La Crisis del Capitalismo Global (George Soros)

Posiblemente, George Soros es, por muchas y buenas razones, uno de los personajes más controvertidos del mundo actual.

Es fácil de criticar el hecho de que alguien que critica las contradicciones de un sistema capitalista global sea uno de sus principales beneficiarios; no obstante, la respuesta a esta contradicción nos la facilita en el propio libro bajo el concepto de falacias fértiles que define comoconstrucciones defectuosas con efectos inicialmente beneficiosos.

Ni sus más acérrimos críticos pueden negarle a Soros la condición de hombre práctico; la consecuencia práctica de sus falacias fértiles la menciona antes incluso de introducir el concepto diciendo…. las deficiencias de las ideas y las organizaciones institucionales dominantes sólo se hacen evidentes con el paso del tiempo…..me ha animado a buscar los fallos en todas las situaciones y, cuando los he encontrado, a aprovechar la idea. En mis tratos financieros, el descubrimiento del error ha representado a menudo una oportunidad para obtener cualesquiera beneficios que hubiera obtenido a partir de mi idea inicial equivocada.

Ciertamente, la idea es interesante y tiene, como toda la obra, una profundidad que hace que el libro no pueda ser considerado “un libro de un millonario” aunque, obviamente, es un libro y no menos obviamente, su autor es millonario; sin embargo, al margen de la más que probable corrección de estilo y de la excelente traducción (esta última no es mérito de Soros pero sí indica el cuidado puesto en el producto final), el libro se aleja de las vidas ejemplares donde personajes públicos nos hacen ver, por sí mismos o a través de sus hagiógrafos, su dimensión sobrehumana a la par que su humildad franciscana (Véanse Iacocca, Geneen, Superlópez, Mario Conde, Margaret Thatcher, Henry Kissinger, Richard Nixon, Felipe González, José María Aznar, etc).

La constante referencia a Popper y el uso que el autor ha hecho de su esquema mental y filosófico para atisbar las posibles falacias fértiles, y sus oportunidades de inversión asociadas, recuerda un divertido ejemplo mostrado por Fernando Savater[1] de una novela[2] en la que el protagonista, profesor de filosofía, utiliza su conocimiento de las distintas escuelas de pensamiento para cometer atracos a Bancos, siguiendo en cada atraco las pautas de una escuela distinta.

Posiblemente sea injusto despachar a Soros con la idea de que ha aprovechado una estructura mental o, como dicen algunos, una cabeza bien amueblada, entre otras cosas gracias a la profundización filosófica, para convertirse en multimillonario; si, entre las distintas ideas del libro, tuviéramos que escoger una sola, un resumen de la más relevante podría ser el siguiente:

Estamos en una economía global que no tiene sistemas de control globales; en consecuencia, esa economía global está fuera de control y dirigida por una especie de ideología denominada fundamentalismo de mercado; esta ideología consiste en la creencia de que la búsqueda por parte de todos de sus fines individuales lleva a los mercados a un estado de equilibrio. Punto.

Esta contradicción, llevada al nivel individual, la aplica Soros para explicar su propia actuación en los mercados financieros a pesar de su presunta bonhomía intelectual; la explicación no puede ser más clara:

“Como actor del mercado, intento maximizar mis beneficios. Como ciudadano, me preocupan los valores sociales: la paz, la justicia, la libertad, o lo que sea. No puedo dar expresión a estos valores como actor del mercado. Supongamos que las reglas que rigen los mercados financieros deban cambiarse. No puedo cambiarlas unilateralmente. Si me impongo las reglas a mí mismo pero no a los demás, afectarían a mi propia actuación en el mercado pero no afectarían a lo que sucede en los mercados porque ningún actor por sí solo se supone capaz de influir en el resultado”…

En otras palabras; si no lo hago yo, lo hará otro mientras no exista una autoridad superior que nos lo impida a ambos… justificación que podría valer desde el punto de vista de funcionalidad del sistema pero, desde luego, no desde el de la ética y valores personales a los que alude.

El razonamiento está trucado y, con toda seguridad, ello no se le ha escapado a un personaje del nivel intelectual de Soros; como él mismo indica, existen dos ámbitos de actuación distintos: el del individuo y el del conjunto. Éste último está regido por la ley de los grandes números y la actuación del individuo sobre el mismo es irrelevante; sin embargo, no es legítimo que un individuo, como tal, justifique su acción basándose en sus efectos o ausencia de los mismos sobre el gran y complejo mundo en que vivimos.

