Michael Jackson y Howard Hugues: Cuando la libertad se convierte en ausencia de límites:
Debo reconocerlo: Siempre había tenido una idea de Michael Jackson como “rarito” pero enterarme de que pesaba 52 kilos, que no tenía pelo y llevaba peluca y que se metia de todo al cuerpo sobrepasa los limites.
No tengo la menor intención de criticar a Michael Jackson desde un punto de vista de la moral y las buenas costumbres al uso. Antes bien, es una prueba de que vivir es una tarea difícil para todos y, a veces, parece ser mas difícil precisamente para aquellos a los que parece haber sonreido la fortuna.
No hacía mucho que había vuelto a ver la película “Aviador” y, quizás por eso, he podido encontrar bastantes paralelismos entre la figura de Howard Hugues y la de Michael Jackson y el principal de ellos es el enorme daño que puede haber producido el dinero en estos dos personajes.
Cuando uno no es nadie, rarezas como prohibir que nadie lo mire ni, por supuesto, lo toque o pedir platos con doce guisantes perfectamente ordenados tiene como respuesta inmediata un “mira niño; vete a… (rellénese a gusto del consumidor)” y ese simple hecho ayuda a centrar la conducta.
Cuando eso mismo es considerado como un rasgo de originalidad propia del genio y es obedecido sin reservas, se invita al sujeto a una carrera en busca de un límite que nadie se atreve o quiere ponerle o, si se prefiere, una carrera hacia la locura y la desdicha.
El “ciudadano Kane” de Orson Welles tenia su “Rosebud” como ultimo refugio. Los dos personajes, Jackson y Hugues o viceversa, han tenido todo lo que el dinero podia comprar y, desgraciadamente, es mucho lo que puede comprar: Incluso la desdicha propia y ajena. Descansen en paz.
“The God Delusion” o “El espejismo de Dios” de Richard Dawkins
Como mínimo, puede decirse del libro que es peculiar. Dawkins utiliza una vehemencia no habitual en los argumentos en favor del más completo ateísmo y no puede decirse que esa vehemencia no tenga coherencia con su propia forma de ver el fenómeno religioso.
Buena parte del libro es una denuncia de excesos cometidos en nombre de la religión y rechaza la idea de que haya que respetar las creencias religiosas puesto que, al mismo tiempo, entiende que su falta de creencia no ha sido respetada en absoluto y, para alegar esto, presenta muestras como un comentario de George Bush Sr. en el sentido de que los ateos no podían considerarse siquiera ciudadanos.
Es por ello que Dawkins no tiene el menor problema en ridiculizar creencias y en hacer proselitismo del ateísmo e incluso considerar que el agnosticismo no le parece una postura aceptable por lo que representa de quedarse a la mitad evitando establecer compromisos.
Muchos de los hechos denunciados por Dawkins son dificilmente rebatibles; por ejemplo, señala que no se debería hablar de un niño cristiano o de un niño musulmán sino, en todo caso, de un niño de familia cristiana o de un niño de familia musulmana ante el simple hecho de que el niño no tiene capacidad de raciocinio para considerarse incluido en una religión u otra. Denuncia también hechos como que una creencia religiosa puede permitir a un analfabeto sustentar una objeción de conciencia pero que alguien que no declare tal creencia y cuya objeción de conciencia provenga de un estudio o una capacidad de reflexión muy superiores al promedio lo tendría mucho más difícil ante igual situación o cuestiones tan divertidas como que el fisco británico tenga una preferencia por las religiones monoteístas y les niegue beneficios fiscales a las politeístas.
Poco se puede añadir al hecho, también denunciado por Dawkins, de que un relativismo cultural mal entendido pueda hacer que los motivos religiosos sean excusa suficiente para prácticas que la legislación de cualquier país occidental proscribe, incluso cuando son llevadas a cabo en esos mismos países.
En suma, hay una parte muy valiosa del libro y es precisamente la parte de denuncia y su argumentación. Niega a los teólogos cualquier tipo de conocimiento específico que les conceda preeminencia alguna en temas tales como la existencia de Dios y hace un paralelismo con lo que llama la hadología por la cual los expertos en hadas tendrían un punto de conocimiento específico a considerar. Señala como esta concesión desde el ámbito de la ciencia a menudo obedece a intentos de aplacar las iras fundamentalistas y muestra algunos ejemplos.
