“La verdadera historia del Valle de los Caídos” de Daniel Sueiro

Para quien no conozca al autor, éste es un escritor poco común al que le ha gustado adentrarse en los terrenos más escabrosos dando todo lujo de detalles aunque dejando clara su posición. Hace ya bastantes años, lo descubrí con un ensayo titulado “La pena de muerte” donde daba una gran cantidad de información sobre ejecuciones en distintas modalidades y su propia posición quedaba resumida en una sola frase: Si es lícito matar, todo es lícito.

Hace muy poco, se me ocurrió entrar en una librería de viejo y la verdad es que el título no me habría llamado la atención pero el autor sí. Es del tipo de autores de los que siempre cabe esperar alguno nuevo y en esta ocasión no me ha decepcionado aunque el formato del libro me ha recordado a dos libros muy antiguos de Fernando Díaz Plaja llamados Otra historia de España y La España franquista por sus documentos. Recomiendo la lectura de ambos, no sólo por la selección documental sino por lo divertidos que pueden resultar algunos de sus episodios. Daré un ejemplo antes de entrar en el libro de Daniel Sueiro: Una carta del padre del Rey fue interceptada y cayó en manos de Franco a quien no le gustó su contenido. Como no quería privarse de contestar a un contenido que, supuestamente, no conocía inventó la excusa de que unos agentes extranjeros habían capturado la carta y ésta había llegado a su poder. La primera frase de la respuesta de Juan de Borbón a Franco es Honda preocupación me ha causado el hecho de que unos agentes extranjeros hayan podido interceptar una carta que iba de Irún a San Sebastián. Sin comentarios.

El libro de Daniel Sueiro está realizado mediante el sencillo recurso de transcribir -no literalmente- una serie de entrevistas con protagonistas de la construcción del Valle de los Caídos. Merece la pena ver las referencias a Pedro Muguruza, a Diego Méndez, a Juan de Ávalos y a algunos de los que estuvieron trabajando allí como prisioneros y que cuentan cómo llegaron allí, cómo era la vida en la construcción y cómo y cuándo salieron de allí.

Algunos historiadores neofranquistas han tratado de mostrar que, en realidad, se trataba de un monumento a la concordia y que están enterrados allí españoles de ambos bandos. Sin embargo, Sueiro desvela que, aunque eso es cierto, hubo unos criterios de selección muy rigurosos para los del bando republicano y menciona expresamente el caso del general de la Guardia Civil Antonio Escobar, sobre cuya vida se hizo una película hace ya varios años y del que fue ignorado el deseo de sus familiares de que fuera enterrado allí. Lo mismo ocurrió con Calvo Sotelo, cuyo asesinato fue el detonante de la Guerra Civil pero, al fin y al cabo, era un político de la República. En otras palabras, se hizo una cuidadosa depuración para determinar a quién se admitía y a quién no. No hablemos ya de qué se hizo con personajes como Julián Besteiro para quien el fiscal pidió la pena de muerte a pesar de reconocer que no estuvo implicado en ningún delito de sangre y que moriría en la cárcel pocos años después de la guerra o de Miguel Hernández y tantos otros.

Se ha hablado mucho de la cantidad de muertos que dejó la obra y siempre se ha dejado caer que esto era debido a las condiciones de campo de concentración que existían en la misma. Daniel Sueiro entra también en este tema y aclara varias cosas:

  1. Que muchos presos de las cárceles preferían ir allí a permanecer en la cárcel.
  2. Que los que hacían trabajos de excavación en la roca recibían una paga superior y eran muchos los que realizaban ese trabajo aún sabiendo el riesgo asumido no sólo por derrumbamientos sino por enfermedades pulmonares derivadas del polvo de la roca teniendo como toda protección una especie de esponja que les cubría boca y nariz y que se acababan quitando porque les impedía respirar.
  3. Que la práctica totalidad de los que estuvieron en este tipo de trabajo murieron jóvenes como consecuencia de enfermedades pulmonares.

Al parecer, hubo bastantes que decidieron permanecer en la obra una vez concluida su etapa de presidiarios y hay un comentario general sobre un deterioro de las condiciones y del ambiente cuando, además de presos políticos, empezaron a llevar también presos comunes a la obra y se relata alguna fuga.

En lo demás, destaca la actitud de prima donna de los dos arquitectos, especialmente del segundo, y del escultor principal, Juan de Ávalos. El segundo arquitecto, Diego Méndez, menciona que la obra le fue entregada a Muguruza por consejo suyo a Franco y que, cuando Muguruza falleció, él se hizo cargo de las obras para encontrar que tenía que partir casi de cero y de Ávalos viene a decir que era prácticamente un muerto de hambre al que acogió en la obra por caridad. Sin embargo, aparte de estas guerritas, puede tener mayor interés el que los distintos personajes medían su importancia en relación de la cercanía a Franco y cómo en todo momento tratan de mostrar un grado de familiaridad y de confianza con el personaje que no parecen muy verosímiles.

Alguien mencionaba que el Valle de los Caídos era “la querida de Franco” quien, al parecer, visitaba las obras con frecuencia y, a menudo, de improviso y entraba en numerosos detalles sobre lo que le gustaba y lo que no le gustaba realizando ocasionalmente bocetos propios sobre cómo quería que fuera la cruz o las esculturas de la base o la basílica excavada en la roca. No era el único; parece que Millán Astray iba también con frecuencia por allí pero había una notable diferencia: Algunos compañeros de promoción de Franco habían aterrizado en la obra como prisioneros y Franco jamás se dignó dirigirles la palabra mientras que Millán Astray es descrito por estos mismos prisioneros como loco pero mucho más cálido y siempre cargado de tabaco y con un trato cercano a pesar de las diferencias de posición en ese momento.

En suma, interesante por el retrato que hace de una época y de unos personajes utilizando casi como excusa la construcción del Valle de los Caídos. Ahora que algunos pretenden poner de moda la “recuperación de la memoria histórica”, éste puede ser un lugar ideal para su mantenimiento, especialmente si se hace de verdad como tal recordatorio y no es un mero ajuste de cuentas -uno más- entre enemigos enfrentados hace ahora setenta años y que, para muchos, quedan muy lejanos por más que haya quien se empeñe en resucitarlos. Si se pretende a estas alturas airear los crímenes de un lado, no habrá fuerza capaz de impedir que se haga lo propio también con los del otro lado y, al final, acabaremos como el título del libro de Díaz Plaja dedicado a la guerra civil: Todos perdimos.

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