30 años de Constitución en España: Del “Sobre la libertad” de Stuart Mill a la “Educación para la ciudadanía” de Zapatero

Un aniversario más de la Constitución Española. Aunque algunas constituciones, como la norteamericana, han resistido más de dos siglos sin demasiados retoques, a la española le están saliendo goteras. Tal vez se debe a que, como es tradición en el país, se hizo originalmente una chapuza y ahora se ve que las reformas son urgentes. Sin embargo, no todo el mundo parece estar de acuerdo en cuál ha de ser el sentido de esas reformas aunque la experiencia de estos años nos obligue a cuestionar si TODOS han de estar de acuerdo o hay que dejar a un lado a aquéllos que, durante este tiempo, han tenido mucho más protagonismo del que les correspondería.

Tal vez una de las principales chapuzas en el proceso de construcción constitucional viene del hecho de considerar que el haber estado públicamente en contra de Franco confería una patente de demócrata de forma automática. Entre los antifranquistas, ha habido actitudes tan cerradas y tan antidemocráticas como las que pudieran darse entre los franquistas y tratar de satisfacer a estos personajes fue un claro error.

La cooficialidad de los lenguajes fue uno de los errores. En su momento, pensaron que serviría para aplacar las iras nacionalistas pero, utilizando una metáfora que en su día usó Calvo-Sotelo hablando con Pujol, los nacionalistas son como las palomas; se quejan de la resistencia del aire pero es esa resistencia la que les permite volar. En la mayoría de los casos, no se aspira -aunque se proclame así- a la independencia sino a mantener una posición de privilegio dentro de un Estado.

Naturalmente, una vez conseguida la cooficialidad, fue utilizada para perseguir en sus zonas de influencia la lengua común ,  actuando de forma prácticamente idéntica a la que criticaban cuando la acción provenía del dictador, y, de esa forma, llevando a cabo una limpieza étnica menos sangrienta -aunque ETA lleve alrededor de mil muertos- pero no menos repugnante que las que se han podido ver por los Balcanes.

Aunque la Constitución establece la libertad de todos los españoles para establecer su residencia en cualquier parte del territorio nacional, el lenguaje local ha sido utilizado para reducir ese artículo a una manifestación vacía sin consecuencias prácticas. Alguien que no domine una lengua local -que teóricamente tiene derecho pero no deber de conocer- no puede establecerse en algunas partes de España. Lo contrario empieza a ser también cierto; después de años de marginar el español en los sistemas escolares dominados por los nacionalistas, el español de las nuevas generaciones empieza a ser tan deplorable que tienen auténticas dificultades para salir más allá del punto visible desde su campanario.

La Constitución establece también competencias exclusivas del Estado pero, como al mismo tiempo establece que éstas pueden ser cedidas, el “pueden” ha sido traducido por los nacionalistas en “deben” y han ejercido toda la presión que un absurdo sistema electoral les permitía para conseguir esas transferencias, quedando el Estado central cada vez más vacío de contenido.

Para ganar el apoyo de los nacionalistas -apoyo prometido y más tarde traicionado como en el caso del PNV- se realizaron cesiones que dejan en cuestión la igualdad de los españoles como, por ejemplo, ampliar a toda la zona vasca los privilegios de los Fueros de Álava y se pergeñó un sistema electoral que repite punto por punto los errores que hicieron ingobernable la Segunda República.

Como entonces, ahora se puede ver que una cosa es el respeto a las minorías y otra cosa es la dictadura de las minorías. Lo primero es un deber; lo segundo es inadmisible pero es la situación en que se vive actualmente en España, situación que llevó al colapso y, junto con otros factores, a una Guerra Civil que algunos tratan de reescribir ahora.

En cuanto a la forma de Estado ¿tiene hoy sentido la monarquía? Una institución onerosa y que no ha cumplido con sus funciones en el sentido de servir de poder moderador puede estar cuestionada por una gran parte de los españoles aunque sea por distintos motivos. Quizás son muchos los no nacionalistas que estarían dispuestos a firmar una República Federal donde, ya que no existe la solidaridad entre regiones, al menos impedir las situaciones de privilegio y dejar a cada uno que jugase con sus propias bazas sin limitación alguna.

Especialmente hoy conviene releer textos como “Sobre la libertad” de Stuart Mill, del que me he permitido subrayar dos pasajes:

El más formidable mal no reside en el conflicto violento entre las diferentes partes de la verdad sino en la discreta supresión de la mitad de la misma.

