Las vanguardias artísticas

Recién terminada la Segunda Guerra Mundial, un autor musical alemán, Webern, murió después de que, al saltarse un toque de queda, un soldado norteamericano disparase sobre él.

Entre otras obras de vanguardia, Webern tenía una donde doce personas salían a escena con transistores sintonizados en distintas emisoras. Los críticos se deshacían en halagos hacia el invento porque su originalidad consistía en que, en cada representación, la música -si tal se podía denominar el invento- era distinta.

Para los críticos, tal justificación podía ser muy coherente; el común de los mortales probablemente pensará si el toque de queda no fue una sutil excusa y lo que ocurría realmente es que el soldado americano era un melómano empedernido.

Esta misma tarde, en el Palacio de Cristal del Retiro de Madrid he tenido ocasión de acordarme de Webern porque la “obra” y los “argumentos” se parecían mucho. La “escultura” de Evaristo Bellotti no era otra cosa que haber cubierto el suelo de losetas -eso sí, de mármol de Macael- donde las centrales tenían unos canales que se habían llenado de agua. Para pasear por la “escultura” previamente había que descalzarse.

He tenido la curiosidad de recoger un folleto, que lleva el nombre del Museo Reina Sofía, y decía lo siguiente:

Algo más de la mitad de las piezas han sido trabajadas en relieve, según un trazado de doble curva entrecruzada, siguiendo un proyecto dibujado en papel y sobre el plano del Palacio. El agua, vertida sobre las losas, se almacena en las depresiones generadas a partir de las curvas, formando charcos (suele suceder así aunque no se le llame escultura al resultado). El reflejo de la luz sobre el agua y la propia evaporación convierten a esta escultura en una obra cambiante (o sea, lo de los transistores de Webern) sujeta a las variaciones de luz y de temperatura ambiente. En palabras de Bellotti, “escultura (nombre del invento) es un fragmento de intemperie”. 

“La obra es transitable con los pies descalzos. La posibilidad de pisar los charcos de agua y sentir las depresiones labradas en el mármol transforma al espectador en paseante y al volumen de la escultura en un paisaje. La presencia de agua sobre la superficie ondulada evoca directamente la orilla del mar, la superficie de la playa mojada por el vaivén de las olas…Hay, además, un sentido lúdico, ineludible en el chapoteo sobre el agua, que pertenece a la actitud epicúrea que ha fomentado el artista ante la percepción sensorial de su trabajo”.

Reconozco ser poco dado a las vanguardias artísticas y que, por ejemplo, descubrí que Miró sabía pintar sólo después de ver una exposición dedicada principalmente a Van Gogh donde algunos cuadros de Miró distintos a los habituales mostraban que realmente era un pintor. Siempre he apreciado a Dalí, algunas obras de Picasso y a pintores como Scheele, Klimt o, por supuesto, Van Gogh. Me he asombrado al descubrir “el otro Romero de Torres” que va mucho más allá de la piconera y con cuadros impresionistas que quitan el hipo…pero no puedo dejar de pensar que algunas pretendidas vanguardias artísticas no son más que simples tomaduras de pelo al espectador, glosadas por presuntos entendidos más dados al esnobismo que a una mínima actitud crítica.

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