Aún más sobre el libre mercado: El paro en Rumania.

He estado tres veces en Rumania, las dos primeras en plena dictadura de Ceaucescu y la última cuando ésta ya se había terminado. En todas ellas, me produjo una gran tristeza la otrora bella pero maltratada ciudad de Bucarest. En la última hubo algo más que me llamó la atención:

En ese momento, la compañía de gas y electricidad -aún un monopolio- había comenzado a tener un problema poco habitual entre los monopolios: Pérdida de clientes. La razón era muy simple; como buen monopolio, hacían los presupuestos al revés, es decir, en lugar de iniciarlos con una cifra proyectada de ventas lo iniciaban con la cantidad de dinero que se querían gastar en sus cositas. A partir de ahí, iban sumando hasta determinar lo que tenían que ingresar, dividían esa cifra entre lo que pensaban producir y obtenían el precio a cobrar.

El problema, en una economía empobrecida, surge cuando la gente no tiene suficiente dinero para pagar la factura resultante y acaba renunciando a tener gas o electricidad en su casa.

En otros ámbitos, todavía se notaban algunos efectos. Por ejemplo, en cualquier sitio que se pudiera entrar había un número desproporcionado de personas que, más que trabajar, estaban allí. Restaurantes con casi un camarero por mesa eran habituales -lo que ni siquiera implicaba mayor rapidez- o escenas como abandonar el hotel antes de las seis de la mañana y, siendo un hotel de tamaño medio, encontrar con que en la zona de recepción había ¡¡seis!! personas “trabajando”, incluidas dos para atender un bar que, naturalmente, no tenía ningún cliente. Al mismo tiempo, había comenzado a aparecer el fenómeno del desempleo.

Tuve ocasión de hablar con diversas personas y algunas, por ejemplo el coordinador del curso que estaba impartiendo, eran abiertamente favorables al anterior régimen y mostraban con orgullo engendros como éste http://www.rumtor.com/Fotos%20para%20web/bucarest_casapueblo1web.jpg detallando cómo era el segundo edificio civil más grande del mundo y cómo todo en su interior era de fabricación rumana. Para ello -contaba- tuvieron que traer máquinas capaces de fabricar alfombras del tamaño de algunas de sus salas, máquinas que resultaba fácil imaginar cogiendo polvo en algún rincón mientras las cifras de mortalidad infantil continuaban subiendo. Todo a mayor gloria del dictador.

Otras eran claramente opuestas y, entre otras cosas, se habían negado a poner los pies en el engendro orgullo de la dictadura. Sin embargo, unos y otros tenían un punto en común: En la época de Ceaucescu todo el mundo tenía trabajo por decreto, es decir, lo hubiera o no (y no lo había), causa de que se viera a tanta gente vegetar en presuntos puestos de trabajo que no eran tales.

Cuando Rumania se fue acercando a la Unión Europea y empezó a abrirse a la liberalización, esta situación dejó de ser sostenible y el desempleo empezó a aparecer. ¿Cómo puede competir una empresa del estilo de Dacia -Renault fabricado en Rumania- si se ve obligada a contratar a gente que no necesita para disfrazar el nivel de desempleo real? Mientras el mercado es interno y sin opciones, se lo puede permitir; en el momento en que tiene que competir con otros dentro y fuera de Rumania…se pincha la burbuja y tiene que empezar a ser eficiente aparcando los objetivos políticos de disfraz del desempleo.

Así pues, aunque tímidamente, un desempleo que era reflejo de la situación económica real empezaba a ser visible. Tanto los partidarios como los opuestos al antiguo régimen llegaban a un punto de acuerdo: “Al menos antes teníamos trabajo”.

Como en los otros casos detallados aquí sobre perversiones en el mercado, al parecer a nadie se le ocurría pensar que “de aquellos polvos vienen estos lodos” y que no es al entonces aún muy tímido liberalismo económico a quien hay que maldecir sino a quien, a lo largo de bastantes años, llevó al país a una situación de pobreza y corrupción ilimitadas.

El tránsito hacia una situación mejor será duro tanto por el erial económico en que el país había quedado convertido como por la corrupción que se había instalado como modo de vida en un entorno donde esa corrupción se convertía casi en un factor básico para la supervivencia. Los efectos de la salida de ese modelo social y económico perverso están ahí pero no se puede culpar de lo que ocurre ahora a lo que se hace ahora sino a lo que se ha hecho durante años.

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