La conjura de los necios de los grandes despachos

No; no voy a hablar de política aunque el título les venga como anillo al dedo sino de cómo el principio de Peter se ha quedado desfasado.

Según el principio de Peter, todo el mundo asciende hasta llegar a su nivel de incompetencia. Falso o, mejor dicho, muy insuficiente. Es cierto que todos podemos conocer a gente que ha sido ascendida a un puesto donde -se supone- su desempeño en el puesto anterior le garantizaba que las cosas iban a funcionar bien y no ha sido así.

Tampoco es muy difícil de explicar: Un puesto puede requerir una destreza técnica y el otro requerir hacer cosas a través de terceros y las habilidades necesarias para desempeñar uno u otro son distintas.

Por eso, el principio de Peter no es sorprendente pero ¿qué ocurre si le damos la vuelta? Si el desempeño en un puesto no garantiza el desempeño en otro ¿la falta de desempeño en un puesto podría hacer pensar que en otro sí se va a funcionar? Difícil de creer ¿verdad? Pues bien, conozco al menos tres casos de personas que no han funcionado en NINGUNO de los puestos por los que han podido pasar y, como premio, han sido ascendidos una y otra vez.

A uno de ellos le conocí en una de las grandes consultoras internacionales donde, tras un ascenso difícil de justificar tanto por su capacidad de trabajo -nula- como por sus morigerados hábitos de consumo -no entremos en detalles- que afectaban a sus relaciones de trabajo y que provocó una fuga masiva del equipo entonces a su cargo. Desde allí, el personaje en cuestión pasaría a una posición elevada en una institución financiera para terminar aterrizando en una institución internacional muy conocida.  Años después de conocerle, supe que su papá tenía un puesto muy relevante en una institución financiera y, al parecer, eso debía bastar como explicación.

Los otros han tenido trayectorias parecidas aunque no iguales:

Uno de ellos era un convencido de la magia de los despachos. Al parecer, bastaba con que se reuniera él con varios más apresuradamente para hablar de una idea genial para que, sin hacer nada, esa idea se diera ya por implantada y así, hasta la siguiente genialidad de despacho. Cada vez que machacaba un área, la organización le ascendía a otra más importante donde se repetía la jugada con el agravante de que, en este caso, ni siquiera cambiaba de organización.

Al otro, sólo se le puede calificar de jesuita pero, dado que entre los jesuitas puede haber excelentes personas, aclararé que me refiero al modelo de personaje que dibuja Blasco Ibáñez en “La araña negra”, es decir, un personaje hipócrita que jamás se enfrenta con nadie pero maniobrero y capaz de echar a los pies de los caballos al mismo que le ha hecho un favor importante el día anterior.

Estos personajes existen y no lo digo sólo porque los haya conocido y pueda ponerles a algunos nombre y apellidos pero lo malo no es su existencia, que también, sino saber qué clase de enfermedad está sufriendo una organización para comportarse de esa forma. ¿Qué están primando y por qué?

La próxima vez que nos encontremos con uno de estos personajes, en lugar de quejarnos de ellos, es bueno que nos preguntemos ¿Qué clase de organización es ésta?

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