El oportunismo ecologista

Dejemos aparte los 200.000 dólares que cobra Al Gore, el nuevo apóstol del ecologismo, por una charla en la que cuenta cosas en las que no predica con el ejemplo. Dejemos aparte su actividad como empresario e incluso su vida privada rodeado de residencias de consumos energéticos disparatados y el más que probable uso de jets privados que, por serlo, también son un homenaje al consumo energético responsable.

El muro de silencio alrededor del reciente caso del vertido de Ibiza y su contraste con otros hace preguntarse si realmente hay algún interés en la naturaleza por algunos grupos autodenominados ecologistas o son simples plataformas políticas.

Sólo recurriendo a la memoria, puedo contar varios casos que parecen apuntar más en la dirección del ecologismo como movimiento político:

  1. Con ocasión de una campaña contra los envases utilizados por las cadenas de hamburguesas más conocidas, éstas sustituyeron los envases por un papel térmico que resultaba mucho menos biodegradable que los primeros.
  2. El silencio ante alternativas energéticas como la aerogeneración que sólo se sustentan en subvenciones y que crean tales picos de corriente que precisan una gran dotación electrónica y la necesidad de parar a menudo los generadores en los momentos en que supuestamente más efectivos podrían ser. No hablemos del efecto que tienen como “picadora de aves” además del impacto paisajístico y del ruido.
  3. La oposición a las centrales nucleares a pesar de que uno de los fundadores de Greenpeace cambiase de opinión. En países como España, la negativa a la construcción de nuevas centrales más avanzadas y presumiblemente más seguras está llevando a alargar al máximo la vida de las existentes y a una mayor dependencia tecnológica de Francia donde ¡oh, sorpresa! el 70% de su energía es de origen nuclear. ¿Tendrá algo que ver?
  4. Las liberaciones de visones por presuntos ecologistas de granjas propiedad de peleteros han causado un enorme daño a la fauna autóctona. 
  5. El famoso calentamiento global está mucho más lejos de ser demostrado de lo que se pretende, en primer lugar, porque no hay series suficientemente largas de registros de temperaturas y, en segundo lugar, porque se conocen otros periodos donde han existido calentamientos o enfriamientos al margen de la actividad humana. Es algo similar a lo que ocurre cuando alguien proyecta las cifras de nacimientos actuales a 200 años y concluye o una despoblación total o que nos comeremos unos a otros.
  6. ¿Qué es más ecológico, un trasvase o la cantidad de desaladoras que lo sustituyen? En España no hay ninguna duda y eso hace pensar una vez más en los ecologistas como plataformas políticas.
  7. La oposición a los cultivos transgénicos a pesar de que éstos, por ser resistentes a plagas endémicas, podrían representar una pieza vital para abordar problemas como el hambre en determinadas zonas de África.
  8. La oposición a insectidas como el DDT que, años después, se ha acabado demostrando que no tenían los efectos que se le atribuían y contribuían a disminuir la incidencia de enfermedades como la malaria.
  9. La eliminación de prácticas ancestrales relativas al tratamiento de los animales muertos que, antes, representaban una pieza del ecosistema puesto que eran el alimento de algunas rapaces. Ahora, algunas especies como los buitres están en retroceso o volviéndose cazadores. Eso sí, cuando se han dado cuenta del problema, no se han deshecho de toda la costosa e inútil infraestructura de recogida de animales muertos. Han preferido soltar en el campo pequeños roedores que constituyen auténticas plagas en las zonas de producción de cereal además de ser transmisores de enfermedades.

Los ecologistas tienen, como cualquier otro, pleno derecho a ejercer la actividad política del signo que quieran pero mezclar ambas cosas acaba desacreditándolos en los dos ámbitos. Su defensa de cualquier causa bajo la bandera ecologista da que pensar si la causa es real o se trata de mero oportunismo político.

Por añadidura, son demasiados los ejemplos donde se han llegado a defender medidas completamente antiecológicas sea por interés político o por ignorancia. Ninguna de las dos alternativas dice mucho en favor del activismo ecologista y ambas dicen mucho en su descrédito. El respeto a la naturaleza y la promoción de ese respeto no tienen nada que ver con algo que, sin temor a exagerar, podríamos denominar industria del ecologismo.

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s