“La paradoja de la sabiduría” de Elkhonon Goldberg

Si hace pocos días comentaba un libro que no me había gustado -“Entra en tu cerebro”- hoy la situación es exactamente la contraria y, además, con otro libro que trata sobre el mismo tema.

El autor comienza con una preocupación sobre su propio proceso de envejecimiento cerebral pero, además, el autor ha sido discípulo de Luria, el padre de la neuropsicología y que abrió todo el campo de la funcionalidad del cerebro y sus alternaciones.

El tema principal que trata el libro, aunque luego va desarrollando muchos otros temas menores que discurren asociados al principal, es el hecho de que la dominancia hemisférica va cambiando con el tiempo de derecho a izquierdo, en los diestros y en la mayoría de los zurdos, y a que esto tiene una explicación:

El hemisferio derecho se encargaría de las situaciones nuevas mientras que el izquierdo se encargaría de ir almacenando patrones de reconocimiento. A medida que más y más situaciones dejan de verse como radicalmente nuevas sino que pueden ser analizadas mediante patrones de reconocimiento, se va produciendo ese efecto que llevaría asociado un envejecimiento del hemisferio derecho mientras que el izquierdo resistiría mucho mejor este proceso.

Los ejemplos son atractivos; así, un músico profesional utilizaría su hemisferio izquierdo tanto en la interpretación como en el reconocimiento mientras que un novato utilizaría el derecho. Existe, por tanto, una noción de economía aplicada a la actividad cerebral por la que se van encontrando formas cada vez menos costosas en recursos para realizar las mismas actividades.

Un clásico de la psicología, Cattell, antes de que los instrumentos de investigación del cerebro permitiesen analizarlo como ahora se hace, ya presentó como una intuición genial lo mismo que Goldberg va presentando apoyado en datos, es decir, los conceptos de inteligencia fluida y cristalizada.

No deja aparte a las emociones; al parecer, las emociones negativas estarían vinculadas al hemisferio derecho y las positivas al izquierdo. Por supuesto, que eso permite explicar algunas conductas como el inconformismo de las edades más jóvenes y cómo ese inconformismo puede a veces convertirse en motor de descubrimiento. El chiste que utiliza el autor de que un Cristóbal Colón atiborrado de Prozac habría preferido disfrutar de Sevilla antes de embarcarse en la búsqueda del Nuevo Mundo va en esa línea: La insatisfacción implica que hay respuestas no satisfechas o, en otros términos, que los patrones de reconocimiento disponibles no son suficientes y se está buscando activamente.

El cerebro, mediante ese progresivo paso al hemisferio izquierdo y al reconocimiento de patrones, iría siendo cada vez más económico en su funcionamiento y ello implicaría que las actividades que precisasen de una memoria genérica podrían realizarse no sólo sin pérdida sino, en algunos casos, con una ganancia en eficiencia y en resultados. En algunos casos, se menciona cómo una actividad cerebral puede incluso superponerse al Alzheimer, presente en la autopsia pero que no había dado muestras de su existencia en la conducta de la persona afectada.

El libro es, en suma, muy interesante y, aunque pueda ser necesario apuntar algún tanto negativo, éste es menor. El tanto negativo vendría sobre una versión casi impostadamente optimista del envejecimiento cerebral. Para dar esa versión almibarada que, en algunos puntos, nos llevarían casi a los libros de autoayuda, pueden haberse omitido algunos puntos importantes:

  1. La memoria genérica no se deteriora pero sí la episódica. Hay algunas actividades que tienen una gran carga de memoria episódica y de retención a corto plazo de instrucciones o datos de escasa significación. En estas actividades, la edad no sólo no mejora sino que disminuye muy seriamente la capacidad.
  2. El reconocimiento de patrones es un mecanismo de economía, especialmente necesario cuando tal vez empiecen a fallar cuestiones como la aportación de oxígeno u otros o, en términos automovilísticos, si la cantidad de gasolina disponible disminuye, mejor que utilice un vehículo que consuma menos. Sin embargo, la utilización del reconocimiento como recurso básico no es gratuita; implica la posibilidad del “falso positivo”, es decir, de reconocer como ya vista una situación que sea completamente nueva. Esto puede ser especialmente grave en terrenos que evolucionan muy rápidamente y donde el conocimiento y los patrones sobre los que éste se sustenta quedan obsoletos en poco tiempo.
  3. Si la actividad cerebral a una edad avanzada se sustenta en el reconocimiento de patrones, cabe pensar que la capacidad creativa quede seriamente dañada salvo que se haya vivido una vida muy intensa durante etapas más jóvenes y se haya creado un entramado tal de patrones que permitan generar tal creatividad.

Repito, el libro es muy interesante y muy explicativo de fenómenos que podemos observar a nuestro alrededor. Quizás habría podido ser mejorado si el autor se hubiera distanciado un poco más de su propia situación y no hubiera tenido tal empeño en mostrarnos sólo la faceta optimista del envejecimiento cerebral.

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