Más sobre el libre mercado: Los autobuses de Santiago de Chile

Hace tiempo que no voy por allí y, por el bien de sus habitantes, espero que algo haya cambiado porque lo que voy a relatar se refiere a la situación de hace tres años.

Este caso es otra anomalía del libre mercado como la que contaba en el “post” sobre Afinsa y Forum Filatélico (https://factorhumano.wordpress.com/2007/10/01/afinsa-forum-filatelico-y-el-libre-mercado/ ) o, tal vez habría que matizar, de lo que ocurre cuando un mercado es parcialmente liberado y eso da lugar a situaciones casi peores que las de total monopolio.

Al visitante, Santiago de Chile le llama la atención por dos cosas:

  1. Es una bella ciudad dominada por los Andes al Este y cuya belleza es en parte estropeada por la calima provocada por una inversión térmica casi permanente.
  2. Hay un nivel de ruido infernal. Nótese que quien dice esto es nacido en Madrid que no está precisamente entre las ciudades más silenciosas del mundo.

Sobre la belleza, poco se puede hacer tanto si la ciudad la tiene, como es el caso, como si no pero los principales causantes del ruido son los autobuses. Cantidades ingentes de autobuses amarillos se podían ver por las principales avenidas de Santiago, la mayoría de ellos cayéndose a trozos y la mayoría de ellos a unas velocidades más propias de un circuito que de una gran ciudad. 

¿Por qué? Una pretendida liberalización que permitía a cualquiera que tuviera un autobús pintarlo de amarillo y dedicarlo al servicio urbano con el compromiso de cobrar un precio establecido.

Había compañías que tenían uno o dos autobuses y llegaban a competir en velocidad con autobuses de otras compañías que hacían la misma ruta para recoger a los pasajeros en la parada antes que el competidor; se decía que, por eso, los conductores de autobús odiaban a los niños y a los ancianos por el tiempo que les hacían perder. 

No resulta muy difícil de imaginar que, al mismo tiempo que este espectáculo se daba en las principales arterias de la ciudad, es muy probable que hubiera zonas que no le interesasen a nadie y, simplemente, quedasen sin servicio de autobús.

Si se preguntaba a cualquier ciudadano, era casi seguro que la respuesta que se iba a tener sobre la razón de esa situación era “la liberalización” que pasaba así a ser la culpable de todos los males. Por supuesto, para que la liberalización hubiera sido auténtica, faltaba otro componente: La libertad en el establecimiento de precios. Obviamente, una ciudad no puede tener miles de autobuses de forma que cada uno tenga un precio distinto pero sí podría fijar precios de acuerdo, por ejemplo, con un código de colores.

Cada dueño de autobús podría pintar su autobús del color que prefiriese sabiendo que ese color iba asociado a un precio y, a partir de ahí, a ver quién se hace con más mercado. Las rutas que no están bien servidas podrían pasar a estarlo si se utiliza el color que representa el precio más alto y en las más frecuentes, en lugar de competir en velocidad entre autobuses igualmente maltratados, cada uno podría elegir la comodidad asociada a un precio.

En Madrid existió hace años algo similar -los microbuses- que pretendían ser algo a caballo entre el autobús y el taxi. Se trataba de autobuses más pequeñosy  más cómodos que hacían las mismas rutas que los autobuses grandes a un precio más alto. Como en el caso de Santiago, era una liberalización de mentira. Puesto que la ciudad, en aquel entonces, no tenía suficientes autobuses para sus necesidades, el ciudadano que estaba en la parada simplemente se limitaba a subirse al primero que llegaba, sabiendo que si era un microbús le costaba más y que, si hacía tiempo que el autobús “normal” no había pasado, el microbús iba a ir igualmente atestado. Finalmente se quitaron.

Con este tipo de situaciones, creo que se puede concluir que no existe una liberalización a medias. Un mercado está o no liberalizado pero no está “un poco liberalizado” del mismo modo que no se puede estar “un poco embarazada”. Este tipo de experiencias, presentadas como liberalización, acaban trayendo lo peor de dos mundos: Lo peor del monopolio y lo peor de una situación de competencia extrema.

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