¿Quién es Baltasar Garzón?

Quien no haya seguido su trayectoria en España y sólo conozca su perfil público en el extranjero puede formarse fácilmente una idea de alguien mitad héroe mitad villano. Algunos datos de su biografía menos conocidos fuera de España pueden dar una idea más completa de un personaje que ahora exige que le documenten que Franco ha muerto.

Garzón empezó a ser conocido al investigar el fenómeno de terrorismo de Estado que se produjo en España bajo el Gobierno de Felipe González. Eran unos momentos especialmente duros donde la colaboración francesa contra el terrorismo era escasa o inexistente y alguien buscó un atajo: Enviar pistoleros a cazar a los pistoleros en sus madrigueras. El invento pareció funcionar y, en una época especialmente activa, el terrorismo disminuyó espectacularmente pero un atajo de ese tipo tiene corto alcance.

En primer lugar, tienen que apoyarse en personajes tan repugnantes como aquellos que tratan de combatir y, a partir de ahí, no resultaba extraño que la caza del terrorista se convirtiese en una orgía de latrocinio e incluso hasta se asesinase a inocentes, poniéndoles previamente la etiqueta de terroristas, para justificar la continuidad de sus actividades.

Pues bien; Garzón estuvo investigando todo este fenómeno e incluso pergeñó una especie de organigrama de los GAL (nombre del supuesto grupo tras el cual se encontraba parte del aparato policial del Estado) a cuya cabeza situó un “míster X”, apelativo bajo el cual estaba situando al entonces presidente del Gobierno, Felipe González, por entender que era imposible que todo esto se hiciera sin su conocimiento y, como mínimo, consentimiento.

Un tiempo después de comenzado todo esto, hubo unas elecciones y Felipe González presentó acompañándole en las listas como su número dos a un candidato-bombazo: Nada menos que el propio Baltasar Garzón que, hasta el día anterior, había estado intentando meterle en la cárcel.

Después de ganar las elecciones, a Garzón le dieron un puesto -no un ministerio como él parecía pretender o alguien le había prometido- donde sus funciones reales eran escasas o nulas. Garzón se sintió engañado y abandonó dando un portazo volviéndose a su juzgado para, sin solución de continuidad, volver a reabrir el proceso de los GAL y volver a intentar encarcelar a Felipe González.

Sin duda, es un episodio revelador sobre el personaje y la utilización de la administración de justicia como palanca de poder pero dista mucho de ser único:

Cuando intentó encarcelar a Pinochet, otro de los casos en que Garzón alcanzó casi el grado de protagonismo que le gusta, hubo muchas personas que se alegraron aunque dudasen sobre la competencia de un juez español para esto pero parecían entender que, por una u otra vía, era posible hacer justicia e intentaron utilizar el afán de protagonismo de Garzón para conseguirlo.

Llama la atención que, aprovechando el tirón del caso Pinochet, hubo quien trató de darle un tratamiento parecido a Fidel Castro. Curiosamente, esa posibilidad fue rechazada por Garzón como también lo fue la investigación sobre los crímenes de Paracuellos cuyo responsable está aún vivo. La sorprendente doctrina que Garzón alega ahora en el caso inventado sobre los crímenes de la guerra española podría explicarlo:  Sólo se investigan los crímenes contra el poder, no los cometidos desde éste. Obviamente, Fidel Castro estaba aún en el poder y Pinochet no. Un mínimo análisis de esta doctrina muestra que, bajo la misma, todos los responsables de los crímenes nazis habrían sido exonerados por Garzón ya que se trataba de crímenes cometidos desde y no contra el poder.

Se podrían añadir bastantes más casos menores incluida la participación en la defenestración de un colega suyo poco manejable por el Gobierno de entonces pero, para no aburrir, vayamos a asuntos más actuales.

Estando todavía el PP en el poder, los dos grandes partidos españoles, PP y PSOE, firmaron el llamado “pacto antiterrorista” por el cual, la lucha antiterrorista no iba a ser objeto de lucha política sino que iba a haber un acuerdo. La finalidad de este pacto era decirles a los asesinos que, gobernase quien gobernase, no iban a encontrar amigos en el poder.

Ese pacto fue roto cuando uno de sus firmantes, Zapatero, decidió que una vía para acabar con el terrorismo era la negociación política con ETA y, durante ese proceso nada claro en el que siguió habiendo violencia, extorsión e incluso dos muertos en la voladura del aparcamiento del aeropuerto de Barajas, los terroristas y sus cómplices gozaron de un claro trato de favor. Son muchos los ejemplos que se podrían poner pero sólo aludiremos a uno porque afecta directamente a nuestro personaje: Un miembro de la red de extorsión de ETA recibió una llamada telefónica de un policía avisándole de que un juez -no Garzón- estaba poniendo en marcha todo el proceso para su detención.

La denuncia por este aviso desde la policía a los terroristas aterrizó en la mesa de Garzón y, al parecer, no ha tenido tiempo para tramitarla. La situación no resulta extraña ya que, también por falta de tiempo, se le han escapado no hace mucho unos narcotraficantes considerados peligrosos en su propio auto y tampoco resulta extraña desde otra perspectiva: Las declaraciones a un medio de comunicación por parte del propio juez indicando que había que ser sensible a las circunstancias y actuar en función de ellas. Los que creíamos que un juez era un mero aplicador de la ley y que no tenía que entrar en ninguna cuestión de clima político nos quedamos muy sorprendidos entonces pero, bajo esa óptica, no resulta difícil entender por qué ese sumario sigue, al parecer, parado.