Sin embargo, es difícil estar en un 100% de acuerdo con Dawkins porque la misma vehemencia utilizada en la denuncia es utilizada en el ataque a posiciones distintas de la propia y ahí es donde en algunas ocasiones pierde el norte y, en otras, simplemente está recurriendo a argucias dialécticas haciendo pasar por argumentos cosas que no lo son en absoluto.
Hay dos aspectos que hay que destacar en este terreno:
- El concepto de respeto a las creencias y su negativa por parte de Dawkins.
- El modelo de Dios en el que basa el ateísmo militante.
En cuanto al concepto de respeto a las creencias, quizás habría que comenzar negando la mayor. Ninguna creencia, sea religiosa, política o de cualquier tipo, merece intrínsecamente respeto alguno aunque sí lo merecen las personas que profesan tal creencia.
En el caso de la religión, al margen de la fuerza económica, política o, simplemente, de capacidad de generación de violencia, que pueda haber tras una creencia, hay un elemento más que Dawkins parece ignorar deliberadamente: Para la persona con convicciones religiosas, la religión es uno de los pilares básicos en que se sustenta toda su idea de quién es, de su lugar en el mundo e incluso de sus principios morales. ¿Tenemos derecho a tratar de derribar esos pilares basados en nuestra convicción de que sabemos más? Tal vez sí pero en pocos casos: El primero, cuando la persona religiosa se lanza a hacer proselitismo y tratar de extender su particular verdad privada a su entorno; en ese momento, la persona que trata de ser captada tiene pleno derecho al contraataque. El segundo caso consiste en lo que se denomina desprogramación de personas que han caído en las garras de sectas destructivas que les impiden una vida normalizada y, como una variedad de éste, tendríamos que incluir los casos en que una religión trata de superponerse a los derechos humanos y se trata de recuperar la situación normal de ejercicio de tales derechos.
¿Puede exigirse, como Dawkins pretende, una simetría de trato respecto al ateo? Si partimos de idéntico principio, es decir, del principio de que lo respetable son las personas y no las creencias, nos encontraríamos en una situación parecida pero con una variante nada trivial: La ausencia de creencia no ocupa el mismo lugar central para el individuo no creyente que la creencia para el creyente. Savater denomina a las religiones con el curioso nombre de tecnologías de salvación. Si alguien está convencido de que su tecnología de salvación funciona, no hay en principio, fuera de las excepciones señaladas y tal vez alguna más, razón alguna para tratar de convencerle de lo contrario basado en los perjuicios que se le podrían producir, del mismo modo que pocos médicos se empeñan en informar a un paciente que ha dado claras señales de no querer saberlo de que tiene un cáncer mortal.
Este mismo principio no es aplicable al no creyente quien, en la hipótesis de ser convencido de que una determinada tecnología de salvación funciona no se encontrará con que el mundo se hunde bajo sus pies sino todo lo contrario. Naturalmente, en la hipótesis del proselitismo desde una posición religiosa, el derecho de réplica del no creyente sí podría producir ese efecto en el que trata de convertirle pero ése es un riesgo profesional del que intenta captar nuevos adeptos, riesgo frente al que suelen blindarse cerrando las orejas y las mentes.
Es por esto que debe exigirse un respeto idéntico a las personas sean cuales sean sus creencias pero tal vez no una simetría completa. Al atacar a la religión de una persona, se está atacando a los mismos fundamentos de su yo, cosa que no ocurre en el caso del no creyente, salvo que se llame Richard Dawkins y haya hecho del ateísmo una marca de identidad. El propio Bertrand Russell, agnóstico reconocido, cuando fue preguntado a una edad muy avanzada qué ocurriría si, tras una muerte presumiblemente cercana, encontraba que toda su vida había estado equivocado y que Dios existía y, a su muerte, se veía enfrentado con él. Bertrand Russell se limitó a responder: “Le diría: Lo siento, Señor, pero no nos diste pruebas suficientes” o, en otros términos, el descubrimiento no significaría el cataclismo personal que le produciría a una persona creyente encontrar que toda su vida había creído en una fábula.
En cuanto al modelo de Dios en que basa Dawkins su discurso, es francamente discutible. Dawkins comienza por fabricarse un adversario a medida para, a continuación, utilizar el argumento ad-hoc para ese adversario fabricado por él mismo. Dawkins no reconoce otro tipo de Dios que el personal hecho a imagen y semejanza de sus creyentes; por añadidura, al hacerlo así, tiene fácil utilizar las salvajadas escritas en los considerados libros sagrados por las grandes religiones como prueba de que ese Dios, incluso medido por estándares puramente humanos, dejaba mucho que desear.
