Los empleos del futuro que viene (Publicado en Capital Humano)

Este artículo tiene ya varios años. Lo he recuperado para el blog al comprobar que en el último libro de Ulrich Beck, “Un nuevo mundo feliz”, se va tratando este mismo tema.

Pueden encontrarse también algunas reflexiones en la misma línea en “The empty raincoat” de Charles Handy.

A continuación pego el texto del artículo:

LOS EMPLEOS DEL FUTURO QUE VIENE

La principal preocupación de la sociedad española de nuestra época, según todas las encuestas, es el desempleo; no obstante, si observamos la evolución del mercado de trabajo, no parece que vaya a darse un aumento sustancial del número ni de la calidad de los empleos, incluso en el caso de que la coyuntura económica sea favorable.

Posiblemente, todo ello obedezca a que el empleo y su contrario, el desempleo, son productos de un modelo que fue inaugurado en la Revolución Industrial y que hoy está en crisis; antes de la Revolución Industrial no existía el desempleo y, desde luego, no sólo es porque no existiesen los sociólogos, las encuestas o el INEM; simplemente, se partía de una organización social en la que se realizaban actividades retribuidas pero no existían los empleos, como base de la organización del trabajo.

El empleo, al igual que el modelo del que procede, está en crisis porque parte de un principio que hoy resulta difícil de aceptar; el empleado vende su tiempo al empresario que lo administra a su mejor conveniencia. Los empresarios han protestado, con razón, por la rigidez de este modelo pero, cuando han tenido ocasión de pactar fórmulas de flexibilidad, se han limitado a abaratar los costes del despido y a eliminar cautelas legales sobre las funciones realizables por los empleados; estas recetas, supuestamente capaces de crear empleo a cambio de disminuir la calidad del existente, nos han llevado a ostentar, en paralelo, los poco deseables records europeos de desempleo y de precariedad laboral.

Si se pretende ofrecer una solución al problema del desempleo, ésta no puede consistir en mover de forma pendular los derechos de los trabajadores de forma que, cuando se crea poco empleo se disminuyen las garantías laborales y cuando las protestas sociales pasan de cierto tono se aumentan. Este juego tiene, además, dos subproductos indeseables que podrían ser objeto de un análisis por separado:

  • En primer lugar, hemos asistido a la creación de dos castas de trabajadores: los que tienen empleo estable, que no están dispuestos a admitir la mínima rebaja en nombre de la solidaridad con los desempleados, y éstos últimos o los empleados precarios a quienes se vende su triste situación como una condición necesaria para ser empleables.

     

  • En segundo lugar, la excesiva sensibilidad a la actividad sindical transmite la idea de que todo es negociable si se aplica el suficiente grado de presión; no hay nada que oponer al hecho mismo de la negociación pero, cuando se toma una decisión de despido colectivo, ésta es suficientemente importante para exigir que desde el primero hasta el último de los despidos estén plenamente justificados; entrar en un proceso de negociación sobre el número de bajas muestra que, o bien la decisión inicial se ha tomado de forma caprichosa y puede alterarse de igual forma o bien se está dispuesto a producir males mayores con tal de disminuir la presión en la calle.

No parece correcto ni éticamente aceptable que la flexibilidad sea introducida en forma de permisividad de los nuevos contratos, sea en niveles salariales, en precariedad o en carencia de mecanismos de protección social; es cierto que estos elementos disminuyen la presión sobre un sistema muy tensionado tanto por la inmovilidad de las plantillas con contratos antiguos como por el agobiante peso que para el Estado representan los mecanismos de protección por desempleo; sin embargo, admitir esta situación desde el Estado significa una ruptura de la igualdad de trato a ciudadanos que, al menos sobre el papel, tienen los mismos derechos; se habrían abandonado así los criterios exigibles de justicia social, favoreciendo preferentemente a los más protegidos por los paraguas legal y sindical, es decir a los que tenían más posibilidad de ejercer presión.

