Dios y el mundo (Ratzinger)

Es necesario comenzar por una aclaración: ¿Por qué Ratzinger y no Benedicto XVI? La aclaración es tanto más procedente cuanto todo tipo de anticlerical militante rechaza la nueva nomenclatura en favor de la anterior. Sin embargo, le guste o no a la jerarquía eclesiástica, hay un hecho cierto: Ratzinger ha sido un cardenal de demasiado peso como para que, sencillamente, desaparezca por un mero cambio de nombre. Adicionalmente, el libro al que se refiere este comentario fue escrito durante su etapa cardenalicia si bien se ha reeditado bajo la nueva etapa papal.

Hecha esta aclaración, lo primero que revela el libro es que su autor es el propietario, esperemos que feliz, de un intelecto más que notable y de una cultura teológica sobresaliente probablemente incluso para un Papa.

En un momento donde en los asuntos cotidianos parece hacerse realidad la idea de La conjura de los necios y basta con leer un periódico para darse cuenta de ello, es esperanzador ver colocada en un lugar importante una cabeza excelentemente amueblada. Sin embargo, esto que debería ser siempre positivo, tiene también sus lados oscuros.

Puesto que Ratzinger tiene un intelecto brillante, no debe sorprender a nadie que también sea un brillante polemista y, por serlo, sea capaz de colocar razonamientos indiscutibles junto con otros que están lejos de serlo.

Para el creyente, el libro de Ratzinger es tranquilizador ya que le resuelve dudas que quería ver resueltas y, además, de forma aparentemente sencilla. El no creyente, por el contrario, puede tener la sensación de estar jugando con alguien que tiene las cartas marcadas y, precisamente por su carácter de inteligente e ilustrado, no cabe pensar que tal vez lo estuviera haciendo sin darse cuenta.

Ratzinger rechaza las argumentaciones de tipo vitalista que pueden encontrarse, por ejemplo, en el budismo (Recomendación bibliográfica al respecto: “El monje y el filósofo” de Ricard y Revel) pero, al mismo tiempo, reconoce que hay lugares donde la razón no llega y utiliza esa misma argumentación vitalista en defensa de su propia posición.

Cuando se tocan temas como la inseminación artificial, Ratzinger muestra un rechazo radical basado en que, bajo estas técnicas, está la idea de que los hijos son propiedad de las padres y no un don de Dios. Basado en esto, aunque la técnica permita la concepción por medios artificiales, debería rechazarse esta posibilidad. Su interrogador, sin embargo, no le pregunta si este mismo razonamiento es aplicable a una enfermedad que, cuando está ahí, debe ser por voluntad de Dios y el hecho de aplicar procedimientos físicos o químicos para corregirla y evitar sufrimiento al enfermo no deja de ser una forma de superponerse a la voluntad divina.

Peor aún: En el tema de cielo e infierno y la vieja cuestión de cómo es posible que un Dios infinitamente bondadoso pero que conoce pasado, presente y futuro cree a alguien sabiendo que irá al infierno, Ratzinger vuelve con la también vieja respuesta del libre albedrío.

Esta respuesta se la da a alguien ya previamente convencido y que no va a hurgar en esa herida. Si no fuera esa la situación, seguro que haría una segunda pregunta que, con seguridad, sería muy difícil de responder incluso para todo un Ratzinger: El libre albedrío puede existir en una dimensión humana pero, si existe una dimensión divina donde se conoce pasado, presente y futuro, en esa dimensión no existe tal libre albedrío por mucho que nosotros tengamos la sensación de ser libres. Obviamente, un Dios infinitamente bueno decide de acuerdo con lo que Él sabe, no con lo que nosotros sabemos y, cuando se toman decisiones de acuerdo con los conocimientos de esa dimensión divina…no cabe la excusa de la libertad para condenarse porque tal libertad no existiría por mucho que el sujeto la sintiese como tal.

Bertrand Russell, incidentalmente autor de un libro titulado “Por qué no soy cristiano”, fue preguntado cuando tenía una edad ya muy avanzada algo así como: “Puesto que le queda poco tiempo ¿ha pensado qué ocurriría si llega Vd. a la puerta de San Pedro y se encuentra con que durante toda su vida ha estado equivocado?”. Bertrand Russell sencillamente contesto: “Le diría: Lo siento, Señor pero no nos diste las pruebas suficientes”.

Prefiero la modestia del filósofo inglés a la brillantez del teólogo alemán.

NOTA

Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.

Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell. La reseña ya está disponible en este blog.

  

https://factorhumano.wordpress.com/2007/05/18/aldous-huxley-en-sobre-la-divinidad-y-la-rosa-de-paracelso

https://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater

https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina

https://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger

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