Excluye religiones como el budismo y otras religiones orientales a las que considera filosofías de vida y, por idéntica razón, rechaza conceptos de Dios ajenos al Dios personal por considerarlos como una especie de veleidad poética sin entrar a considerar su fondo. No entra en experimentos como los realizados con el LSD e incluso prácticas como las tibetanas sino que el único experimento que toca es uno realizado sobre el poder de la oración, naturalmente fallido pero deja por el camino mucho conocimiento real sobre el asunto que no encaja en modo alguno con el Dios de Abraham pero tampoco con un ateísmo militante.
Cuando ataca a los agnósticos, lo hace ferozmente por considerar que se quedan a medio camino; sin embargo, al hacerlo, Dawkins está faltando a la verdad porque muchos agnósticos pueden rechazar de plano ese Dios personal que personifica con frecuencia en el Dios de Abraham al que Dawkins dirige todoa su artillería ignorando toda otra forma religiosa o de divinidad que le resulte más complicada de manejar. Es posible que Dawkins actúe así tanto por motivos prácticos -es más fácil debatir cuanto más absurda o brutal sea la posición del contrario- como por el simple hecho de que el dios del Antiguo Testamento está presente en las tres grandes religiones -cristianismo en todas sus variantes, judaísmo e Islam- y de una sola tacada puede atacar a las tres.
Con todos estos elementos, el libro acaba resultando una mezcla peculiar de pinceladas de un Miguel Ángel junto con brochazos de un pintor de brocha gorda, defendidos unos y otros con el mismo énfasis. Al inicio del libro, comienza expresando su deseo de que quien lo lea acabe convirtiéndose, como él mismo, en un ateo militante pero hay trampa:
Si el ateísmo representa el rechazo de un Dios como el que dibuja, basado en textos considerados sagrados por las grandes religiones, es posible que no fuera necesario leer el libro y que muchas personas que no se consideran ateas e incluso algunas que se consideran creyentes, sean ateas sin la menor vacilación con respecto al Dios que pinta Dawkins.
Dawkins defiende también que no se han cometido grandes crímenes en nombre del ateísmo y tiene razón pero nuevamente es un argumento trucado. Quienes critican al ateísmo y a su hipotética vaciedad en cuanto a principios y valores, no lo hacen porque tal ateísmo vaya a ser fuente de grandes crímenes sino por pensar que alguien que esté plenamente convencido de que el momento de la muerte es un final absoluto no tiene razón alguna para preocuparse por consecuencias de sus actos más allá de ese momento. A esta objeción, Dawkins responde con una supuesta programación que todos llevamos gracias a la teoría de la evolución, teoría que, en contra de lo que sostiene en el libro, maneja en muchas ocasiones más como una creencia religiosa o cuasi-religiosa que como una teoría científica.
El libro, a pesar de sus puntos de denuncia que resultan muy notables, acaba haciendo honor a parte de su título: Delusion. Si se quiere entrar en el aspecto de denuncia de la religión entendida como fenómeno social, los daños que ha traído y trae al ser humano y los mecanismos de poder alrededor de ella, es una buena adquisición pero, si se quiere entrar en otro tipo de asuntos, el Dios que se fabrica Dawkins para atacarlo a continuación recuerda el dicho español a moro muerto, gran lanzada.
Sin duda, se pueden encontrar otros títulos más solventes sobre el tema, comenzando por el Por qué no soy cristiano de Bertrand Russell, el Sobre la divinidad de Huxley e incluso el libro de los muertos tibetano. Cualquiera de ellos aportará perspectivas que no se van a encontrar en la obra de Dawkins quien es un excelente polemista pero a quien, con tal de llevar la discusión a su terreno, no parece importarle demasiado el uso de argumentaciones trucadas junto con otras realmente valiosas.
