La lógica de las jubilaciones anticipadas

En lo referente a las jubilaciones anticipadas, es frecuente que encontremos un discurso oficial y una práctica que está totalmente alejada de éste.

El discurso oficial se lamenta amargamente de que se retira del mercado laboral a las personas que tienen más experiencia pero la lógica económica impone que la forma menos traumática de reducir plantilla consiste, precisamente, en hacer uso si se puede del mecanismo de jubilación anticipada.

Ese discurso oficial oculta que tal vez no sea éste el motivo por el que le molestan las jubilaciones anticipadas sino por otro distinto: En sistemas de pensiones como el español, basados en el concepto de solidaridad intergeneracional aunque poco a poco intenten cambiar, las pensiones de los jubilados las pagan los trabajadores en activo. En otros sistemas donde cada uno devenga durante su periodo activo el dinero con el que luego se pagará su pensión, el problema es menor; sin embargo, en casos como el español, una disminución del número de trabajadores activos que pasan, en lugar de aportar al sistema a recibir dinero de éste, representa un problema presupuestario serio.

No obstante, no es la doblez del discurso oficial sobre este tema desde cualquier partido el tema que vamos a tocar sino, prescindiendo de la faceta financiera, la funcionalidad o disfuncionalidad de las jubilaciones anticipadas.

Si cualquier persona con más de veinte años de experiencia en un terreno se pregunta cuánta de esa experiencia le es hoy útil, puede obtener una respuesta deprimente. La respuesta será, sin duda, más deprimente si esa persona trabaja en un entorno que evoluciona muy rápidamente y podría serlo aún más si se produce lo que se conoce como “transferencia negativa”, es decir, el hecho de que aprendizajes adquiridos anteriormente puedan dificultar aprendizajes actuales basados en parámetros distintos cuando no opuestos.

Evidentemente, éste no es un escenario que se produce en todos los casos pero sí lo hace con cierta frecuencia y nos indica algo: La experiencia no es un valor absoluto y su evaluación adecuada depende de diversas variables que definirán cuánta de la experiencia acumulada es conocimiento útil e incluso en qué casos podría ser contraproducente.

Tendríamos que entrar no sólo en los conocimientos sino también en las capacidades y cómo éstas se van modificando con la edad. Las capacidades físicas sufren, sin duda, un deterioro general que afecta desde la agudeza visual o auditiva hasta la fuerza muscular y casi cualquier terreno por el que se nos ocurra preguntar.

En las capacidades intelectuales, el panorama no es tan claro, especialmente en el caso de personas que se hayan conservado intelectualmente activas. Es cierto que facultades como la memoria a corto plazo disminuyen mucho con la edad pero, al mismo tiempo, otras pueden mejorar. En este mismo blog puede encontrarse la reseña sobre “La paradoja de la sabiduría”:

 https://factorhumano.wordpress.com/2008/06/26/la-paradoja-de-la-sabiduria-de-elkhonon-goldberg/

El autor estudió cuáles son las facultades que, en un cerebro activo, mejoran con la edad. Antes de proceder a una jubilación, por tanto, es necesario saber cuáles son las facultades críticas en el puesto de trabajo, si son las físicas sujetas a deterioro con la edad y, en caso de ser las intelectuales, si corresponden al grupo más sujeto a deterioro o al grupo que mejora.

Es cierto que la jubilación anticipada representa una solución menos traumática que un despido y que el cuestionamiento de la experiencia y el deterioro de algunas capacidades pueden invitar a utilizar ese recurso con carácter general. Sin embargo, la prueba de que esa actuación no es adecuada es la existencia de errores producidos por esa generalización, es decir, considerar como obsoleto un conocimiento que no lo es en absoluto y actuar en consecuencia.

Un ejemplo divertido de esto se produjo con ocasión del famoso efecto 2000, en que se suponía que todos los ordenadores del mundo nos iban a dejar colgados. Algunas grandes empresas tuvieron que volver a contratar a personas que habían jubilado anticipadamente para que interviniesen en programas creados por ellos en lenguajes no conocidos por otros programadores más recientes y los adaptasen.

La existencia de ejemplos en ambos sentidos nos muestra algo: Las jubilaciones anticipadas pueden ser una buena solución en muchas situaciones ya que la pérdida real de conocimientos no tiene por qué ser proporcional al número de años de trabajo. Sin embargo, el volumen de esa pérdida ha de ser evaluado caso a caso y la aplicación ciega de la jubilación como receta universal conduce igualmente a errores graves.

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