar intentándolo.

A pesar de ser un libro excelente, tendríamos que comenzar por una pequeña crítica: El título conduce a engaño ya que no trata sólo del régimen de Franco sino que comienza su relato mucho antes. Llamarlo “Franco” como el libro de Preston habría sido inadecuado porque no es una biografía pero “La época de Franco” o similar podría haber informado mejor acerca del contenido que el lector se va a encontrar.

Payne va mostrando en paralelo cómo van evolucionando los acontecimientos tanto del entorno político como de la carrera militar de Franco y hay puntos donde el autor se “pisa” a sí mismo y a su libro sobre “El colapso de la República” que, como éste, es de lectura recomendable.

La situación de preguerra es mostrada como difícilmente sostenible debido a que ambas partes consideraban la democracia como puramente instrumental y, una vez que se hubieran hecho con el poder, se trataba de no soltarlo a ningún precio y no se reconocía legitimidad alguna al adversario.

La victoria del Frente Popular daría lugar a gravísimos incidentes y la inacción de un gobierno que se resistía a desarmar a los grupos izquierdistas cargando todo el rigor sobre derechistas de distinto tipo crearía un caldo de cultivo propicio para el golpe militar. No obstante, Stanley Payne señala dos puntos importantes:

Hasta el último momento, Franco fue reticente y pensó que se podía reconducir la situación por la vía de la legalidad republicana.

No existía antes de la guerra civil ningún plan de entregar España a los soviéticos, excusa que sería utilizada para justificar el golpe y, de hecho, el Partido Comunista era muy minoritario y los comunistas estaban divididos siendo el grupo mayoritario claramente contrario a las líneas definidas por la Unión Soviética y el Komintern.

Sin embargo, una vez que el golpe militar fue efectivo, la situación se radicalizó aún más y comenzaron los asesinatos masivos en ambas partes con o sin apariencia de cobertura legal. Es entonces cuando el Partido Comunista comenzaría a tomar protagonismo al ejercer como correa de transmisión de la ayuda soviética mientras que Franco se vería forzado a volcarse hacia Italia y Alemania. En la postguerra, el juego de equilibrios y los cambios de posición de neutralidad a no beligerancia y el manejo de los tiempos darían lugar a situaciones que marcaron bastantes años de la vida española posterior.

Payne, a diferencia de otros autores, no maneja un doble rasero y en distintos puntos del libro puede realizar una crítica bastante dura de la actuación de uno de los bandos para, en otro momento distinto, criticar al contrario. Al fin y al cabo, la búsqueda de objetividad no es la búsqueda de equidistancia sino el mantenimiento de unos criterios homogéneos en la evaluación de los hechos con independencia de quien los realice. Éste es, tal vez, el mayor atractivo del libro y es por ello que resulta clarificador en muchas materias.

Entre las cosas más destacadas, cabría señalar las siguientes:

  1. En las hagiografías de la monarquía española, siempre se ha considerado a Juan de Borbón como un personaje con unas claras credenciales democráticas y firme partidario de una monarquía parlamentaria. Stanley Payne cuenta cómo en los primeros tiempos de la II Guerra Mundial, cuando la victoria alemana parecía incuestionable, Juan de Borbón pidió su apoyo a Hitler y Mussolini ofreciendo a cambio un sistema político que imitase al fascismo o al nazismo. Sólo cuando las cosas cambiaron y la victoria aliada se empezó a perfilar en el horizonte, Juan de Borbón se convertiría en “demócrata de toda la vida”. Parece, por tanto, que el partidario de la monarquía parlamentaria tenía mucho más interés en la monarquía que en el parlamentarismo, que pasaba a ser un mero instrumento desechable si las circunstancias así lo aconsejaban.
  • El personaje de Franco siempre ha sido mostrado como un sujeto gris, carente de toda sutileza y cuyo único mérito era una terquedad a toda prueba. Payne nos muestra un personaje distinto, dotado de una enorme habilidad para mantener los equilibrios de poder y al que, aunque su aspecto externo no fuera atractivo y estuviera muy lejos del perfil-tipo de un líder, era muy difícil que se le escapasen aspectos clave de una situación. Durante la II Guerra Mundial, su liderazgo fue cuestionado y tuvo que navegar en aguas muy turbulentas y mostró auténtica maestría en la persecución de su objetivo de perpetuarse en el poder. Este objetivo fue expresado de una forma tan explícita como “De aquí al cementerio”.
  • Sobre la posibilidad de que España hubiera entrado en la II Guerra Mundial, también se ha escrito mucho. Los partidarios de Franco siempre se han referido como momento clave a la entrevista de Franco con Hitler en Hendaya y cómo Franco consiguió mantener a Hitler en la espera con el objetivo de no entrar en guerra por los perjuicios que hubiera supuesto para España. Payne da una versión distinta y más verosímil: Alemania no había sido especialmente generosa con España durante la guerra y pidió fuertes contrapartidas a cambio de su participación; en consecuencia, Franco puso un precio alto a su entrada en la guerra y el precio era el mantenimiento de la presencia española en Marruecos como potencia dominante. Hitler no accedió a esta petición porque significaba desairar al gobierno francés de Vichy, colaborador de Alemania, y Franco era consciente de que, una vez que España hubiera entrado en guerra, su posición negociadora quedaba muy debilitada.