NOTA AÑADIDA: Acaba de aparecer en algunas ciudades españolas una curiosa iniciativa publicitaria llamada “el bus ateo” por la cual algunos autobuses municipales llevan insertada publicidad con el texto “Probablemente Dios no existe. Deja de preocuparte y disfruta de la vida”. Personalmente, me parece una publicidad estúpida y de mal gusto pero no más estúpida y de mal gusto que cuando se colocan carteles anunciando “Gran vigilia de la Inmaculada” dirigida exclusivamente a “hombres y jóvenes”. El ámbito de la religión o su falta entra de lleno en lo que Vargas Llosa califica acertadamente como “verdades privadas” y la publicidad en ese terreno es inevitable que roce o entre de lleno en el mal gusto, la estupidez y la zafiedad.
“Viajes y experiencias” de Michael Crichton: Una visión interesante de la “new age”
Crichton siempre me ha parecido un mal novelista pero un autor interesante. Sus libros sobre ficción científica dejan mucho que desear como trama novelística pero, al mismo tiempo, abren ventanas a distintas ramas de la ciencia, desde la biología a la meteorología pasando por la aeronáutica o el desarrollo de la inteligencia artificial.
Este libro, sin embargo, se sale de su línea de ficción científica porque es, básicamente, una autobiografía comentada. Crichton acabó la carrera de medicina pero nunca ejerció y cuenta por qué, posteriormente pasó una buena parte de su vida buscándole un sentido a esa misma vida y entró en contacto con místicos, videntes y otro tipo de personajes que podríamos denominar “alternativos”.
Lo que más llama la atención es la actitud científica que Crichton maneja en el contacto con tales personajes aunque con un importante matiz: Actitud científica en el sentido de Bertrand Russell de no aceptar nada “al peso” y establecer hipótesis provisionales, no en el sentido del que considera la ciencia como una nueva religión y rechaza todo aquello que no puede entrar en su particular culto. Refleja esta idea mediante la asimilación del científico “oficial” con un sastre en los siguientes términos:
La ciencia es, si me permiten el símil, un taller sublimado de costura, un método para tomar medidas encaminadas a describir algo (la realidad) que tal vez nadie comprende. La ciencia ha realizado progresos fantásticos. Ha reportado a la humanidad innumerables ventajas. Sería una locura abandonarla o negar su trascendencia.
Pero sería también demencial pensar que la realidad viste la talla cuarenta y uatro. Sin embargo, se diría que eso es lo que ha hecho la cultura occidental. Durante cientos de años, la ciencia ha cosechado tantos éxitos que el sastre ha tomado las riendas de nuestra sociedad. Sus conocimientos nos parecen más precisos e incontestables que la sabiduría que ofrecen otras disciplinas como la historia, la psicología y el arte.
No obstante, quizá las creaciones de la ciencia nos dejen, al final, una persistente sensación de vacío. Incluso habrá quien sospeche que la realidad no puede circunscribirse a lo que nos revelan mediciones y cifras.
Crichton comienza por establecer una metodología para su contacto con videntes y demás para no darles pistas y, utilizando esa metodología, encontró situaciones muy interesantes, desde el puro y simple estafador hasta gente que era capaz de decirle cosas que de ningún modo podía conocer e incluso hacer descripciones físicas deformadas de algo que no conocían pero que, de alguna forma, estaban viendo y lo describían en las formas que les resultaban más familiares.
Saca también a relucir los viajes astrales. Recientes investigaciones cerebrales tratan de justificar éstos mediante la sensación de incorporeidad que pueden producir ciertos fármacos o ciertos estados alterados de la conciencia y, de hecho, es sabido que algunos anestésicos pueden producir ese efecto que algunos conocemos de modo puramente accidental gracias a ello. Lo que esas investigaciones no establecen es cómo es posible que uno se vea a sí mismo (no es solo incorporeidad, es ver el propio cuerpo) planteando la inquietante pregunta de quién está viendo qué y el hecho de que se trate de algo tan real que luego se pueda comentar con otras personas con gran nivel de detalle visual y auditivo qué ocurría en la habitación mientras se estaba profundamente dormido.
También hizo su experimento de “recordar vidas anteriores” y, aunque aparentemente le funcionó, mantuvo el escepticismo. Al parecer, Crichton se encontraba en el Coliseo de Roma y era un gladiador pero se plantea que, a pesar del realismo con que vivió la situación en un estado de conciencia alterado, no podía saber si eso era una construcción propia y, de no serlo, por qué iba corresponder a una vida anterior suya y no a una vivencia de otra persona que no fuera el mismo. Se podría añadir otro pero: La gente que está metida en este ambiente puede relatar con facilidad que en una vida anterior era un gran brujo en la Atlántida o un faraón (son casos reales que me he encontrado) pero jamás se encuentra a nadie que hable de una vida anterior como siervo de la gleba, funcionario de Correos o como contable de una compañía de seguros. El papel de Crichton como gladiador, no un vulgar espectador o un aldeano del imperio, también va en esa línea.
