“El ladrón en la casa vacía: Memorias”: Autobiografía de Jean François Revel

 Descubrí a Jean François Revel con “El conocimiento inútil” que, años después, sigue pareciéndome el mejor de los libros suyos que he leído a pesar de que algunos eran excelentes.

Revel es uno de los gigantes del pensamiento político occidental del siglo XX. El libro citado ya me supuso algunas sorpresas; considerando que era un libro excelente, se me ocurrió recomendárselo a dos personas. A una de ellas sólo le faltó tirármelo a la cara mientras que la otra se la recomendó a una tercera persona; esta tercera persona resultó ser Pablo Sebastián quien, bajo el seudónimo de Aurora Pavón, escribió un artículo incendiario contra el libro y contra el mismo Revel…¡a pesar de confesar en el propio artículo que no lo había leído!

Pocas veces antes me había encontrado con el sectarismo en un estado tan puro y con un derivado suyo, el principio de Dilbert, que dice que todos somos imbéciles; afortunadamente no todos lo somos al mismo tiempo ni para las mismas cosas. Pues bien, las reacciones de estas dos personas, por lo demás inteligentes, me mostraron que el principio de Dilbert es una gran verdad y que las personas más inteligentes se pueden ver afectadas por la imbecilidad en determinados terrenos.

Revel no es un autor que deje indiferente; o se le admira o se le odia y para quien le admire -es mi caso- una autobiografía es una oportunidad que no se puede desaprovechar para intentar entender algo más de dónde sale la portentosa capacidad de análisis mostrada en otras obras suyas.

El libro, prologado por Vargas Llosa y con una excelente traducción, comienza descolocando al lector. Transcribo sus primeras frases:

 

Los hombres, y no sólo los autores de memorias, suelen decir que a pesar de los fracasos, las penas, los errores y las decepciones o incluso de las fechorías que llenan su pasado, a fin de cuentas están contentos de un destino que ya ha quedado atrás y, si volvieran a empezar, no elegirían una vida distinta.

No pienso lo mismo de la mía. Sin subestimar lo que hay en ella, respectivamente, de inevitable y de accidental, sin que ninguna de ambas sea deseable, en mi memoria se acumulan las circunstancias, pequeñas o grandes, decisivas o triviales, en las que tenía la facultad de elegir y me equivoqué.

 

Si alguien piensa que es una exhibición de falsa modestia, le bastará leer unas pocas páginas para convencerse de que no es así. Revel, recientemente fallecido, ha tenido una vida larga y compleja donde las oportunidades de decidir y, por tanto, de equivocarse han sido muchas.

Comienza por unos inicios de estudiante mediocre aunque original. Su interés en buscar las fuentes en lugar de quedarse con los refritos realizados por terceros para los libros de texto le llevarían a la vez a obtener unas calificaciones muy mejorables y a adquirir, ya desde el principio, una cultura casi enciclopédica. Si a este elemento le unimos una memoria episódica muy poco común, es fácil entender por qué llegó a convertirse para algunos en un autor maldito. Pocas cosas son más imperdonables que insistir una y otra vez en que “el rey está desnudo” en lugar de alabar su traje.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Revel tendría un papel secundario aunque, desde luego, no exento de riesgos en la Resistencia. No aprovechó ese papel para buscar una posición política tras la guerra y ya ahí empezó a ver algunas jugadas sucias. Bastantes años más tarde, siendo director de L’Express denunciaría el colaboracionismo de Marchais quien, en el momento de la denuncia, era secretario del Partido Comunista Francés.

Marchais llegó al extremo de marchar como voluntario a Alemania donde trabajó en fábricas de armas y la prensa del momento intentó por todos los medios silenciar esta denuncia a pesar de estar perfectamente documentada. Al parecer, no fue el único caso. Cuando muchos miembros del PCF, totalmente teledirigido en la época de guerra desde el PCUS, vieron que su posición iba a ser impopular en una posguerra con un Hitler vencido y que había traicionado su pacto con Stalin, no sólo se apuntaron a la Resistencia sino que comenzaron a plantear acciones absurdas sin más finalidad que generar mártires que, en la posguerra, pudieran servirles para borrar su comportamiento inicial.

Al ser una biografía, se mezclan muchos de estos asuntos con cuestiones puramente familiares. Es del mayor interés el periplo de Revel por México y por Italia -hablaba perfectamente español e italiano- países ambos de los que salió después de escribir una denuncia general sobre la corrupción que existía, especialmente en el ámbito político, denuncia en la que tampoco se olvida de Francia.

Su aproximación y alejamiento de Mitterrand, antes y durante la presidencia del líder socialista así como la denuncia de la hipocresía mostrada, entre otros, por el “filósofo de la libertad”, Sartre, quien tuvo una etapa muy claramente estalinista le acabarían convirtiendo en la bestia negra de la izquierda francesa.

Revel hace un retrato devastador de Mitterrand de quien dice que no le interesa la política, entendida como conjunto de creencias u objetivos o incluso utopías sociales sino que sólo se interesaba por el puro manejo para alcanzar y mantenerse en el poder (merece la pena leerlo en sus propias palabras).

Tanto en esta autobiografía como en el resto de su obra, Revel se muestra como una de las cimas del pensamiento liberal actual. Su denuncia constante le granjeó muchos enemigos que gustan de calificarle de reaccionario o de compañero de viaje de la extrema derecha. Nada más lejos de la realidad.

El modelo de acción política de una buena parte de la izquierda, afortunadamente no toda, está basado en el volumen del megáfono. Entiéndase el concepto de megáfono en el sentido figurado a que aludía Lenin al decir que una mentira repetida muchas veces se transforma en verdad. Si alguien no acepta la lógica del megáfono, y Revel claramente no la aceptó, es considerado uno de los peores enemigos incluso aunque comparta todos o buena parte de los fines declarados. Si rechaza los medios, es un enemigo y, si los denuncia, es un enemigo mortal. Ése es el Revel dibujado en su autobiografía y en el conjunto de su obra.

 

 

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