Los gurús de la ética empresarial

Hay pocas cosas que a ciertas alturas puedan sorprender a alguien que lleva mucho tiempo viendo los movimientos del mercado pero la capacidad de sorpresa es inagotable.

Es cierto que puede encontrarse material serio en lo relativo a ética empresarial. Valgan como ejemplo los excelentes trabajos de Rafael Alvira o el texto de Harvard Can Ethics Be taught? pero permítaseme que, en lugar de tratar las contribuciones de estos trabajos -lo mejor que se puede hacer es leerlos y sacar las propias conclusiones- vaya, como Darth Vader, por el “reverso tenebroso” y dedique unas líneas a algo que me ha llamado mucho la atención.

No sé si éste es un fenómeno extrapolable a otros países pero, al menos en España, se da la casualidad de que varios de los más celebrados ponentes sobre ética son reputados golfos. No daré, lógicamente, sus nombres en este foro pero sí contaré algunos hechos representativos de estos “gurús de la ética”:

Uno de ellos cantaba las excelencias de su empresa de entonces en el terreno de la ética y dio un hermoso ejemplo: La empresa estaba en contra de una determinada guerra y ¡oh, sorpresa! el Gobierno que promovía esa guerra sacó a pública subasta un concurso para proveer de determinados alimentos a los soldados. El contrato era muy sustancioso y perderlo significaba abrir la puerta a otro competidor. La empresa ganó el contrato pero, dada su inmensa sensibilidad ética, decidió donar los beneficios de ese contrato a obras de caridad…o sea, lo mismo que hacen los narcotraficantes colombianos para ser unos personajes queridos por su entorno más próximo. Las prácticas personales del ponente, en este caso, son plenamente coherentes con lo que predica.

Otro caso aún más divertido: Hace varios años pretendía que un entonces poco conocido personaje impartiera un seminario sobre uso de sistemas de información para gestión de Recursos Humanos. El personaje aceptó y simplemente desapareció. Finalmente, el seminario tuvo que ser cancelado y llegó un buen día en que me di de narices con éste en una conferencia pública a la que asistíamos ambos. Sabiendo que había continuado normalmente con su actividad en una universidad privada, me soltó nada menos que había desaparecido porque había tenido una falsa alarma de cáncer y le habían estado tratando en la Universidad de Navarra. Ante mi cara de sorpresa -puesto que sabía que había continuado en todo momento en la Universidad- debió interpretar que se trataba de credulidad y quiso rematar la faena diciendo “¿No recibiste la carta que te mandé?”. Pues bien, este personaje da también ponencias sobre ética.

Como todo puede ser mejorado, otro sujeto que se presentaba a sí mismo como gurú de la estrategia empresarial , tras su aparición como una especie de comercial de una escuela de negocios que se encontraba en cierto declive, decidió practicar sus habilidades en este terreno. Para ello, nada mejor que conseguir que le abrieran las puertas de algunos despachos gracias a la tarjeta de esa escuela para, a renglón seguido, tratar de vender los servicios de su chiringuito particular. Además de esto, no se privaba de difamar a personas que formaban parte de la misma institución, extremo que fue denunciado por algunos de los visitados por tal individuo y que se escandalizaron por tal actuación. No paró ahí la cosa sino que, a codazo limpio, se abrió paso para controlar un programa del área de Recursos Humanos con el fin de poder ganar acceso a más despachos aunque fuera a costa de liquidar el programa, como así sucedió. ¿Y sobre qué diserta nuestro buen amigo? Premio. Sobre ética.

Last but not least hay un conocido personaje que, entre otras cosas, se permitió utilizar una posición como contratante para contratar a ponentes amigos a precios astronómicos esperando la devolución del favor, fue capaz de derivar un contrato de la empresa que le pagaba el sueldo a una propia y fue capaz, dado su nulo dominio del inglés, de montar un guirigay con una consultora americana con la que acordó -sin darse cuenta de que lo había hecho- fechas para un seminario para luego retirarse discretamente de la escena y culpar a un tercero del desaguisado. Este mismo personaje, cuando ya sabía que salía de la empresa, logró que su jefe y amigo le firmase mientras salía por la puerta un sustancioso blindaje y es ponente de…¡¡¡ÉTICA!!!

No sé a qué obedece que haya tanta gente que se dedique a disertar precisamente sobre aquello de lo que más carece pero no es éste el único caso. Hablando con una persona, a la que entonces conocía mínimamente, sobre un conferenciante de mobbing me soltó a bocajarro: “No me extraña que hable sobre mobbing. Sabe mucho de eso porque lo ha practicado intensivamente”. Si entonces me sorprendió que una persona casi desconocida me hablase de alguien en esos términos, más tarde, conociéndola mejor y sabiendo que se trataba de una persona sumamente discreta, el hecho me resultaría aún más sorprendente.

Por último, dentro de esta galería de horrores éticos, está el caso de un también conocido escritor en el ámbito de la autoayuda y asiduo colaborador de programas de radio y televisión donde ejerce como una especie de psicólogo de guardia. En una ocasión, alguien habló sobre el maltrato infantil y este personaje dijo algo así como “Maltratar a un niño…nunca, nunca”. Casualmente, en ese momento estaba escuchando la radio y se me debió escapar algún exabrupto del estilo de “¡Será c…..!”. El motivo del exabrupto estaba en que conocía a esta persona de bastantes años antes, cuando le tuve como profesor en mi colegio. El personaje era bastante fantasma y se jactaba de sus habilidades en el terreno de las artes marciales e incluso de cantar bien y, de vez en cuando, nos contaba unas historias donde el héroe principal y único era él y que nos transmitíamos entre las clases. Aparte de estos puntos más o menos folklóricos, tal profesor también tenía una mano bastante larga y la longitud de la mano tenía menos que ver con la gravedad de la falta cometida que con factores propios como -supongo- el tratamiento que ese día hubiera recibido en casa. Escuchar a tal personaje años después impostando un rasgamiento de vestiduras por un maltrato infantil me parece tan hipócrita como todos los casos anteriores.

Sólo encuentro una lección que se pueda extraer de todos estos casos: Puesto que hay gente que tiene una habilidad especial para decir lo que otros quieren escuchar, lo mejor que podemos hacer es no creer lo que se dice sino lo que se hace. Va a resultar que Revel tenía razón cuando afirmaba que la primera de las grandes fuerzas que mueven el mundo es la mentira.

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