La aparición en la política de Fernando Savater

Dicen algunos que España es un país que sociológicamente es de izquierdas. Aunque no se sabe muy claramente qué quiere decir eso, tiene unos considerables efectos prácticos:

Por poner algunos ejemplos, hace ya bastantes años se declaró una moratoria nuclear que nos ha dejado en una situación de carencia energética y sin posibilidad de modernizar las centrales instaladas sino, al contrario, estirar su vida útil todo lo posible. La iniciativa vino de un gobierno socialista pero, si alguien es capaz de romper tal medida, tendrá que ser también un gobierno socialista. A nadie más se le perdonaría.

Todavía recordamos muchos el “OTAN, de entrada no” que acabó traduciéndose en un “bueno; sí, pero no del todo” sin aparente coste electoral. De igual modo, la primera reforma laboral importante en España se produjo en 1994 bajo un gobierno socialista. Es cierto que dos años después perdió las elecciones pero, muy probablemente, eso es más atribuible a una sucesión de escándalos de corrupción que a la reforma laboral que pasó con mucho menos ruido del que se habría podido esperar.

Un problema, quizás más grave que ésos, porque afecta al ser o no ser mismo de un Estado, se lleva padeciendo en España desde la transición. Se critica con frecuencia al actual presidente que quiera pasar por encima de la transición y establecer su legitimidad en la II República abriendo viejas y -creíamos muchos- olvidadas heridas; sin embargo, durante la transición se cometió un error similar: Uno, no el único ni el más grave pero ciertamente grave, de los problemas de la II República estuvo en el sistema electoral dando la llave de los gobiernos a minorías sobrerrepresentadas por el sistema electoral y, habitualmente, nacionalistas. Ese mismo modelo, con la adición del Senado cuya contribución nunca ha quedado clara, es el que se repitió en la transición produciendo el mismo problema.

Se dio una única voz que resultó clamar en el desierto -la de Manuel Fraga- que insistía en un sistema mayoritario. Su etiqueta de “ministro franquista” hizo que su propuesta no fuese considerada, a pesar de que en aquel momento incluía una fuerte paradoja: El principal perjudicado entonces de un modelo mayoritario habría sido su propio partido. Como no cabe pensar en un error de cálculo tan burdo, tal vez haya que pensar que el señor Fraga tenía un sentido de Estado por encima de sus intereses inmediatos, sentido que no parece existir hoy en casi ninguna parte del espectro político.

A la vista de los hechos y de los pactos, muchas veces contra natura, parece que la mayoría de los políticos de cualquier signo podrían hacer suya una fórmula de juramento que aparecía en el primer libro de Forges y decía “Juro mi más inquebrantable lealtad a lo que haga falta”.

Volvemos con ello a esa mayor tolerancia de que disfruta la izquierda en España y cómo le permite hacer o decir determinadas cosas que a otros les saldrían muy caras. Fue un partido de izquierdas, Ciudadanos de Cataluña, el primero que se proclamó abiertamente antinacionalista, cosa lógica en un partido de izquierdas que, al menos sobre el papel, tiene más énfasis en la igualdad y en la anulación de privilegios que uno de derechas. Más difíciles de explicar son los partidos de izquierdas nacionalistas o los igualmente de izquierdas entregados a éstos y alentando o justificando posiciones de privilegio de unos españoles frente a otros.

El siguiente es, precisamente, el movimiento anunciado por Savater y Rosa Díez que, se llame como se llame, no deja de ser una abierta escisión del PSOE provocada por personas que, siendo de izquierdas, no aceptan la aproximación a los nacionalismos, incluidos los terroristas, que se ha producido durante los últimos años.

Sin entrar en el fondo del asunto, es decir, en si hay o no razones para tal escisión, parece claro que si ésta triunfase podría dar lugar a una situación nueva: Si un nuevo partido de izquierda consiguiese un volumen suficiente para ejercer de bisagra entre los dos grandes, podría servir para anular la influencia de los nacionalistas, lo que ya de por sí sería positivo.

Además de eso, tal partido -abiertamente antinacionalista- podría forzar una reforma de la ley electoral y, una vez cumplido ese objetivo, tal vez desaparecer o reintegrarse en un PSOE libre de sus hipotecas externas y de sus iluminados internos. Si eso se logra, bienvenidos sean Savater y sus chicos; pueden lograr algo que a un partido de la derecha nunca se le perdonaría.

  1. jlmz

    Es un placer leer un artículo tan lúcido.
    Creo que en la derecha española comienza a haber muchas personas como el autor del texto que carecen de complejos y están absolutamente orgullosas de ser lo que son y de pensar lo que piensan.
    Bien es verdad que como para pensar hay que trabajar, dedicar tiempo y luchar por ahora, para ser mayoría hay que esperar.

  2. factorhumano

    Muchas gracias por el elogio aunque añado un matiz:

    Creo que las personas con carencia de complejos empiezan a darse tanto en la derecha como en la izquierda.

    Han pasado ya muchos años y muchas cosas como para ser presa fácil de populismos baratos sean del signo que sean.

  3. Pingback: La vida eterna (Fernando Savater) « Factor Humano

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