Obama ¿Ángel o demonio?

 

Hace pocos días, escuchaba en los noticiarios españoles algo acerca de Obama que, a pesar de que se decía con toda naturalidad, no era otra cosa que un verdadero insulto.

 

Al parecer, la clave en las primarias del Partido Demócrata la tenían las mujeres negras; si interpretamos la noticia, habría que entender que la mujer que se sienta más mujer que negra votaría a Hillary Clinton mientras que la que se sienta más negra que mujer votaría a Obama.

 

Es la vieja y absurda lógica de los cupos. Las mujeres votan a mujeres, los negros a negros, los blancos a blancos, los homosexuales a homosexuales, los heterosexuales a heterosexuales y así sucesivamente. Se supone entonces que, puesto que nadie vota con su cerebro sino que lo hace con su piel o con otras partes más o menos nobles del cuerpo, nos podríamos ahorrar la votación. Bastaría con hacer un recuento y la única duda estaría con aquellos que estén sujetos a fidelidades múltiples por razón de raza, sexo, orientación sexual, religión o cualquier otra cosa que dificultase su contabilización directa.

 

¿Quién es Obama para que se hagan este tipo de cálculos absurdos? Cuando surge un político del ala demócrata en Estados Unidos, siempre se buscan paralelismos con políticos españoles de izquierda. Nada que ver.

 

Obama fue un muy destacado estudiante en una más que destacada universidad norteamericana. Primera diferencia.

 

Tras su etapa como estudiante, pasó a trabajar con una de las grandes firmas americanas donde, coloquialmente, podemos decir que “pisó moqueta” y podría haber continuado haciéndolo. Segunda diferencia.

 

Puesto que Obama no tenía ningún problema para haberse ganado la vida más que holgadamente -tercera diferencia con nuestros queridos ganapanes de la política- si dejó de hacerlo es porque un conjunto de ideales o principios, si son acertados o no es otro asunto, le llevaron en esa dirección.

 

En su etapa juvenil hubo historias confesadas en una autobiografía y que, por tanto, no son susceptibles de ser utilizados por su taimada adversaria, Hillary Clinton, para quien la política no es una ruptura de una trayectoria profesional sino una continuidad de ésta.

 

Obama, por todo esto, no tiene nada que ver con mediocridades glorificadas como las que tenemos por estos pagos sino que lleva algo dentro ¿qué es lo que lleva y hasta dónde puede llegar?

 

Los que trabajamos con organizaciones tenemos identificados a algunos “obamas” que se caracterizan por un punto central: Son inmunes al entorno.

 

Cuando esto lo volvemos por el lado negativo, da lugar al psicópata que considera que el mundo es un gigantesco juego de rol donde el único que tiene existencia real es él mismo y el resto -persona, animal o cosa- está puesto ahí para su propio disfrute o, en todo caso, para su peculiar juego de rol.

 

Cuando lo volvemos por el lado positivo, se nos dan casos como la madre Teresa de Calcuta quien, ante el comentario de un entrevistador de que no haría lo que ella hacía por todo el dinero del mundo, recibió como respuesta un escueto “ni yo tampoco”. ¿Por qué lo hacía entonces? Obviamente, no por dinero; tampoco por fama, prestigio ni motivos mundanos similares. El motivo real es la existencia de un código interno que puede estar cristalizado en una creencia religiosa pero que convierte a la persona en inmune al entorno.

 

De alguien que, como Obama, renuncia a una vida más o menos prometedora en el ámbito de los negocios sólo podemos decir dos cosas: O tiene un precio muy alto y no esperaba alcanzarlo en ese ámbito o no tiene precio. En cualquiera de los dos casos, podemos decir que es una persona difícilmente previsible.

 

Algunas de sus medidas anunciadas, como negociar con Irán, nos recuerdan demasiado al “buenismo pánfilo” tan abundante por aquí. La idea de que todo el mundo es bueno y, si alguien no lo es, es un problema de ignorancia murió con Sócrates pero algunos parecen no haberse enterado todavía. ¿Es Obama un iluminado , es decir, la versión en brillante de algunos de nuestros políticos o un político con ideas y fuerza para llevarlas a cabo al estilo de un Sarkozy o de un Blair?

 

Es un interrogante difícil de resolver y que podría convertirse en una mezcla explosiva si la persona que sugiere el interrogante es difícil de controlar. El “supermartes” veremos qué ocurre pero hay algo claro: Con Hillary Clinton, para bien y para mal, se pisa terreno conocido; con Obama podríamos tener alternativamente uno de los mejores políticos americanos o una desgracia para su país y para el resto del mundo.

 

 

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