Usando idéntica lógica a la usada por el autor, podría justificarse la comisión de un asesinato como acción individual dado su escaso impacto sobre las estadísticas de población; además, si no lo hubiera cometido él mismo, finalmente la víctima habría muerto en cualquier caso y, puesto que vivía en una barriada peligrosa, es fácil que hubiera sido igualmente asesinada por otro…..

La tergiversación es tan visible que ni siquiera vale la pena añadir el argumento de que difícilmente puede considerarse un mero individuo a alguien con el potencial económico de Soros y que, debido a esto, sus actos sí pueden tener impacto en una dinámica global.

Otro concepto interesante utilizado por el autor es el de reflexividad; no obstante su interés, debe hacerse notar que la única aportación nueva es el nombre; las profecías autocumplidas, si nos movemos en el ámbito de la sociología, o la proalimentación, si nos movemos en el ámbito del pensamiento sistémico, se refieren exactamente al mismo fenómeno.

No es sorprendente que Soros conceda tanta importancia al fenómeno de la reflexividad, o cualquier otro nombre con el que queramos denominarlo; algunos mercados financieros de elevada volatilidad, como los que negocian operaciones de cobertura, son especialmente sensibles a este fenómeno:

La difusión de programas informáticos, atentos a las cotizaciones y con unos parámetros muy parecidos, hacen que una pequeña caída (o alza) de las cotizaciones provoque una reacción en cadena, una vez que los programas alcanzan su nivel de alerta y generan la consiguiente orden de compra o venta.

En el caso de Soros, este fenómeno tiene incluso un significado de carácter personal; cuando George Soros era una figura relativamente desconocida, podía tomar sus decisiones y acertar o equivocarse como cualquier otro actor del mercado; una vez que ha llegado a ser un personaje mundialmente conocido, son muchas las cámaras que están pendientes de su actuación.

La administración de información y desinformación y de las palabras y los silencios representan, en su caso, un factor mucho más importante que la capacidad prospectiva para acertar en el 100% de las oportunidades de inversión; en sus propias palabras es fascinante pensar en cómo mi actual personalidad “carismática” está relacionada con los mercados financieros y con mi yo anterior como gestor de fondos. Me cualifica para hacer tratos e incluso para manipular los mercados… mis palabras pueden mover mercados… al mismo tiempo he perdido la capacidad para actuar dentro de los límites del mercado como solía hacer.

Por último, en el catálogo de conceptos principales destaca el fundamentalismo del mercado; la utilización del libre mercado y de la competencia más como una religión que como un medio es, según Soros, uno de los factores que ponen en peligro la sociedad abierta de su admirado Popper.

Según Soros, la dinámica del mercado ha ido invadiendo, en calidad de ideología dominante, ámbitos que no le corresponden y es a esta invasión a la que denomina fundamentalismo de mercado; donde hay una carencia de valores, ahí estaría el mercado para imponer sus esquemas y sus creencias respecto al buen funcionamiento.

Al igual que se comentaba respecto a la reflexividad, la invasión de un ámbito que no le es propio por parte de una ideología triunfante no es nueva; si hacemos un breve repaso por la psicología del siglo XX encontraremos que Thomas Watson descubrió las reglas del aprendizaje y, animado por el éxito obtenido, trató de explicar todo el psiquismo humano basándose en ese único fenómeno dando lugar a una escuela groseramente simplista.

Sigmund Freud, por su parte, descubrió la importancia de la sexualidad y de los fenómenos inconscientes; al igual que Watson, se animó y explicó todo el psiquismo en estos términos…

La psicología de la Gestalt, más tarde, descubrió los fenómenos perceptivos y ¿cómo no? trató de explicar todo el psiquismo en base a la percepción; la llegada de los psicólogos cognitivos, impresionados con la informática, y en algunos casos procedentes de ella, consistió en tratar de equiparar al cerebro con un procesador de información importando conceptos de la informática, etc…..

Este abandono momentáneo del ámbito que nos ocupa trata de ilustrar una idea que no es nueva; la tendencia que está en la cumbre tiene siempre un afán de expansión; Kuhn[3], en su clásico texto, nos da numerosos ejemplos al respecto; volviendo al “fundamentalismo del mercado” de Soros, no parece extraño que el capitalismo triunfante y ascendido a la categoría de pensamiento único, más por deméritos ajenos que por méritos propios, trate de exportar su modelo fuera del ámbito económico.

