“Viajes y experiencias” de Michael Crichton: Una visión interesante de la “new age”

Crichton siempre me ha parecido un mal novelista pero un autor interesante. Sus libros sobre ficción científica dejan mucho que desear como trama novelística pero, al mismo tiempo, abren ventanas a distintas ramas de la ciencia, desde la biología a la meteorología pasando por la aeronáutica o el desarrollo de la inteligencia artificial.

Este libro, sin embargo, se sale de su línea de ficción científica porque es, básicamente, una autobiografía comentada. Crichton acabó la carrera de medicina pero nunca ejerció y cuenta por qué, posteriormente pasó una buena parte de su vida buscándole un sentido a esa misma vida y entró en contacto con místicos, videntes y otro tipo de personajes que podríamos denominar “alternativos”.

Lo que más llama la atención es la actitud científica que Crichton maneja en el contacto con tales personajes aunque con un importante matiz: Actitud científica en el sentido de Bertrand Russell de no aceptar nada “al peso” y establecer hipótesis provisionales, no en el sentido del que considera la ciencia como una nueva religión y rechaza todo aquello que no puede entrar en su particular culto. Refleja esta idea mediante la asimilación del científico “oficial” con un sastre en los siguientes términos:

La ciencia es, si me permiten el símil, un taller sublimado de costura, un método para tomar medidas encaminadas a describir algo (la realidad) que tal vez nadie comprende. La ciencia ha realizado progresos fantásticos. Ha reportado a la humanidad innumerables ventajas. Sería una locura abandonarla o negar su trascendencia.

Pero sería también demencial pensar que la realidad viste la talla cuarenta y uatro. Sin embargo, se diría que eso es lo que ha hecho la cultura occidental. Durante cientos de años, la ciencia ha cosechado tantos éxitos que el sastre ha tomado las riendas de nuestra sociedad. Sus conocimientos nos parecen más precisos e incontestables que la sabiduría que ofrecen otras disciplinas como la historia, la psicología y el arte.

No obstante, quizá las creaciones de la ciencia nos dejen, al final, una persistente sensación de vacío. Incluso habrá quien sospeche que la realidad no puede circunscribirse a lo que nos revelan mediciones y cifras.

Crichton comienza por establecer una metodología para su contacto con videntes y demás para no darles pistas y, utilizando esa metodología, encontró situaciones muy interesantes, desde el puro y simple estafador hasta gente que era capaz de decirle cosas que de ningún modo podía conocer e incluso hacer descripciones físicas deformadas de algo que no conocían pero que, de alguna forma, estaban viendo y lo describían en las formas que les resultaban más familiares.

Saca también a relucir los viajes astrales. Recientes investigaciones cerebrales tratan de justificar éstos mediante la sensación de incorporeidad que pueden producir ciertos fármacos o ciertos estados alterados de la conciencia y, de hecho, es sabido que algunos anestésicos pueden producir ese efecto que algunos conocemos de modo puramente accidental gracias a ello. Lo que esas investigaciones no establecen es cómo es posible que uno se vea a sí mismo (no es solo incorporeidad, es ver el propio cuerpo) planteando la inquietante pregunta de quién está viendo qué y el hecho de que se trate de algo tan real que luego se pueda comentar con otras personas con gran nivel de detalle visual y auditivo qué ocurría en la habitación mientras se estaba profundamente dormido.

También hizo su experimento de “recordar vidas anteriores” y, aunque aparentemente le funcionó, mantuvo el escepticismo. Al parecer, Crichton se encontraba en el Coliseo de Roma y era un gladiador pero se plantea que, a pesar del realismo con que vivió la situación en un estado de conciencia alterado, no podía saber si eso era una construcción propia y, de no serlo, por qué iba corresponder a una vida anterior suya y no a una vivencia de otra persona que no fuera el mismo.  Se podría añadir otro pero: La gente que está metida en este ambiente puede relatar con facilidad que en una vida anterior era un gran brujo en la Atlántida o un faraón (son casos reales que me he encontrado) pero jamás se encuentra a nadie que hable de una vida anterior como siervo de la gleba, funcionario de Correos o como contable de una compañía de seguros. El papel de Crichton como gladiador, no un vulgar espectador o un aldeano del imperio, también va en esa línea.

La conclusión que acaba obteniendo Crichton de todas estas experiencias es que hay muchas cosas que no sabemos y que la ciencia “oficial” no sólo no las explica sino que establece unos modelos muy estrechos que le impiden ampliar su ámbito. Al mismo tiempo, es un terreno plagado de estafadores y tarados mentales de toda laya que se visten de iluminados.

No está solo Crichton en ese tipo de análisis. Aldous Huxley en “Sobre la divinidad” (ver entrada en este blog) llegó a conclusiones parecidas y el propio Albert Einstein, a pesar de su curriculum científico, mantuvo siempre una apertura hacia los terrenos no conocidos y difícilmente cognoscibles por la ciencia como refleja la siguiente frase: La humanidad tiene motivos sobrados para situar a los profetas de los valores y los códigos morales por encima de los descubridores de la verdad objetiva. Lo que debemos los humanos a figuras como Buda, Moisés o Jesucristo, ocupa para mí un lugar más señero que todos los logros de la mente inquisidora y constructiva.

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