Veinticinco años de triunfo socialista y memoria histórica

 Felipe González, el primer presidente socialista tras la restauración de la democracia en España, dijo que, con la perspectiva del tiempo, su gobierno sería recordado como el más limpio de la historia española. Se equivocó.

Es cierto que la perspectiva del tiempo y la actuación del sucesor en el puesto de su mismo partido ha llevado a que se revisen algunos elementos pero, desde luego, la corrupción resultó ser la marca de los sucesivos gobiernos de González, especialmente de los últimos sin que ello quite algunos elementos positivos claves.

La corrupción con mayúsculas comenzaría muy temprano, con el caso Rumasa, y la reprivatización del grupo empresarial expropiado con un tremendo coste para las arcas estatales y con unos criterios para la asignación de activos más que discutibles. El tardofelipismo nos traería cosas como la implicación en la corrupción de ministros, del gobernador del Banco de España, del director general de la Guardia Civil, de las directoras del Boletín Oficial del Estado y de la Cruz Roja, el nombramiento de un fiscal general del Estado ilegal, el favorecimiento de un empresario para que construyera un monopolio virtual de medios de comunicación….en suma, se instauró un “todo vale” donde, cuando se encontraba a alguien robando, bastaba con negarlo y no se producía ninguna consecuencia.

Como también ocurría con Franco, sus partidarios decían que Felipe González no era corrupto pero se había rodeado de malas compañías. Es posible que así fuera pero entrar en esas disquisiciones es algo así como preocuparse por la virginidad de la dueña del prostíbulo. Normalmente, ése será un detalle que no le importe a nadie.

Ése es el gran apartado de sombras y, en contra de lo manifestado por González, ninguna perspectiva temporal podrá llevar a recordar sus gobiernos como limpios. De hecho, hay quien también le acusa de crimen de Estado por el episodio de los GAL. Curiosamente, éste es también un asunto más de corrupción que de crimen de Estado. En una época en que Francia entendía que ETA era un problema exclusivamente español y permitía que sus asesinos residiesen allí haciendo breves escapadas a España para asesinar y regresar a la seguridad de Francia, poco podía hacerse desde España dentro del más estricto respeto a las normas.

Muchos españoles habrían perdonado a González si hubiera adoptado una postura del estilo de Thatcher en su enfrentamiento con el terrorismo norirlandés y, como ella, hubiera dicho “He sido yo”. En lugar de eso, optó por esconderse y una operación policial oculta se convirtió en un episodio de corrupción sin límites y hasta de asesinato de algunas personas inocentes.

Sobre la economía, poco que decir que no se sepa. Carlos Solchaga ejerció como aprendiz de brujo y llegó a manifestar que España era el país más adecuado para hacerse rico más rápidamente. Omitió, eso sí, que era condición indispensable ser amigo del Gobierno y con ello volvemos al problema de la corrupción. En las elecciones que finalmente perdieron, buscaron el voto del miedo y dijeron que sus antagonistas no iban a pagar las pensiones. Bien sabían de qué hablaban ya que, además de no cumplir ninguno de los requisitos para entrar en el euro, las arcas del Estado estaban tan vacías que el siguiente Gobierno tuvo que pedir ayuda a los Bancos para poder pagar las pensiones. Por cierto, el ministro de Hacienda de ese momento era el mismo que en la actualidad, bajo la segunda época socialista. No parece necesario entrar en temas como las sucesivas devaluaciones de la moneda ni el aumento del desempleo ya que son consecuencias de todo lo anterior.

Nada de todo esto puede cambiarlo ni ser olvidado por ninguna perspectiva temporal. Sin embargo, hay también puntos positivos que hay que hacer notar: En primer lugar, el hecho de que un gobierno socialista pudiera llegar a ser real tras el proceso de transición fue la prueba del nueve de ese proceso de transición: El hecho mismo indicaba que la transición había sido real y que no se había tratado de un maquillaje, de un cambiar algo para que nada cambie. La autenticidad del proceso de transición de 1977 quedó certificada con el hecho de que en 1982 el Partido Socialista pudiera llegar al poder.

Felipe González participó en primera persona en el proceso de transición y, posiblemente por ello, también la asumió en primera persona. No intentó traer ningún modelo de revolución socialista sino que, muy al contrario, estableció formalmente la renuncia de su partido al marxismo. Fue consciente del papel que España debía tener en las alianzas políticas y militares internacionales y, aunque el pésimo sistema electoral español, con su generación de minorías con capacidad de bloqueo, le obligó a pactos con los nacionalistas, mantuvo un sentido de Estado en esos pactos.

Por último, y probablemente por haber sido uno de los protagonistas del proceso de transición, no intentó abrir las tumbas de la guerra civil ni reescribir la historia.

En el día en que escribo estas líneas, se ha beatificado a casi 500 personas como víctimas de la persecución religiosa en la época de la preguerra y guerra civil española. Algunos intentan ver esto como una respuesta de la Iglesia a la torpe e inoportuna ley de memoria histórica que un gobierno socialista con mucha menor capacidad y amplitud de miras que la exhibida por sus antecesores trata de imponer.

Es legítimo que la Iglesia se fije en el aspecto de persecución religiosa e ignore otros. Sin embargo, no es menos cierto que todas las persecuciones religiosas, incluidas las de los mártires de las primeras épocas del cristianismo, tenían un importante componente político y donde la lucha por el poder tenía mucho que ver. Quien ejerce la persecución religiosa siempre lo hace porque considera la militancia en determinado culto como un elemento contrario a su poder.