No todo es positivo, sin embargo, en el empleo estable aunque puede parecerlo si el único elemento de comparación es el empleo precario o el desempleo; el empleo, estable o no, tiene algunas semejanzas con la esclavitud; en ambos casos, el tiempo del trabajador es de libre disposición por parte del empleador, en ambos casos la relación de fuerzas es asimétrica, es decir, favorable al empleador y, en muchos casos, las limitaciones de horario o funciones son papel mojado.

Pocos negarían hoy que la flexibilidad cuantitativa y cualitativa de la fuerza laboral es una necesidad imperiosa; el mundo es cambiante y para tener opciones de sobrevivir en él las empresas necesitan poder cambiar de forma y tamaño casi instantáneamente; otra cosa distinta es que el peso de las medidas de flexibilidad tenga que caer íntegramente sobre los hombros de los trabajadores y, subsidiariamente, sobre los mecanismos de protección social del Estado.

Es poco probable que disminuya la necesidad de flexibilidad en el futuro entorno empresarial; sin embargo, es también poco probable que siga aceptándose como única vía de flexibilización el aumento en la asimetría de la relación laboral o que la disminución de esta última tenga que lograrse a través de la agrupación sindical. De hecho, los sindicatos son los principales perjudicados en el nuevo entorno porque su actividad se ejerce, sobre todo, en grandes empresas y entre trabajadores de cuello azul, especies ambas en clara regresión.

La disminución de plantillas en las grandes empresas y la especialización han dado lugar a una fuerza de trabajo atomizada y que raras veces se siente representada por la acción sindical; es cierto que la relación de fuerzas entre empleador y empleado no favorece al trabajador; sin embargo, no está claro que para cambiar esa relación sea necesario invitar a un tercero, el sindicato, que pone sobre la mesa sus propios intereses.

Es preciso generar alternativas de compromiso que respeten a la vez la necesidad de flexibilidad y la exigencia de una relación más igualitaria; las fórmulas para lograrlo ya existen y suelen aplicarse bajo el paraguas del autoempleo que, en países como Noruega, llega a significar el 40% de la fuerza laboral. Con distintas variantes, las fórmulas de flexibilidad alternativas a las actuales son las siguientes:

 

  • Multidependencia; empleador y empleado mantienen una “promiscuidad”, por la cual ninguna de las dos partes tiene un alto grado de necesidad respecto de la otra; esta multidependencia puede instrumentarse en contrataciones laborales a tiempo parcial o en la garantía de un nivel mínimo de actividad sin fijar la forma en que éste se llevará a cabo.

     

  • Contratación por actividad realizada; el trabajador vende la realización de un trabajo en lugar de vender su tiempo disponible, es decir, gestiona su propio tiempo y es responsable ante el empresario de finalizar un trabajo en un plazo pactado.

La factibilidad de estas fórmulas está directamente vinculada al desarrollo de elementos de infraestructura como la informática y las telecomunicaciones y, consiguientemente, la posibilidad de trabajar a distancia gestionando el propio tiempo. Parece claro que todo instrumento que facilite la multidependencia es un promotor de la igualdad en la relación empresario-trabajador.

Sin duda, seguirán existiendo puestos de trabajo, entendidos en el sentido tradicional, donde la principal aportación del trabajador sea la disponibilidad de un tiempo prefijado para realizar determinado tipo de funciones; sin embargo, nuevamente podría ser el desarrollo masivo de los sistemas de información y de las telecomunicaciones el factor limitante para este tipo de actividad; como ejemplo, tenemos la aparición de sistemas telemáticos de Banca o las compras y los diversos servicios que pueden conseguirse por teléfono o por modem desde un ordenador.

