“Contra las patrias” de Fernando Savater

Se trata de un tema de actualidad en España: El nacionalismo.

Savater no es el primero ni será el último en tocar el tema. Vargas Llosa ha afirmado que ‘El nacionalismo es una ideología colectivista que convierte en un valor el accidente más banal, que es el lugar de nacimiento de una persona, y hace de eso un valor y, en alguna forma, un privilegio’ y también está lejos de ser el primero.

El anterior Papa lo consideró una idolatría de nuestro tiempo y Amin Maaluf le dedica otro libro, también reseñado aquí: “Identidades asesinas”.

La amenaza de balcanización está presente en todo lugar donde alguien se considera diferente, es decir, mejor y ello le hace acreedor a tener un conjunto de derechos que le coloquen por encima de otros. Naturalmente, para que esa amenaza sea efectiva, tiene que haber además alguien que haga dejación de sus funciones de cumplir la ley.

Hace pocos días, nos enteramos de que no hay que forzar el cumplimiento de las leyes sino que hay que convencer de su cumplimiento. Véase el caso:

http://www.diariosigloxxi.com/noticia.php?ts=20070927135031 .

El artículo está escrito por alguien que no puede calificarse precisamente de enemigo del actual Gobierno pero parece que hasta la amistad tiene un límite y éste no es otro que el de la lógica. ¿Se aplicará también esa sorprendente regla de “convencer” a la hora del pago de impuestos?

¿Qué aporta Savater en todo esto? En primer lugar, deshace una falacia: El nacionalista se mueve en un universo nacionalista donde, si alguien le ataca, es acusado de ser también nacionalista y donde la única diferencia estaría en la zona geográfica a la que uno y otro llaman “nación”.  Por supuesto, cuando alguien nacido en su misma zona no es nacionalista, pasa a ser un “traidor”.

El propio título del libro rechaza ese tipo de argumento y una cita de Toynbee “El espíritu de la nacionalidad es la agria fermentación del vino de la Democracia en los viejos odres del tribalismo” así lo certifica.

Cita Savater tres grandes enemigos de la posibilidad de conseguir una convivencia en España que, respetando las diferencias, no produzca un efecto centrífugo:

  1. La exaltación patriótica de los partidarios de la “unidad sagrada de la patria”….quienes no conciben ninguna fórmula federativa viable que proporcione un cauce realmente no centralizado y monolítico a la diversidad evidente del país.
  2. La exaltación patriótica de quienes -contra toda evidencia histórica y toda prudencia política- consideran “irrenunciable” el derecho de cada nación étnica y cultural a conseguir un Estado independiente.
  3. La exaltación patriótica (inducida) de los mil y un nacionalismos urgentemente prefabricados anteayer y que dan de comer provechosamente a tanto cacique y a tanto político corrompido. Viendo éstos la rentabilidad de la disidencia, no censan de buscarse más o menos grotescas señas de identidad, exhiben mutilaciones sufridas en su oprobio colonial hasta hace poco no presentido y fomentan por todos los medios a su alcance un perpetuo afán bélico de todos contra todos en el que depositan su esperanza de medro político.

Éste es el tema que desarrolla el libro y, viendo la evolución que están teniendo los nacionalismos en España animados por un Gobierno especialmente tolerante de sus acciones más extremas, quizás habría algunos matices que introducir:

El primero de los problemas que identifica Savater tiene hoy una importancia minoritaria, al menos, en lo que al caso español se refiere. Las frases presuntamente heroicas del tipo “España es una unidad de destino en lo universal” corresponden a otras épocas y no son muchos los que están dispuestos a suscribirlas y menos aún a mover un dedo por favorecer que así sea.

El segundo problema se refiere al nacionalismo especialmente violento -incluso asesino-  que recuerda demasiado a los “camisas pardas” de Hitler tanto en su embrión de pensamiento como en sus actos. No sería demasiado problema si no existiera permisividad para esos actos que, si no se paran oportunamente, pueden producir una deriva peligrosa en forma de secuestro de toda una sociedad.

El tercer problema apunta directamente a los políticos que han medrado y medran apoyándose en ofensas pasadas reales o ficticias. Del mismo modo que el segundo problema es básicamente de orden público y de obligar al cumplimiento de las leyes, el tercero es una cuestión de representatividad: No se le puede dar la llave de un Estado a alguien cuya máxima aspiración es destruirlo y ése ha sido un pecado difícilmente perdonable cometido por los dos grandes partidos en España.