La conclusión que acaba obteniendo Crichton de todas estas experiencias es que hay muchas cosas que no sabemos y que la ciencia “oficial” no sólo no las explica sino que establece unos modelos muy estrechos que le impiden ampliar su ámbito. Al mismo tiempo, es un terreno plagado de estafadores y tarados mentales de toda laya que se visten de iluminados.
No está solo Crichton en ese tipo de análisis. Aldous Huxley en “Sobre la divinidad” (ver entrada en este blog) llegó a conclusiones parecidas y el propio Albert Einstein, a pesar de su curriculum científico, mantuvo siempre una apertura hacia los terrenos no conocidos y difícilmente cognoscibles por la ciencia como refleja la siguiente frase: La humanidad tiene motivos sobrados para situar a los profetas de los valores y los códigos morales por encima de los descubridores de la verdad objetiva. Lo que debemos los humanos a figuras como Buda, Moisés o Jesucristo, ocupa para mí un lugar más señero que todos los logros de la mente inquisidora y constructiva.
Nuevas religiones: El taxista predicador
Ayer tuve que ir al aeropuerto y cuando, por fin, conseguí un taxi me encontré un curioso ejemplar de taxista:
Exhibía una alegría un tanto forzada que ya me resultaba conocida. Eso y un determinado acento me llevó a imaginarme que me había encontrado con un miembro de una de las múltiples sectas que por ahí pululan. Lo que no sospechaba es que utilizaba el taxi para hacer proselitismo. Normalmente, en un taxi en España las elecciones de emisora de radio son previsibles: SER, si es progubernamental, COPE, si es antigubernalmental y programas deportivos si todo se la refanfinfla menos el fútbol. Pues bien, éste llevaba sintonizada Radio María, emisora que sólo oigo unos segundos cuando le doy a la memoria programada en la radio fuera de Madrid y me sale esa emisora compuesta de prédicas y gospels, es decir, prédicas cantadas. Naturalmente, ahí estaba indefenso salvo que optase por un comportamiento abiertamente borde y le pidiera que quitase la radio o cambiase de emisora.
Cuando llegamos al aeropuerto, me soltó un folleto que me definió como un mensaje personal y que firmaba el “Centro Evangélistico Misionero Buenas Nuevas” (el acento en el sitio que está no es una errata mía sino una falta de ortografía del folleto) y plagado de letreros como “Urgente”, “Correos de vida eterna”, etc.
Siempre he considerado que la religión es algo muy personal y que responde al ámbito de las verdades privadas. Por eso, no trato de llevar a nadie hacia mi propia posición pero, si alguien intenta llevarme hacia la suya, encuentra respuesta segura.
La religión no es un tema sencillo. No comparto la idea de José Antonio Marina que, refiriéndose al cristianismo, señala que, como ha producido buenos efectos en forma de seres humanos excepcionales o formas de vida, se le pueda disculpar una verosimilitud escasa.
Tampoco comparto la de Fernando Savater en el sentido de que, como tenemos tanto miedo a la extinción, si no hay algo lo inventaremos y, puesto que estaremos predispuestos a inventarlo, seguro que cualquier invento es falso.
Me quedo mejor con la idea de Bertrand Russell en el sentido de que la veracidad y la moralidad son dimensiones completamente indiferentes una respecto de la otra. Puede, como dice Marina, ser conveniente ser cristiano pero eso no dice nada de su veracidad; puede, como dice Savater, ser conveniente creer en algo pero eso tampoco justifica la afirmación de que, si se cree y se quiere creer, ello es prueba de que es falso.
Ése es un terreno en el que se puede discutir y se puede estar de acuerdo o en desacuerdo; lo mismo puede decirse de algunos de los escritos del actual Papa. Se puede estar de acuerdo o no con él pero hay un conjunto de argumentos con los que estar de acuerdo o en desacuerdo.