No debería, en principio, ser motivo de mayor inquietud el que se produzca un fenómeno que, sistemáticamente, ha venido repitiéndose en los últimos siglos; hay, no obstante, un elemento nuevo que podría llevarnos a darle la razón a Soros en su preocupación o, al menos, a no rechazarla de antemano; al inicio del libro, se hace la diferenciación entre la inversión financiera y la inversión directa señalando las grandes ventajas que tiene la primera para el inversor con relación a la segunda:

La facilidad de movimiento como ventaja para el inversor se transforma en volatilidad desde el punto de vista del país que recibe la inversión y que, lógicamente, prefiere inversiones directas; el hecho de hallarnos en una edad dorada del capitalismo financiero (no hay fronteras para el dinero) junto con el hecho de que el dinero se mueve a la velocidad de la luz por las redes de telecomunicaciones podría llevarnos a la siguiente reflexión:

El “fundamentalismo del mercado” de Soros no es un fenómeno nuevo; en el pasado se han dado fenómenos similares y, en todos los casos, la doctrina dominante ha retrocedido a posiciones más razonables una vez alcanzado su nivel de incompetencia fuera del ámbito que le es propio; podemos suponer razonablemente que ocurrirá lo mismo con el “fundamentalismo del mercado” y se volverá a posiciones menos extremas; sin embargo…

La falta de existencia, denunciada en el libro, de mecanismos de control mundiales para una economía mundial y la rapidez con que esta última se mueve ¿podría llevarnos a una situación de colapso antes de que el “fundamentalismo del mercado” pierda el cetro de ideología dominante?

Si aceptamos que, desde tiempos inmemoriales, vienen repitiéndose procesos de cambio pendular con una tendencia última al equilibrio, no concederemos excesiva importancia a la denuncia de Soros aún admitiéndola como cierta; sin embargo, la velocidad de los movimientos y el rápido aumento de importancia ¿pueden darle tal velocidad y tal masa al péndulo que dificulten o imposibiliten el regreso al equilibrio?

En suma, aunque no se comparta con Soros la proyección lineal que parece hacer de tendencias actuales (que no tienen por qué permanecer en el futuro), sí podría ocurrir que los vaivenes ideológicos sean más lentos que la dinámica económica mundial y, como consecuencia, se llegase a un punto sin retorno antes de que la rectificación se produjese de forma natural.

Dicho lo anterior, hay que señalar que el principal atractivo del libro de Soros no está en los conceptos utilizados; realmente, los conceptos que aparecen son pocos (en algunos casos ya apuntados lo único nuevo es el nombre) sino la forma en que liga éstos para llevarnos a la idea de crisis.

Soros parte de un ideal: el propugnado por Karl Popper en su libro La sociedad abierta y sus enemigos[4]; hay que recordar que este libro fue escrito en 1945, a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, y que el propio Popper tuvo su experiencia como huido de la Alemania nazi; en consecuencia, todo el libro, si se disculpa la simplificación, es un alegato contra un modelo cerrado de sociedad proponiendo en su lugar otro modelo abierto.

Tan influido ha sido Soros por Popper y el libro citado que su primera fundación fue llamada precisamente Open Society Fund y buena parte del libro es, simplemente, su personal visión de la filosofía popperiana y la utilización de la misma en asuntos tan pragmáticos como los mercados financieros.

El libro ha sido utilizado como excusa para difundir una filosofía personal y no es reductible a lo que indicaría el título; en relación con éste, toda la tesis del libro podría quedar resumida en el párrafo anteriormente destacado en recuadro; existen muchos otros elementos, no pertenecientes a este contexto concreto, y por tanto fuera del hilo conductor de la obra, a pesar de lo cual tienen un gran interés.

Uno de los asuntos a los que se hace mayor cantidad de referencias explícitas y no explícitas es el criterio de falsación de Popper, posiblemente su contribución más conocida a la filosofía; éste es utilizado por Soros, que activamente busca “falsar” las tendencias dominantes y, si lo consigue, entiende que cuanta mayor distancia logre establecer respecto de la tendencia dominante mayor es el potencial de beneficio (o de pérdida, tendríamos que añadir).

