El cielo y el infierno en Europa: La organización alemana

Dicen las malas lenguas que en el cielo los organizadores son alemanes, los policías son ingleses, los diseñadores son italianos y los cocineros son franceses.

Si nos vamos al otro lado, el infierno, los organizadores son italianos, los policías alemanes, los cocineros ingleses y los diseñadores franceses.

Como todos los estereotipos, es una generalización que va más allá de lo razonable aunque, como buena parte de las generalizaciones, también tiene parte de razón.

Hace ya tiempo, me encontré en un congreso en Italia donde, habiendo organizado una cena de gala, decidieron que la mejor forma de transportar a los congresistas era alquilando un autobús urbano -con su dispositivo para picar el bonobus y todo- y, además, decidieron ahorrar en autobuses poniendo pocos y la gente iba apiñada. Era divertido ver a gente vestida con sus mejores galas, trajes largos y demás, en un autobús urbano como en una hora punta. Por añadidura, la cena fue tan lenta que, cuando aún no habíamos empezado el postre, nos dijeron que si queríamos volver en autobús corriésemos porque el autobús se tenía que ir…organización acorde al infierno italiano.

En el momento de escribir estas líneas me encuentro en el cielo alemán, es decir, disfrutando de la capacidad organizadora alemana. Ayer empiezo un seminario en Colonia a las diez de la mañana y hoy, por aquello de enseñar un edificio en que es imposible moverse sin acompañantes, nos cambian de piso y de sala. Hasta ahí, vale. Lo malo es que la nueva sala no tenía absolutamente ninguno de los medios requeridos para el seminario aunque, eso sí, a cambio se podía ver el Rhin y la catedral desde las ventanas.

Después de avisar, llega una persona y creí ver la luz al final del túnel y, como a menudo ocurre, era  un tren que venía de frente: Una persona se asoma a la sala y, con tono horrorizado, afirma There’s no coffee!! El hecho de que tampoco hubiera un ordenador ni un proyector ni una pizarra parece que se había volatilizado ante la magnificencia del otro evento que competía por su atención, la falta de café.

O los alemanes están perdiendo cualidades o me han tocado los que nunca las han tenido o, como decía Aristóteles al referirse a las formas de gobierno, la corrupción de lo mejor es lo peor porque ayer tuve otra muestra: Un ordenador que no se entiende con el proyector y, cuando alguien decide cambiar el ordenador, se enfrenta con una monumental bronca de la gente de Informática porque, si cometía tamaño desmán, iba a haber un desajuste en el control de inventario.

Empecé mal; el tren que me tenía que llevar del aeropuerto de Dusseldorf a Colonia , según la planificación alemana que señala en qué vía va a parar un tren con una enorme antelación, no iba a llegar por la vía prevista sino por otra distinta. Hasta ahí, vale. Lo malo es que llega con veintinco minutos de retraso sin que en ningún momento se avise que lleva retraso ni, por supuesto, cuánto y, por tanto, obliga a los sufridos viajeros a esperar la llegada del tren al aire libre, de noche, en mitad de una nevada más que copiosa y con un viento y un frío que congelaban las ideas.

Creía que para un viaje ya había tenido bastantes desdichas pero no; por eso actualizo este post. El tercer día de seminario, y día de regreso, nuevamente había habido una mano negra que había hecho desaparecer todos los medios necesarios para su uso en la clase y de nuevo hubo que remover toda la organización; por cierto, en esta ocasión no hubo nadie que se diera cuenta de que faltaba el café y ni siquiera el café llegó.

Antes de empezar la clase y sabiendo que tenía el tiempo muy ajustado, pasé por la estación que tenía justo enfrente para comprar el billete del tren que me tenía que llevar al aeropuerto. La máquina tenía todos los idiomas imaginables en el menú pero los billetes venían en perfecto alemán sin más opciones; la sorpresa vino cuando la revisora del tren me cuenta que eso que llevaba no eran los billetes sino sólo el cargo en la tarjeta de crédito. Ante mi afirmación de que eso fue todo lo que salió de la máquina, optó por creerme no sin señalar que normalmente no lo habría dado por bueno.

Aún hubo más. En el embarque -retrasado- del vuelo para Madrid, empezamos a bajar una escalera y me pareció que bajábamos demasiado. Así era…tanto bajamos que nos quedamos al pie del avión estacionado a escasos cinco metros del finger que, por la razón que fuera, decidieron no utilizar. A las siete y media de la tarde, ya noche en Dusseldorf, a finales de noviembre y acabando de pasar un temporal de nieve y frío, lo cierto es que la temperatura no es agradable y lo es menos todavía si nos tienen, como así fue, diez minutos esperando a la intemperie a pie de avión.

Todavía hubo un final aunque éste ya no es imputable a la organización alemana y es que, escasos segundos antes del aterrizaje, el avión se fue de nuevo al aire porque, según nos informaron después, el precedente tardó demasiado en abandonar la pista en Barajas y eso nos añadió unos quince minutos más de viaje.

En fin, que si lo sé no vengo.

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