Existe un cuarto problema que Savater no cita en su libro y que va creciendo en intensidad: El efecto centrífugo no nacido en la periferia sino en el centro. En un reciente artículo de Juan Carlos Girauta -catalán- se refería a ese riesgo:

http://www.libertaddigital.com/opiniones/opinion_39495.html

Cuando los excesos del segundo y tercer tipo van creciendo, si no con la bendición, al menos con la inacción de un Gobierno, en lo que desde lo que los nacionalistas llamarían la “metrópoli” empiezan a subir de tono las voces que no sólo aceptan la independencia sino que piden la expulsión.

Puede criticarse esa posición, expuesta y criticada por Girauta y  no mencionada en el libro de Savater pero que, sin duda, hoy existe y tiene su lógica: Si las exigencias de privilegios por parte de los nacionalistas obtienen una respuesta favorable, está claro que alguien los paga.

Como, en el caso español, Madrid es sinónimo de “centralismo” se ha visto este fenómeno en los presupuestos para 2008: Además de quedar prácticamente congelados, los presupuestos de Madrid contemplan partidas tan ajenas a los intereses o a las necesidades de los ciudadanos madrileños como 12 millones de euros para arreglar el Palacio de la Moncloa (¡ya tiene que estar mal!), partidas relacionadas con Melilla o con ríos que no pasan por Madrid así como material de oficina e informática para los Ministerios.

¿No es lógico que los afectados, en este caso los madrileños, se cansen en un momento de ejercer como “primos” que, además de esquilmados, resultan permanentemente insultados por su “centralismo”?

Girauta critica esa reacción señalando que se les hace el juego a los nacionalistas al confundir catalán con nacionalista catalán, vasco con nacionalista vasco, etc. y tiene razón. Sin embargo, no es menos cierto que en algunas zonas el voto nacionalista es mayoritario y la abstención difícilmente puede ser una excusa.

La argumentación de Savater sobre los nacionalismos es, como de costumbre, buena aunque con la carencia señalada si nos referimos a la más rabiosa actualidad. Cierto que quienes más sufren la dictadura silenciosa impuesta en las zonas donde hay un predominio del nacionalismo son precisamente los nacidos allí que no son nacionalistas. No es de extrañar por ello la reacción de Girauta así como tampoco es de extrañar que los promotores del partido antinacionalista UPL sean vascos o los del también antinacionalista “Ciudadanos de Cataluña” sean catalanes.

Los tres puntos del análisis de Savater vienen a representar el principio de la física de acción y reacción. Quizás lo que no había previsto al concluir su libro es la posibilidad de un movimiento pendular de un carácter distinto. Reducida casi a la marginalidad la idea de que “tenemos que permanecer juntos”, el péndulo puede, en este caso, hacer que los nacionalistas consigan su objetivo de independencia pero inducido desde dentro. Si así ocurriera, no cabe duda de que el éxodo -que ya hoy existe- de ciudadanos no nacionalistas que optan por salir de la tierra en que nacieron se vería aumentado.

http://www.elmundo.es/cronica/2000/CR271/CR271-10.html

http://www.abc.es/20070928/nacional-terrorismo/provocado-exiliados-pais-vasco_200709280833.html

El ventajismo en la política suele tener esos efectos y, una vez puesto en marcha el mecanismo, tiene difícil marcha atrás. A título de ejemplo, llevamos mucho tiempo oyendo hablar del intento de los nacionalistas de crear selecciones deportivas nacionales específicas de su región. En particular, en Cataluña, se buscan los deportes y las localizaciones más insólitos para conseguir que les acepten su selección nacional como tal.

Hasta no hace mucho tiempo, había una oposición cerrada. Esa oposición, en muchos casos, ha ido derivando hacia otra cosa y, cuando se llega a los deportes que mueven más público y se exige que haya una selección nacional catalana de fútbol, la réplica del hastiado de tanto “hecho diferencial” acaba siendo: De acuerdo, pero jugad también la Liga Nacional de Cataluña porque, si tenéis vuestra selección nacional y queréis darle carácter oficial, no tenéis por qué estar en la Liga española.

Éste es un efecto que no previó Savater; por lo demás, es un libro que vale la pena leer.

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