Especial relevancia tiene el tratamiento que le da a las ciencias sociales en relación con lo que denomina fenómeno de la reflexividad; la no consideración de científicas de las que, a tenor de lo dicho, deberían ser denominadas “algo” sociales pero no ciencias puede no ser muy bien aceptada en círculos académicos; sin embargo, algunos elementos deberían ser valorados al respecto:

El mimetismo que, en muchos momentos, se ha producido en las ciencias sociales respecto de las ciencias naturales ha llevado a las primeras a producir enunciados de un reduccionismo brutal; cualquier persona con los ojos abiertos y cuya formación universitaria básica se encuentre en los ámbitos de sociología, psicología, pedagogía, etc. es consciente de con qué frecuencia se ha seguido aquel comportamiento machadiano de despreciar cuanto se ignora porque no encaja en los estrechos corsés del método científico.

Explicaciones del psiquismo humano como las facilitadas por el conductismo son incapaces, debido a las restricciones impuestas por el método científico y su limitación a lo directamente observable, de explicar la conducta de las ratas con las que experimentan (con mayor motivo, son incapaces de explicar la conducta humana).

Posiblemente, tendríamos que llegar a una conclusión similar a la expresada por Fernando Savater[5] en el sentido de diferenciar soluciones respuestas:

La misión de las ciencias naturales sería la de facilitar soluciones y, una vez facilitada la solución, quedaría cerrado el problema; por su parte, la misión de las ciencias sociales sería la de facilitar respuestas que, en todo caso, serían provisionales y no dejarían cerrado el problema.

El propio manejo de Soros de conceptos como el ya indicado de las falacias fértiles responde a esta idea sobre las ciencias sociales; la conducta de no me importa lo que es sino lo que consigue que hay bajo ese concepto responde a un rechazo a todo tipo de objetividad de las ciencias sociales.

Las creencias o las comunicaciones pasan a tener un valor instrumental haciendo cierta la frase brutal de Revel[6] la primera de todas las fuerzas que dirigen el mundo es la mentira; esto, que parecía limitado a la actividad política en tiempos de campaña electoral, es transportado con notable éxito al ámbito financiero por el autor.

Parte de las críticas de Soros a las ciencias sociales pueden ser fácilmente asumidas por cualquiera que no ejerza de fundamentalista de las ciencias sociales, por emplear una expresión paralela a la del autor; debe destacarse, sin embargo, que él mismo mantiene una actitud de científico social: Observa las creencias ajenas, las compara con los acontecimientos, obtiene sus propias conclusiones y cuanto más lejanas sean éstas de las creencias ajenas mayor es su potencial de beneficio.

Posiblemente, uno de los elementos más notables del libro, que se manifiesta claramente en este aspecto, es la sensación de que el autor está constantemente trabajando en un doble plano intelectual: Por un lado, como actor del mercado, elabora sus hipótesis; por otro lado, desde un plano distinto observa a los demás y a sí mismo como generadores de hipótesis para evaluar el potencial de beneficio.

Algo parecido podemos decir de su reflexividad; primero elabora una conclusión para, a renglón seguido, intentar conocer los efectos que se derivan del hecho de haber llegado a esa conclusión. Esta lógica de doble lazo es una constante en todo el libro: El actor y el observador del actor, situados bajo la misma piel, van realimentando mutuamente las conductas y las conclusiones en un ciclo sin final.

La rareza de esta peculiaridad intelectual, presente en todo el libro, lleva a pensar que Soros ha puesto en éste algo más que el nombre; es muy probable que haya dispuesto de los mejores correctores de estilo que su abultado talonario le permita pero, se esté o no de acuerdo con él, no se trata de la obra de un mediocre.

Volviendo a la crítica de las ciencias sociales, conviene recordar que la teoría de la reflexividad no es exclusiva de éstas; experimentos biológicos como los realizados sobre la capacidad del ojo para percibir la luz se han encontrado con un hecho difícil de tratar:

Las condiciones de oscuridad impuestas por el experimento forzaban la adaptación del ojo y, consiguientemente, una variación en su capacidad perceptiva; llegar, finalmente, a la conclusión de que puede percibirse una pequeña llama a una distancia de 50 kilómetros no tiene más interés que el estrictamente académico; el diseño experimental impone unas condiciones que virtualmente nunca se van a cumplir y, por ello, su utilidad es escasa.

Las actuaciones en el ámbito social pueden provocar situaciones parecidas; el sujeto siempre buscará una salida y esto alterará los resultados; el conocimiento de dónde se encuentra un límite absoluto no aporta gran cosa desde el punto de vista de utilidad.