La conclusión evidente es que los puestos de trabajo, entendidos como venta de tiempo, están condenados, en buena parte, a su desaparición y conversión en actividades o venta de trabajo realizado; sin embargo, existen intereses contrarios a esta transformación: es dudoso que el Estado acoja con entusiasmo la eclosión de una actividad económica menos controlable y, por tanto, más sumergible desde el punto de vista fiscal que la actual; los empresarios, por su parte, funcionarían en una relación mucho más igualitaria con el trabajador como contrapartida de una extrema flexibilidad y, por último, los sindicatos, en un entorno de igualdad en las relaciones empresario-trabajador, perderían toda razón de existencia.

Se hace, a pesar de estos problemas, imprescindible abandonar un marco laboral centrado en la dimensión permanencia-precariedad y abrir nuevas dimensiones representadas por la multidependencia y por las dependencias cruzadas; la flexibilidad, hasta ahora, ha sido entendida como la capacidad para arrebatar a bajo coste a un trabajador su medio de vida; esto que, desde un punto de vista empresarial, tiene una perfecta lógica, es inadmisible desde un punto de vista social y genera muchos más problemas de los que resuelve.

Cuando una empresa despide a un trabajador se ponen en marcha unos mecanismos de protección social que son pagados por la sociedad, de la que forma parte la propia empresa, a través de unos impuestos que se ven obligados a crecer; a su vez, los impuestos representan una pesada carga para la competitividad de las empresas que limitan las contrataciones como respuesta……….repitiendo el ciclo y generando una espiral de descenso de la competitividad.

Las fórmulas de reparto del trabajo existente entre más trabajadores, tan frecuentes en épocas electorales, tampoco aportan nada sustancial; no se soluciona el problema de rigidez y se encarecen costes asociados al empleo como la formación o la propia coordinación organizativa; eventualmente, podrían resultar fórmulas válidas a corto plazo desde el punto de vista social pero empeoran la capacidad de competir y, por ende, la situación social a medio y largo plazo.

Normalmente, para salir de cualquier círculo vicioso, es necesario cambiar el enfoque para eliminar el elemento distorsionador; éste es, en nuestro caso, el establecimiento de una falsa identidad entre empleo y medio de vida; es cierto que todos necesitamos un medio de vida pero no está claro que las únicas formas válidas de conseguirlo sean el empleo fijo o un patrimonio elevado. El dato citado del nivel de autoempleo en Noruega (40%) contrasta con su equivalente español (13%) y nos señala por donde podría ir el próximo futuro.

Posiblemente llegue un momento en que la administración del propio tiempo se considere un derecho inalienable del trabajador y que éste venda, en lugar de un número fijo de horas, el fruto de su trabajo; esto significará, sin duda, que la variabilidad del volumen de actividad y de los ingresos asociados no será un fenómeno asociado a las empresas sino también a los trabajadores.

Un sistema que exige ingresos empresariales variables y costes de personal constantes, si quiere sobrevivir, necesita una previsión muy afinada, grandes ingresos o mínimos costes de personal y, si es posible, las tres cosas a la vez; cualquier otro escenario distinto pone la estabilidad de la empresa en peligro. Si, por el contrario, admitimos que los niveles de actividad e ingresos de los trabajadores pueden ser variables, además de disminuir la inestabilidad, rompemos dos dicotomías muy arraigadas y que cada día son más dudosas; éstas son empleo-desempleo y empresario-trabajador.

Desde un punto de vista tradicional en cuanto a la división de papeles empresario-trabajador, podría argumentarse que la situación de ingresos variables y costes fijos es intrínseca al oficio y al riesgo del empresario y no al del asalariado; tal vez, pero en una situación de carencia generalizada de empleos, la eventualidad de cierre y despido consiguiente representa también para el trabajador, y no sólo para el empresario, un grave riesgo. Parece lógico, por tanto, que el trabajador también trate de disminuir su riesgo y la vía para ello no es la obtención de empleo e ingresos fijos sino, muy al contrario, la multidependencia y los ingresos variables; un empleo no puede ser más estable que la empresa que lo ha generado y empecinarse en esta fórmula supone poner en riesgo la totalidad de los ingresos y jugar a la ruleta con el propio medio de vida.

 

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