La España del Frente Popular no fue una excepción a este principio y veía la religiosidad católica como un síntoma de derechismo y, como consecuencia, podía fusilar a alguien por el mero hecho de asistir a misa. La Iglesia prefiere omitir esa relación entre la religión y la política y habla exclusivamente de persecución religiosa. Por otro lado, la Iglesia española alega que la fecha de la beatificación no tiene relación alguna con la ya famosa ley de la memoria histórica. Es posible que así sea aunque difícil de creer y, en cualquier caso, surge una pregunta muy simple: ¿Y qué?

¿Alguien ha sido tan iluso y tan sectario que ha pensado que al reabrir la mitad de las fosas de la guerra civil iba a poder impedir que le escupieran a la cara con la otra mitad? Eso es exactamente lo que está ocurriendo.

Cuando se quitó de su emplazamiento la última estatua de Franco que quedaba en Madrid, probablemente es mucha la gente a la que le pareció bien. Sin embargo, las circunstancias en que esa retirada se produjo dejaron claro el sectarismo que había debajo de la medida: A pocos metros de esa estatua, había otras de dos personajes que tuvieron un papel clave en la guerra civil: Indalecio Prieto y Largo Caballero. ¿Por qué no desaparecieron ésas también? Por añadidura, el que esa retirada se produjera como fin de fiesta del cumpleaños de Santiago Carrillo, si no artífice al menos consentidor de los crímenes de guerra de Paracuellos del Jarama, dice mucho de la intención.

La excusa de una ley que busca gresca entre los españoles es que las víctimas republicanas no habían recibido el homenaje que merecían como sí lo habían hecho las del bando vencedor. Falso de toda falsedad.

Los que hemos vivido, aunque sea en la infancia y la adolescencia, el tardofranquismo hemos recibido una visión de la historia que habrían firmado los autores de la conflictiva ley. Historiadores españoles como Ricardo de la Cierva eran sencillamente ignorados en el final de la época franquista porque, sabiendo que eran partidarios del régimen en el poder, para leer sus excelencias, mejor poner la televisión y ver el telediario o ir al cine y ver el No-Do.

Episodios como el mencionado de Paracuellos quedaron como un lugar común de los miembros de la extrema derecha sin que hubiera un interés auténtico por saber qué pasó allí realmente y si era un lance más de la guerra o un asesinato masivo. Ni que decir tiene que Ricardo de la Cierva le dedicó toda su atención; no en vano, uno de los miles de asesinados allí fue su padre.

Ésta era la situación en el final del franquismo. Aunque se diga que la historia la escriben los vencedores, en España, los vencedores ponían las placas conmemorativas y los nombres de las calles pero la historia que se leía era la escrita por los vencidos en la guerra civil. Los textos escolares que hablaban de “Cruzada de Liberación Nacional” o “Glorioso Alzamiento Nacional” eran leidos con sorna y los profesores procuraban no llegar a esas lecciones en el programa para evitar compromisos.

Buscábamos -y conseguíamos- libros de autores contrarios al régimen. Muchos leimos antes a Tuñón de Lara, Paul Preston e incluso a la hagiógrafa de Fidel Castro, Marta Harnecker, que a De la Cierva, Hugh Thomas o Stanley Payne por no hablar de George Orwell o Burnett Bolloten.

Sólo mucho después de muerto Franco, algunos empezamos a interesarnos por esos otros autores que no nos vendían la época republicana como días de vino y rosas ni la guerra como un mero alzamiento fascista contra un gobierno legítimo.

El gobierno socialista cuyos veinticinco años de la llegada al poder se celebran estos días entendió todo eso y ése es uno de los principales servicios que produjo: Dar por concluido el enfrentamiento entre españoles de uno y otro bando.

Por el contrario, el gobierno socialista salido de unas urnas tres días después de una masacre eficazmente instrumentada desde un punto de vista propagandístico no tiene esa capacidad. En lugar de fundar su legitimidad en unas elecciones y en un proceso de transición, trata de liquidar esa transición e intenta vender una versión mitificada de la segunda república española de la que se pretenden continuadores.

El intento, además de peligroso por reabrir viejos enfrentamientos, muestra la inconsciencia y el sectarismo de quienes lo patrocinan. Los gobiernos de Felipe González pudieron tener muchas sombras pero no las tuvieron en ese terreno donde pueden mostrar una hoja de servicios intachable; hubo quien los llamó, despectiva e injustamente, “gobierno de PNNs1” y, de hecho, si se siguen los mismos criterios, al actual habría que denominarlo “gobierno de fracasados escolares”.

Sólo así pueden explicarse aventuras como la actual. Una ley que pretende reescribir una historia que una mayoría de españoles, fuera cual fuere su bando, quiere que se vaya sedimentando y que forme parte del pasado y no del futuro no puede conseguir nada bueno. En el mejor de los casos, un sonoro fracaso; en el peor, reabrir enfrentamientos felizmente olvidados por todos, incluyendo en ese “todos” a los socialistas que, en el proceso de transición, mostraron una racionalidad y una altura de miras que les son ajenas a sus actuales dirigentes.

 

 

 

1Profesores No Numerarios, es decir, profesores universitarios que no tenían la plaza en propiedad y ejercían como una especie de meritorios de la enseñanza universitaria.

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