“La gran mascarada” de Jean François Revel

Revel ha sido siempre un autor adorado por unos y odiado por otros y, tanto lo uno como lo otro, por la misma razón: Revel, mientras los demás alababan el traje del emperador, ha sido de los muy pocos que se ha atrevido en voz alta que “el emperador está desnudo” y eso le ha causado enemistades que van más allá de su aún reciente fallecimiento.

La gran mascarada no es un libro nuevo sino que se publicó en el año 2000 y, lamentablemente, ocho años después continúa de plena actualidad. En un libro anterior, posiblemente el mejor de Revel, El conocimiento inútil , abría con su frase demoledora “La primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira”.

En La gran mascarada Revel cuenta cómo después de desaparecer la Unión Soviética, los que en su día la aplaudieron no han extraído ninguna lección de su derrumbe y, muy al contrario, han continuado dando lecciones criticando al liberalismo y ejerciendo, en el mejor estilo sectario, una censura sobre todo aquél que ose criticar los numerosos crímenes de ese aún reciente pasado.

Revel critica igualmente los crímenes de personajes como Pinochet o Hitler pero, al mismo tiempo, señala cómo hay distintas varas de medir los crímenes en función de su autoría. Hay, por ejemplo, una referencia directa al juez Garzón, acerca del cual puede encontrarse otro post aquí que dice lo siguiente:

No hay que decir que al juez español que había dictado la orden contra Pinochet ni siquiera se le pasó por la cabeza hacer lo mismo contra Castro y aprovechar la presencia en Europa del dictador cubano para acelerar la operación. Esa púdica discreción transformaba instantáneamente en impostura la acción contra Pinochet. Una vez más, se ponía de manifiesto que la eventual culpabilidad de los responsables políticos no se aprecia con la vara de los crímenes contra la humanidad, efectivamente cometidos, sino con la del color político de la ideología en nombre de la cual se han cometido…a título de macabra comparación, se calcula en un total de 3.197 las ejecuciones debidas a la DINA (policía política chilena) durante toda la dictadura de Pinochet. Nadie pone en duda que la cantidad no es un criterio moral. Que un único asesinato basta para constituir el crimen contra la humanidad de un régimen o de un dictador. Pero el mayor o menor número de esos crímenes permite medir el peso real del terror que ejerce una dictadura y debería llamar más la atención de aquéllos cuya profesión es informar. Recordar que Castro mandó fusilar a 17.000 personas en un país de 10 millones de habitantes y Pinochet a 3.197 en uno de 15 millones permite comparar un terror con otro, sin excusar por ello a ninguno de los dos.

El libro de Revel es de aquéllos donde la mejor glosa es la realizada por el propio libro a través de un conjunto de frases que tienen en común la idea de que “el emperador está desnudo”, constante en toda la obra de Revel y por la que nunca ha sido perdonado:

