Un libro y un año: “Una breve historia de casi todo” de Bryson y “1789”.

Hace unos días se me ha dado una feliz coincidencia: A la vez que estaba leyendo el libro de Bryson, me encontraba en Washington D.C. y tuve ocasión de combinar elementos de ambas cosas.

En primer lugar, el libro vale la pena de ser leído. Es un alarde de erudición científica que no resulta pesado ni pedante y que toca temas desde el Universo a la formación de la Tierra pasando por la aparición de la vida y la aparición de distintas teorías con algunos rasgos curiosos de sus artífices, desde la timidez patológica de Cavendish al hecho de que Fitzroy y Darwin tuvieran respectivamente 22 y 20 años al emprender su viaje en el Beagle o que muchos grandes descubridores no tuvieran una formación acorde con su descubrimiento, desde un comerciante en telas que desarrolla el primer microscopio capaz de 300 aumentos a un bedel de una universidad o el propio Einstein que desarrolla una teoría sin referencias anteriores, es decir, que parte casi de la nada.

Intentar resumirlo es casi imposible porque es en sí mismo un resumen muy bien escrito y muy ameno y, además, sería casi como contar el final del último libro de Harry Potter así que no lo voy a intentar.

Sin embargo, entre los muchos elementos casi de anecdotario hay una coincidencia que me ha llamado mucho la atención: Uno de los científicos más notables de su época -Lavoisier- fue ejecutado en la Revolución Francesa de 1789 con el poderoso argumento de que “la República no necesita sabios”. Ese mismo año, al otro lado del Atlántico, George Washington era elegido como el primer presidente de Estados Unidos.

Washington, aparte de su mayor o menor competencia militar, tuvo dos rasgos muy poco comunes y especialmente notables en esa época: No quiso ser rey en Estados Unidos porque entendió que la monarquía no era la forma de Estado que debía haber en el futuro y no quiso aprovechar la recién ganada independencia para quedarse en el poder que en ese momento tenía. Al contrario, lo que hizo fue dimitir y retirarse discretamente dejando que el poder lo ejercieran otros. Dos años más tarde sería elegido presidente.

Muchos historiadores consideran que la Revolución Francesa es el auténtico inicio de la Europa moderna; espero que no. La modernidad traída de la mano de la guillotina de Robespierre y de repúblicas que no necesitan sabios no es modernidad sino elogio de la mediocridad y hasta del asesinato.

La modernidad no nació a este lado del Atlántico sino al otro. No vino con la guillotina de Robespierre sino con la renuncia al poder de Washington y más tarde con su elección. Europa se ha quedado recreándose en glorias pasadas y tal vez se le pueda aplicar la cruel estrofa que Machado aplicaba a Castilla: “Castilla miserable, ayer dominadora, desprecia cuanto ignora”.

Espero y deseo que si en algún momento se vuelve a dar otro giro, éste venga de la mano de otro Washington con unos valores firmes y no de un loco mediocre tipo Robespierre al que algunos dirigentes actuales parecen querer emular.

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