Southwest Airlines: Fue bonito mientras duró

La verdad es que quedaba bonito porque era una película de buenos y malos donde, invariablemente, Southwest hacía el papel del bueno mientras que otros despiadados como Ryanair hacían el lugar del malo.

Mientras Southwest nos vendía gente feliz, mucha fiesta, mucho rollo entre gente dentro de la empresa, presidente “enrollao” y 20 minutos en el suelo como único capítulo de ahorro, Ryanair nos enseñaba la cara más dura -elíjase el sentido que se le quiera dar- del financiero que busca donde ahorrar un céntimo y, como Indiana Jones, ha descubierto que el látigo es una herramienta de gestión que funciona en entornos que han sido diseñados para eso.

Ahora a Southwest le paran más de 40 aviones y le ponen una multa espectacular porque el mantenimiento dejaba que desear e incluso algunos de sus 737s todavía conservaban el mismo fallo que llevó a un 737 a ir al suelo en una aproximación sin que los pilotos pudieran hacer nada por impedirlo.

Si esto mismo hubiera ocurrido en Ryanair, y de hecho, ocurrió algo parecido hace algún tiempo en que les pararon bastantes aviones porque habían descubierto el concepto de “avería de chicle” que iba siendo estirada indefinidamente, a nadie le habría extrañado. Por el contrario, mucha gente se puede sentir traicionada por el hecho de que haya ocurrido en Southwest.

Las buenas relaciones y el trabajo en equipo están muy bien pero conviene no olvidar que no sólo caracterizan a organizaciones muy virtuosas sino también a otras como la Mafia donde consideran que están ellos contra el mundo y se comportan en consecuencia.

Cuando un piloto o un mecánico es invitado a mirar hacia otro lado porque es “uno de los nuestros” está haciendo un más que flaco favor a un público de cuya seguridad responde. El buen ambiente puede llevar aparejada una ley de la “omertá” que parece haberse puesto ahora en evidencia.

Una pena. En apariencia, Southwest era un modelo que, cuando ha tratado de ser mejorado por otros, ha sido con unos costes humanos muy fuertes. En apariencia, Southwest era capaz de mantenerse en un mercado tan duro como el de las low-cost sin tales costes. La realidad, tal como aparece ahora, nos dice otra cosa distinta.

La simpatía externa y las buenas relaciones internas pueden ser perfectos disfraces para encubrir a tipos como el Edward G. Robinson de Cayo Largo, es decir, mafiosos en estado puro que usan dos códigos no relacionados, uno para tratar con los suyos y otro para el exterior.

Lo dicho: Fue bonito mientras duró.

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