Dos grandes falacias: Principio de Peter y principio de Dilbert

El principio de Peter establece que todo el mundo asciende hasta llegar a su nivel de incompetencia. A partir de ahí no ascendería sino que permanecería. Corolario: Todos estamos un nivel por encima del que deberíamos estar.

Falso. Aunque no es el único caso, si echamos un vistazo a la política, encontraremos que hay presidentes de gobierno y ministros -y en más de un país- a los que habrían echado a patadas como jefes del negociado de fotocopias. ¿Por qué, entonces, están donde están? A veces, la respuesta es que están ahí precisamente por inútiles.

Hace unos cuantos años, cuando comenzaba la moda de la calidad, trabajaba en una empresa multinacional y la matriz impuso a la filial española la figura de una dirección de calidad, cosa que al presidente de dicha filial no apetecía ni mucho ni poco. Como no podía oponerse abiertamente, su actuación fue muy sencilla: Buscó a la persona más inútil que encontró en el mercado, vistió su curriculum y la contrató por un sueldo y en una posición que excedían sus sueños más delirantes.

Peter era, pues, un optimista. No todos estamos justo en el nivel donde hemos alcanzado la incompetencia; algunos están muy por encima de ese nivel. Es más, hay casos donde puede existir una duda razonable acerca de si existe un nivel en que sean competentes y, sin embargo, están encumbrados en posiciones que todos, salvo ellos, ven que les quedan demasiado grandes.

El error de cálculo que estas actuaciones introducen con frecuencia se refiere a un simple hecho: Raramente el inútil se considera a sí mismo un inútil y sus reacciones pueden ser imprevisibles.

Cuando alguien critica la escasa capacidad de George W. Bush, siempre he respondido que no debe ser tan escasa cuando tiene a la señora Rice, lo que implica ser consciente de sus carencias y colocar cerca a alguien que las cubra.

Otro menos capaz buscaría para el mismo papel a alguien que, por difícil que sea, no le haga sombra y no parece necesario dar ejemplos.

El inútil -el que es muy inútil, no el que es consciente de sus limitaciones- cuando es colocado en una posición para la que nadie, salvo él mismo, le ve capaz, considera ese hecho como la prueba de que existe la justicia en el mundo y una oportunidad para que todos vean su auténtica valía. En esto último no se equivoca. Todos acabamos comprobando, como se ha dicho, que Peter era un optimista.

El principio de Dilbert es la otra gran falacia y, además, lo es por el mismo motivo, es decir, porque peca de optimismo. Según el personaje de Scott Adams, todo trabajador inútil es desplazado al lugar en que menos daño puede hacer, es decir, hacia la dirección.

Lamentablemente, no es cierto. En uno de sus tratados sobre la inteligencia, José Antonio Marina decía que un mal gobierno puede llevar a un país a despeñarse por un abismo de imbecilidad. Ése es el daño real. Una organización grande, no digamos un país, tiene una inercia que hace muy difícil acabar con ella pero la única forma segura de hacerlo, para bien y para mal, es desde la cabeza.

¿No se acabó con el imperio soviético desde el Kremlin? ¿No se acabó con el franquismo desde sus Cortes? ¿No le costó a España décadas de retraso con respecto a Europa tener un rey como Fernando VII? ¿No se podría haber evitado una guerra civil si el penúltimo Borbón no hubiera huido? ¿La Revolución Francesa se hubiera convertido en una orgía de sangre sin un loco iluminado como Robespierre?

Son muchos más los ejemplos, pasados y actuales, que podrían ponerse y todos ellos nos dicen que Dilbert se equivoca: La cúpula de cualquier organización es el sitio más peligroso donde puede colocarse a un loco o a un imbécil. 

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  1. Carlos castaño (@enyucao)

    El hecho de que un asesor se tome la molestia de demostrar la falsedad de un postulado – parodia como el principio de Dilbert no habla muy bien de usted, pareciera como si estuviera realmente en los zapatos del Gerente que por lo general esta en el limbo, en otra dimensión alejado de lo que es el mundo real de los proyectos de desarrollo de software. Por otra parte Scott Adams a mi parecer logra su cometido principal que darle una respuesta graciosa a la eterna y omnipresente interrogante que la parte operativa de la organización se plantea, ¿Por que este imbécil y supino incompetente es mi jefe?

  2. René Garza Velázquez

    Los principios se mantienen ya que los dos van de la mano, por ejemplo, en el gobierno quienes en realidad se benefician les conviene un presidente estupido; y no como usted supone donde el beneficiado es el PUEBLO… el pueblo en si es el trabajador de menor rango.

    Los reyes y dictadores cumplen con “Raramente el inútil se considera a sí mismo un inútil y sus reacciones pueden ser imprevisibles.” , por eso caen o son duramente atacados.. ya que Peter y Dilbert consisten al mismo tiempo y en la misma persona.

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