Por otro lado, la posición española tras la guerra era de una debilidad extrema y el valor militar español era prácticamente de cero. La eventual entrada española en la guerra significaba que Alemania habría tenido que desviar recursos para la defensa de España ya que no podía confiarse en una defensa interna. Por este motivo, ni Alemania ni los aliados llegarían a dar el paso definitivo de la invasión consentida o forzada: Era un aliado que requería mucho más de lo que valía.

  • Durante los llamados “años de hierro”, cuando parecía que las cosas iban a comenzar a calmarse, volvió a aumentar el número de ejecuciones de opositores políticos. El momento coincidió con una situación de fuertes presiones externas e internas encaminadas al abandono del poder por parte de Franco o a conseguir que una rebelión interna tuviera éxito. El miedo a esa posibilidad forzó un endurecimiento del trato a los opositores políticos en un intento de evitar por cualquier medio la eventualidad de que éstos pudieran formar parte de una maniobra encaminada a derribar a Franco del poder. En una entrevista, Stanley Payne diría que la guerra española no fue una guerra de buenos contra malos sino de malos contra malos. La conducta del franquismo durante los “años de hierro” así parece atestiguarlo ya que la proliferación de ejecuciones debida a la inseguridad del régimen tiene un paralelismo cercano en el tiempo para el cual se dio una explicación idéntica e idénticamente insatisfactoria: Las matanzas de Paracuellos, en las cuales se asesinó a unas 4.000 personas que estaban encarceladas. La justificación para los asesinatos fue que, en caso de que se rompiera el frente en Madrid, era previsible que estas personas se incorporasen al bando franquista.
  • Otro capítulo que ha generado ríos de tinta es el motivo por el cual los aliados, una vez concluida la II Guerra Mundial, decidieron no intervenir en España. Algunas “explicaciones” se han referido a un atávico carácter español según el cual una intervención extranjera aglutinaría a los españoles en torno a Franco. Parece, sin embargo, que la realidad era otra y que los motivos eran mucho más racionales que los atavismos del carácter hispano:

Churchill sabía que Stalin esperaba una segunda oportunidad para conseguir hacerse con el control sobre España y temía que, en caso de conseguirlo, el movimiento se extendiese a Francia e Italia y los soviéticos acabasen teniendo controlada toda Europa.

La supuesta recuperación de la democracia en España podía, fácilmente, haber degenerado en situaciones similares a las que condujeron a la guerra civil pero con Stalin en una posición de fuerza que no tenía ningún contrapeso en Europa. Si esa hipótesis se daba, no habría nadie que fuera capaz de enfrentarse a Stalin y España habría caído en sus manos formando una pinza difícil de resistir para los países centroeuropeos no controlados por la Unión Soviética. Ese riesgo y la imposibilidad de garantizar que, en esta ocasión, se lograse establecer una democracia parlamentaria real hizo que Churchill considerase que Franco representaba la alternativa menos mala de las posibles y, por ello, apoyase la no intervención aunque, al mismo tiempo, se presionase a Franco para conseguir que saliese del poder de una forma ordenada.

Éstas son algunas de las principales cuestiones que quedan bastante más claras en la obra de Payne que en la de muchos otros autores por los motivos ya señalados. Ciertamente, puede conseguirse una visión semejante a la planteada en el libro a través de la lectura de diversos autores contrapuestos. Sin embargo, el filtro por el que pasa toda la información en una gran mayoría de los autores dificulta extraordinariamente la tarea.

La lectura de otros autores no es estéril, máxime en un momento en que desde instancias oficiales parece querer recuperarse la idea de “buenos” y “malos” y eso hace más necesaria la búsqueda de elementos de contraste. Sin embargo, el gran mérito de Stanley Payne está en que, gracias a su rigor como historiador, consigue que las distintas piezas vayan quedando colocadas en su lugar y eso convierte a su libro en una lectura obligada para todo interesado en ese periodo de la historia española.

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