No hace mucho, el actual presidente del Gobierno dijo que pretendía ir más allá de la alternancia en el poder y, aunque hubo quien lanzó grandes críticas sobre pretensiones de permanecer en el poder a perpetuidad, es muy probable que no fuera por ahí el comentario. Hay medidas que, una vez tomadas, tienen una marcha atrás muy difícil y los  ejemplos son múltiples:

En ocho años de gobierno de la actual oposición, cuatro con mayoría absoluta, no se atrevieron a acabar con la absurda moratoria nuclear impuesta por un gobierno del mismo color que el actual, y conociendo los problemas energéticos del país ; esos mismos ocho años de gobierno no sirvieron para eliminar el desastre educativo propiciado por la LOGSE ni la corruptela de todas las corruptelas que representa el llamado Plan de Empleo Rural por el cual alguien puede vivir toda su vida sin trabajar a cargo del Estado, no se modificó el sistema de elección del Consejo General del Poder Judicial por cuotas  a pesar de que tal modificación estaba en su programa electoral ni se ejecutaron sentencias judiciales relativas al monopolio en los medios de comunicación, medidas o inacciones todas ellas cuyo precio se está pagando ahora.

La izquierda siempre ha manejado la calle mejor que la derecha y saben muy bien que la toma de medidas en estos temas, a todas luces legítimas, provocarían grandes algaradas como de hecho se demostró cuando el actual presidente era el primero en manifestarse señalando que ahí estaba la democracia. Más tarde, se le olvidó y la democracia pasó a estar en el Congreso ignorando varias manifestaciones multitudinarias en contra de medidas tomadas por él. Por añadidura, siempre está la eficaz ayuda de los sindicatos, cuya representatividad es más que cuestionable si vamos a los datos de afiliación e incluso en algunos casos tal representatividad ha sido graciosamente otorgada permitiendo negociar a sindicatos con escasa o nula representación en un sector los convenios en ese sector. Un buen ejemplo de esto sería el sector público. Los sindicatos españoles se han convertido también, por esta vía, en una sucursal de algunos partidos políticos y, por ello, no son una garantía de democracia sino, en buena parte, todo lo contrario.

Es muy difícil de decir y, más aún, de actuar cuando ha habido durante años ese trabajo de zapa que ha sacado del ámbito de lo admisible socialmente opiniones que, por su naturaleza misma, no son menos legítimas que aquéllas que las han expulsado de la vida pública pero asumir que la propia posición es minoritaria y actuar de forma acomplejada tiene estas consecuencias.

El mayor de este tipo de agravios en el que puede incurrir un polemista consiste en estigmatizar a quienes sostienen la opinión contraria como individuos perversos o inmorales. Especialmente expuestos a sufrir calumnias de este tipo están quienes sostienen opiniones impopulares porque, por lo general, son pocos y de escasa influencia y nadie, salvo ellos, manifiesta mucho interés en que se les haga justicia pero, por la misma naturaleza del caso, este arma se les niega a quienes atacan una opinión dominante: no pueden servirse de ella sin poner en riesgo su seguridad ni, aunque pudieran hacerlo, conseguirían otra cosa que desacreditar su propia causa. En general, las opiniones contrarias a las comunmente admitidas solo pueden aspirar a ser tenidas en cuenta mediante una estudiada moderación del lenguaje en que van expresadas y con el más exquisito cuidado para evitar toda ofensa innecesaria, sin que apenas puedan desviarse lo más mínimo de dicha actitud sin perder terreno.

Parecería que hoy, treinta años después de la Constitución, el principal partido de la oposición ha leído estas líneas de Stuart Mill y ha asumido como opinión impopular la propia y como dominante la contraria y, al menos la corriente dominante en tal partido, no intenta modificar tal estado de cosas y es capaz de tragarse hace muy pocos días cosas como que un alcalde que, además, es el presidente de la Federación Española de Municipios diga que los votantes de la oposición son unos tontos de los cojones sin que se les pase por la cabeza replicar con la misma o similar moneda.

La actual oposición parece asumir que su posición es impopular, a pesar de sus más de diez millones de votos en las últimas elecciones, y practica una política de perfil bajo -solución que siempre les ha sido propuesta desde sus asesores y que llevó al gran fracaso electoral de 1993- y parece que intenta no molestar, incluso en situaciones en que su posición se haya mostrado más fundada que la del actual Gobierno como la relativa a la crisis económica -negada hasta la saciedad hasta pasadas las elecciones- o el error de la negociación con ETA, donde a un comentario de Zapatero en el sentido de estar en unas condiciones magníficas, la organización asesina replicaría volando un aparcamiento del aeropuerto de Barajas.