Puede aceptarse la idea de que una economía global con controles locales corre serios riesgos; confiar en que la lógica del mercado es capaz de suplir esos controles puede ser ilusorio; esta preocupación, por otra parte, no es única de Soros sino que puede encontrarse en clásicos empresariales como Charles Handy y otros.

Resulta sorprendente, como se indicó, esa estricta división de Soros entre el ciudadano y el individuo privado; parece que el individuo privado es libre de hacer todo aquello que le parezca conveniente sin más restricciones que las impuestas por las leyes; por su parte, el ciudadano es el guardián de todos los ideales de paz, justicia, libertad, etc. y se ve condenado a clamar impotente en el desierto por dichos ideales.

Una excusa “sistémica” en el sentido de que la abstención como individuo no variará el sistema global porque otro lo hará, en cuyo caso, antes de que otro se beneficie es mejor hacerlo uno mismo, resulta difícilmente aceptable.

Un aspecto que subyace a toda la obra es el ya mencionado papel de las nuevas tecnologías en los mercados de capital; normalmente, una situación de inestabilidad financiera, sea local o global, ha tenido la posibilidad de ser atendida basándose en el tiempo que podía transcurrir desde que llegaban noticias más o menos inquietantes y el momento en que se tomaban las decisiones correspondientes. La interposición en este periodo de acciones de Gobierno podía representar un freno eficaz.

En este momento, esta premisa ya no es válida; cualquier actor individual o colectivo tiene la posibilidad de actuar en forma instantánea en los mercados financieros en cualquier parte del mundo; esto significa que una noticia alarmante es seguida por una reacción rápida de los inversores; la velocidad ha pasado, por ello, a ser un factor de inestabilidad que hasta fechas relativamente recientes no había existido.

Mercados de alta volatilidad como los correspondientes a las operaciones de cobertura son, hoy, impensables sin la posibilidad de transacciones intradía y requieren una vigilancia constante, sea por un experto humano o por un sistema experto; otros mercados menos volátiles han sufrido grandes cambios debido a la rapidez con la que se difunden tanto las informaciones como las reacciones a las mismas.

Cualquier movimiento tiene, por este motivo, la posibilidad de alcanzar en cortísimo plazo, un efecto amplificador que alejaría al mercado de la estabilidad a la que se supone tender. La globalización es, por tanto, un fenómeno financiero desde la perspectiva de Soros; sin embargo, en primera instancia podría ser un fenómeno de carácter informativo.

Posiblemente, el mecanismo de control que Soros busca para una economía global no ha de encontrarse en los Estados sino en las escuelas; la desaparición de una dicotomía artificial entre el individuo y el ciudadano y la actuación guiada por unos valores éticos, por supuesto ajenos al ámbito del mercado, es tal vez la única defensa posible.

En esta línea se sitúa la argumentación final de Soros acerca del sistema político y su comparación con los mercados en términos tanto de eficiencia como de finalidades; la idea de que la acción política debería ser guiada por los ideales de justicia en lugar de serlo por intereses individuales o colectivos tiene unas claras resonancias rousseaunianas; es este abandono del ideal como guía de conducta del ciudadano lo que habría dado lugar a una invasión por el mercado del ámbito político.

Por último, el propio Soros es la prueba viviente de que una excelente formación filosófica no basta para dotar al individuo de los valores adecuados; cuando ese individuo prescinde de tal carácter y se considera a sí mismo un brazo del destino, cuyas acciones son moralmente indiferentes, no parece el mejor modelo para conseguir ese control cuya ausencia lamenta con indudable brillantez.

En un párrafo anterior se mencionan algunos planteamientos de Soros cercanos a Rousseau; también recuerda a Rousseau en otro aspecto importante: la lejanía entre su posición pública y brillantemente defendida y su acción en el ámbito de las realidades tangibles: Conviene recordar que Rousseau escribió Emilio, libro que aún hoy podría ser considerado cumbre como tratado de educación….a la vez que abandonó a sus propios hijos; el paralelismo es suficientemente obvio para ahorrar la explicación.

NOTA FINAL: Este post no pretendía ser otra cosa que la reseña de un libro pero la situación de profunda crisis financiera le ha dado estos días una actualidad no pretendida. En la etiqueta “Temas sociales y políticos” pueden encontrarse otros posts con referencias directas a la situación de crisis, en particular https://factorhumano.wordpress.com/2008/09/29/%C2%BFpor-que-estamos-en-crisis/

https://factorhumano.wordpress.com/2008/09/30/¿debe-intervenir-el-gobierno-ante-una-crisis-como-la-actual/

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