La falta de tiempo, sin embargo, no le ha impedido meterse en un berenjenal como el de las fosas de los asesinados durante la guerra civil española ocurrida entre 1936 y 1939. Éste era un asunto que había sido patrocinado desde el Gobierno de Zapatero, no se sabe si por una particular manía del propio Zapatero y su mitificado abuelo, militar fusilado por el bando franquista por ejercer como agente doble: Su filiación socialista y masónica no parecía muy compatible con el hecho de que tuviera un destacado papel en la represión de los mineros de Asturias poco antes de la guerra y bajo las órdenes del propio Franco. Paradójicamente teniendo en cuenta quiénes fueron los protagonistas, este hecho  siempre ha representado un auténtico icono del socialismo español.

En 1977 se decidió cerrar definitivamente la cuestión judicial relativa a la guerra ya que se hicieron innumerables salvajadas en los dos bandos. Podría, eso sí, añadirse que en el bando republicano algunas salvajadas iban contra miembros de su propio bando -un periodista le ha hecho llegar a Garzón una lista de casi 1.000 personas asesinadas por supuestos correligionarios políticos sin que se tenga una idea clara de qué piensa hacer Garzón al respecto- mientras que en el otro bando el salvajismo contra los propios pareció estar contenido aunque existan algunos accidentes aéreos de la preguerra y la guerra que afectaron a altos mandos militares que podrían haber competido por el poder con Franco y sean dignos de toda sospecha.

Garzón, en el auto donde él mismo se declara competente para entrar en este tema, acusa a los Gobiernos posteriores a Franco de no haber investigado. Habría necesariamente que añadir que, si esto es así, él mismo debería ser acusado de negligencia por no haberlo investigado mientras muchos de los causantes de los crímenes de la guerra aún estaban vivos. En este momento, sólo queda vivo un responsable del asesinato de más de 4.000 personas y Garzón no ha tomado ninguna medida contra él a pesar de que en su momento así se le solicitó. El motivo alegado por Garzón fue, precisamente, que no se podía entrar en ese asunto debido a la amnistía que se produjo durante el periodo de transición. El motivo para el rechazo era correcto pero es igualmente aplicable al macrocaso que ahora se ha fabricado y, sin embargo, ahora parece haber olvidado cuáles fueron los motivos para tal rechazo.

La persona en cuestión, Santiago Carrillo, negó muchas veces este extremo hasta que Moscú desclasificó los documentos relativos a la guerra española y quedó clara su responsabilidad, no penal puesto que explícitamente hubo una amnistía para todos los delitos cometidos durante la guerra, pero sí política y moral.

¿Por qué Garzón critica a los Gobiernos por no hacer lo que él tampoco hizo durante bastantes años no siendo ni más ni menos competente de lo que es ahora para ello? Las malas lenguas afirman que, en caso de ser sancionado por la fuga de los narcotraficantes, siempre podrá alegar que el suyo es un proceso político y que, en realidad, lo que quieren es apartarle de este caso que se ha “autofabricado”.

¿Por qué decide circunscribir la investigación a la fecha del estallido de la guerra y limitarla también en el tiempo posterior a ésta? Al hacerlo así, deja fuera de su proceso a todo lo que ocurrió antes de la guerra, donde ya se produjeron bastantes asesinatos, muy singularmente el del líder de la oposición a manos de miembros de la escolta de un ministro socialista del Gobierno -Indalecio Prieto- y que pudo precipitar el inicio de la guerra.

Stanley Payne dijo que la guerra española no fue una guerra de buenos contra malos sino de malos contra malos. Cualquiera que haya intentado estudiar los hechos sin sectarismo llegará, necesariamente, a la misma conclusión.

El hecho de que personajes con una cultura histórica muy cuestionable como el propio Zapatero se reclamen herederos de la legitimidad republicana indica que sabían muy poco en qué consistía tal legitimidad porque, si no es por causa de una atroz ignorancia y realmente supiera qué está diciendo, habría que pensar en peores opciones.

Por el lado contrario, también han surgido, no se sabe si como reacción a este intento de rehabilitación de una de las etapas más negras de nuestra historia o por motivos propios, autores a los que sólo les falta pedir la canonización de Franco.

Afortunadamente, en 1977 la sociedad española decidió pasar esa negra página de su historia y abandonar toda la cadena de reproches mutuos que llevaba ya en marcha más de cuarenta años.

Zapatero y Garzón no parecen haberse enterado o no han querido enterarse. El primero, por un sectarismo cristalizado en el mito del abuelito fusilado injustamente y el segundo por un afán de protagonismo desmedido que, en este caso, además puede tener otras finalidades: Proveerle de una eficaz defensa contra una justificada sanción por el incumplimiento de sus funciones y una maniobra de marketing en su papel de conferenciante espléndidamente pagado en el exterior.

En España, quien quiera verlo tiene suficientes datos como para hacerse una imagen distinta de este supuesto adalid de los oprimidos.

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