El discurso dominante se convierte así en único cuando es asumido por la corriente principal de oposición dándose paradojas como que la situación económica y su rápido deterioro representen una fuerte pérdida de popularidad para Zapatero pero, al mismo, representen una pérdida mucho mayor para el principal líder de la oposición, Rajoy.

Una de las escasas muestras de rebeldía procedente de una voz minoritaria dentro del principal partido de oposición puede encontrarse en este discurso de la presidente de la Comunidad de Madrid:

http://www.libertaddigital.com/nacional/discurso-integro-de-esperanza-aguirre-1276327509/

También pueden encontrarse muestras similares en las posiciones de una diputada, Rosa Díez, anteriormente socialista pero que abandonó el partido hoy en el Gobierno ante el giro que éste dio respecto de lo asumido en su programa electoral. Hoy, ese partido representado en el Congreso por una única diputada parece haberse transformado en la única oposición real y las encuestas le conceden una subida espectacular. Queda, sin embargo, la duda de qué ocurrirá en el futuro con tal partido ante el hecho de que su posición está definida por oposición al nacionalismo pero, con ese único punto común, tiene dentro demasiadas posiciones distintas.

Ésa es la situación de hoy, situación que no se trata de perpetuar mediante intentonas golpistas como también ha sido tradicional en España sino mediante la reducción a un discreto silencio de toda oposición, tanto si es a nivel nacional como si es a nivel regional y una parte de esa reducción al silencio está en la asignatura de “Educación para la ciudadanía” promovida por el propio Zapatero.

Con “Educación para la ciudadanía” es mucha la gente que tiene una opinión parecida a la que puede tener con la asignatura de religión: Bienvenida sea si sirve para aportar una amplitud de perspectivas pero, si lo que se pretende es adoctrinar, no parece que el colegio sea el lugar adecuado para eso.Naturalmente, hay también una oposición desde posiciones vinculadas con la Iglesia Católica y es esa oposición la que está siendo utilizada para desacreditar la totalidad, incluida la procedente de posiciones que nada tienen que ver con ésta.

La mera lectura del Boletín Oficial del Estado donde se establece la asignatura es suficiente para poder afirmar sin género de dudas que no se buscan perspectivas más amplias sino, como Stuart Mill avisaba, se trata de suprimir discretamente las opiniones discordantes con la dominante.

Por otro lado, a Zapatero hay que reconocerle la habilidad de llevar siempre las cosas un paso más allá de lo que podría haber sido asumido por la oposición para, de este modo, poder acusar al contrario de intransigencia y mantenerlo en una posición de arrinconamiento. Un ejemplo es el matrimonio homosexual. Gran parte de la actual oposición, no la cercana a la Iglesia Católica, podría haber asumido sin problemas el reconocimiento civil de parejas homosexuales y, de hecho, fue un gran error no hacer este reconocimiento cuando estaban en el poder. El llamar a estas parejas “matrimonio” es lo que les resulta más difícil de asumir y esa dificultad ha servido para mantener la acusación de estar en contra de tales parejas sin que haya habido una réplica adecuada. Habría que contar además con que, en el caso de haberla habido, el predominio de medios de comunicación afines al poder, habría dificultado que tal réplica hubiera contado con el eco necesario.

No me gustaría concluir sin hacer una referencia al Tribunal Constitucional y, en general, a un poder judicial que ha sido tratado como una sucursal de los partidos políticos estableciendo cuotas como una forma de afirmar su poder y donde los magistrados no votan según su opinión o sus criterios técnicos sino de acuerdo con la “ganadería” a que pertenecen.

Hoy, treinta años después de nacer la Constitución, donde una parte importante de su articulado está siendo abiertamente incumplido, el Tribunal Constitucional tiene aún encima de la mesa el Estatuto de Cataluña que, en caso de resolverse positivamente, consagrará una diferencia tan clara entre españoles que es difícil que deje una salida distinta a una ruptura o, si se prefiere, a una independencia promovida no precisamente desde la parte nacionalista sino desde la no nacionalista, cansada de privilegios y de victimismo.

En suma, la Constitución no goza de buena salud y se requiere un urgente cambio, sin los complejos de hace treinta años si se quiere asegurar que realmente el edificio sea duradero. Zapatero tiene su personal examinador, Philip Pettit y su idea del “republicanismo cívico” que considera que la situación española actual le merece una puntuación de notable alto. A muchos nos merece una puntuación de suspenso y, tratando de ser ecuánime, no todo el suspenso le corresponde al actual Gobierno sino también a los anteriores, fueran del color que fueran, y a una chapuza constitucional realizada hace ahora treinta años.


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