  • La izquierda no se equivoca jamás o, al menos, sólo se equivoca en relación consigo misma, en su propio seno, de un modo que sólo es digno de ser discutido entre los pares que la componen, jamás en unas condiciones que podrían llevarla a dar la razón a sus adversarios o incluso a darles la palabra. De este modo, su creatividad intelectual y su vocación redentora siguen triunfalmente su curso.
  • No se puede utilizar como prueba de la presunta orientación de un sistema política hacia la justicia y la libertad las ilusiones de los que han sido engañados y las mentiras de los que se han beneficiado de él.
  • La utopía no está sujeta a ningún resultado obligado. Su única función es permitir a sus adeptos condenar lo que existe en nombre de lo que no existe.
  • Cuando se comprueba que la economía de mercado no logra curar al instante las enfermedades del comunismo habría que preguntarse si la culpa es de la economía de mercado o del comunismo. El comunismo hecho migas no es la economía de mercado.
  • Prestar dinero sin límites a un país sin estructuras económicas, políticas o jurídicas viables…es lo mismo que echar gasolina en el depósito de un coche que carece de motor. Triplicar la dosis de carburante no logrará ponerlo en marcha.
  • Un malentendido falsea casi todas las discusiones sobre los méritos respectivos del socialismo y del liberalismo: los socialistas se figuran que el liberalismo es una ideología. Y mediante una sumisión mimética…los liberales se han dejado inculcar esa visión groseramente errónea de sí mismos…como el socialismo fue concebido con la ilusión de resolver todos los problemas, sus partidarios prestan a sus oponentes la misma pretensión…el liberalismo jamás ha ambicionado construir una sociedad perfecta. Se contenta con comparar las diversas sociedades que existen o han existido y sacar las conclusiones pertinentes del estudio de las que funcionan o han funcionado menos mal…cuando digo que el liberalismo jamás ha sido una ideología quiero decir que no es una teoría basada en conceptos previos a toda experiencia ni un dogma invariable e independiente del curso de las cosas o de los resultados de la acción. No es más que un conjunto de observaciones sobre unos hechos que ya se han producido.
  • ¿Qué es una ideología? Es una construcción a priori elaborada antes de y pese a los hechos y los derechos…la ideología no es ni ciencia por la que ha querido hacerse pasar ni moral, de la que ha creído tener las llaves y arrogarse el monopolio, ensañándose en destruir su fuente y condición: el libre albedrío individual, ni religión, a la que con frecuencia y equivocadamente se ha comparado.
  • Toda ideología es un extravío. No puede haber ideología justa. Toda ideología es intrínsecamente falsa por sus causas, motivaciones y fines, que consisten en realizar una adaptación ficticia del sujeto a sí mismo; a ese “sí mismo”, al menos, que ha decidido no aceptar la realidad ni como fuente de información ni como juez del correcto funcionamiento de la acción.
  • Los socialistas contemporáneos, totalitarios “light”, al menos en sus estructuras mentales y verbales, yerran cuando imaginan que los liberales proyectan, como ellos, la creación de una sociedad perfecta y definitiva, la mejor posible pero de signo contrario a la suya.
  • Decretar que el mercado es en sí reaccionario y la subvención progresista no sólo es una muestra de pensamiento simplista sino interesado, el de los virtuosos del parasitismo del dinero público.
  • Se juzga al comunismo por lo que se suponía que iba a proporcionar y al capitalismo por lo que efectivamente proporciona.
  • Puede muy bien existir un capitalismo sin mercado. Incluso el sueño de muchos capitalistas consiste en lo privado sin mercado, lo privado protegido de la competencia por un poder político cómplice y retribuido. Ése fue el sistema practicado durante décadas en América Latina, un capitalismo al que erróneamente se calificó como “salvaje” cuando estaba admirablemente organizado para servir a los intereses de una oligarquía.
  • Una de las astucias permanentes de la izquierda prototalitaria consiste en negarse a tomar en consideración los hechos con el pretexto de que, aunque estén probados, no es el momento adecuado para hablar de ellos porque beneficia al fascismo.
  • El argumento según el cual el comunismo es democrático porque contribuyó a la lucha antifascista es de tan poco recibo como el que considerara que el nazismo fue democrático porque participó en la lucha contra el estalinismo.
  • La genialidad del comunismo ha residido en autorizar la destrucción de la libertad en nombre de la libertad. Permitía aniquilarla a sus enemigos o justificar a los que la aniquilaban en nombre de una argumentación progresista.
  • La trampa intelectual de una ideología mediatizada por la utopía es, pues, mucho más difícil de desmontar que la de la ideología directa porque, en el pensamiento utópico, los hechos que se producen realmente no prueban jamás, a los ojos de los creyentes, que la ideología sea falsa.
  • Al nazismo se le ve venir de lejos. El comunismo esconde su naturaleza tras su utopía…el totalitarismo más eficaz y, por ello, el único presentable, el más duradero, no fue el que realizó el Mal en nombre del Mal sino el que realizó el Mal en nombre del Bien.
  • Si el nazismo y el comunismo han cometido genocidios comparables por su amplitud, por no decir por sus pretextos ideológicos, no es en absoluto debido a una determinada convergencia contra natura o coincidencia fortuita debidas a comportamientos aberrantes sino, por el contrario, por principios idénticos, profundamente arraigados en sus respectivas convicciones y en su funcionamiento. El socialismo no es más o menos “de izquierda” que el nazismo.
  • Todos los regímenes totalitarios tienen en común ser ideocracias: dictaduras de la idea…la distinción entre el totalitarismo directo, que anuncia de antemano claramente lo que pretende realizar, como el nazismo, y el totalitarismo mediatizado por la utopía, que anuncia lo contrario de lo que va a hacer, como el comunismo, se convierte en secundaria pues el resultado, para los que los sufren, es el mismo en los dos casos. El rasgo fundamental en los dos sistemas es que los dirigentes, convencidos de estar en posesión de la verdad absoluta y de dirigir el transcurso de la historia para toda la humanidad, se sienten con derecho a destruir a los disidentes, reales o potenciales, a las razas, clases, categorías profesionales o culurales, que consideran que entorpecen o pueden llegar un día a entorpecer la ejecución del designio supremo.
  • Se objetará, con razón, que ninguna rememoración de la criminalidad nazi puede ser excesiva. Pero la insistencia en esa rememoración se convierte en sospechosa cuando sirve para aplazar indefinidamente otra: la de los crímenes comunistas. ¿Qué eficacia moral, educativa y, por ello, preventiva puede tener la indispensable reprobación de los crímenes nazis si se transforma en una pantalla destinada a ocultar otros crímenes?
  • El deber de memoria o es universal o no es más que fariseismo partidista.

Creo que estas frases seleccionadas son suficientes para darse cuenta de por dónde va el libro. Revel siempre ha denunciado una asimetría en el tratamiento de la historia según quiénes sean sus artífices. Hay un ejemplo de esto que no está en este libro sino en “El conocimiento inútil” que es bastante expresivo:

Mucho después de concluida la Segunda Guerra Mundial, apareció documentación que demostraba que George Marchais, entonces secretario del Partido Comunista Francés, había ejercido como colaboracionista del régimen nazi. A pesar de que el hecho quedó acreditado, hubo un manto de censura por el cual la gran mayoría de los medios no consideraron conveniente publicarlo. En este aspecto, hace Revel una referencia a un comentario de Juan Luis Cebrián, entonces director de El País, en el sentido de que la publicación de este hecho no era conveniente dadas las circunstancias políticas a pesar de su clara trascendencia informativa.

 Naturalmente, eso deja completamente en cuestión a quién y por qué sirve un periódico y eso es lo que da lugar a memorias hemipléjicas como las que denuncia Revel.

 

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