Lo que ya es distinto es tanto lo que algunos llaman la fé del picapedrero, es decir, la ajena a todo tipo de razonamiento y peor aún, la que trata de oponerse a ese razonamiento con el credo quia absurdum. Cuando ese tipo de posición no sólo se mantiene para uso personal sino que alguien se atreve a hacer proselitismo, uno puede sentirse inclinado a seguir a Marx y la idea de que la religión es el opio de los pueblos. No lo creo así en términos generales y lejos de mí la tentación de pontificar sobre si la religión, como fenómeno general, es buena o mala pero ESTA religión modelo secta, cristiana o del tipo que sea, ajena a todo tipo de razonamiento y encantada de que así sea no deja de ser una especie de droga social, ofreciendo una falsa felicidad y buscando nuevos consumidores.
“Identidades asesinas” de Amin Maaluf
Amin Maaluf es de los escritores que dejan huella. Lo descubrí con “Lor jardines de luz” y, desde entonces, no ha habido obra suya que haya caído en mis manos que haya dejado de leer.
En “Identidades asesinas”, Maaluf empieza por describir su propia situación como persona nacida en Líbano, residente de muchos años en Francia y que no se considera libanés ni francés ni medio de lo uno y de lo otro. Maaluf reivindica la identidad como algo totalmente personal y como un producto acabado que no se puede subdividir en sus componentes.
A partir de aquí, trata de las distintas identidades -religiosa, nacionalista y otras- y cuál es la génesis y las consecuencias de ese tipo de identidades. El título del libro dice bastante sobre su opinión al respecto.
Maaluf hace un análisis espléndido del desarrollo de las grandes religiones y cómo los momentos de mayor o menor tolerancia han venido acompañados de situaciones de predominio o, por el contrario, de sentirse amenazados.
Lo mismo hace en lo relativo al movimiento de globalización; de dónde viene y hacia dónde puede llegar a ir en función de que se maneje mejor o peor.
En suma, un libro que no puede dejar de ser leído. Como en otras ocasiones, a continuación recojo algunos extractos del libro que me han parecido especialmente relevantes:
La gente suele tender a reconocerse en la pertenencia que es más atacada; a veces, cuando no se sienten con fuerzas para defenderla, la disimulan y entonces se queda en el fondo de la persona, agazapada en la sombra, esperando el momento de la revancha.
La cordura es una estrecha senda que discurre por la cresta de una montaña, entre dos precipicios, entre dos concepciones extremas. En el caso de la inmigración, la primera de esas dos concepciones extremas es la que ve el país de acogida como una página en blanco en la que cada cual puede escribir lo que quiera o, peor aún, como un solar desocupado en el que cada cual puede instalarse con armas y bagajes sin cambiar lo más mínimo sus gestos ni sus costumbres. En la otra concepción extrema, el país de acogida es una página ya escrita e impresa, una tierra cuyas leyes, valores, creencias y características culturales y humanas se habrías fijado para siempre de manera que los inmigrantes no tienen más remedio que ajustarse a ellas.
La tiranía de la mayoría no es mejor, desde el punto de vista moral, que la de la minoría.
El Dios del “¿cómo?” se esfumará un día pero el Dios del “¿por qué?” no morirá jamás.
Ningún gobierno occidental contempla la situación de los derechos humanos en África y en el mundo árabe con tanta exigencia como la que demuestra con Polonia o con Cuba. Es una actitud presuntamente respetuosa pero que, a mi juicio, entraña un profundo desprecio.
Las tradiciones sólo merecen ser respetadas en la medida en que son respetables, es decir, en la medida exacta en que respetan los derechos fundamentales de los hombres y las mujeres. Respetar “tradiciones” o leyes discriminatorias es despreciar a sus víctimas.
Se piensa a veces que con tantos periódicos, radios y televisiones se tienen que escuchar infinidad de opiniones diferentes. Después se descubre que es al contrario: la fuerza de esos altavoces no hace sino amplificar la opinión dominante del momento, hasta el punto de hacer inaudible cualquier otro parecer.
Una lengua que ha estado mucho tiempo oprimida o, al menos, desatendida ¿puede legítimamente reafirmar su presencia a costa de las otras y con el riesgo de instaurar otro tipo de discriminación? Evidentemente, no se trata aquí de examinar los diferentes casos particulares, que se cuentan por centenares, de Pakistán a Quebec, de Nigeria a Cataluña; se trata de entrar con sentido común en una época de libertad y de serena diversidad, dejando atrás las injusticias que se han cometido sin sustituirlas por otras, por otras exclusiones, por otras intolerancias y reconociendo a todos el derecho de hacer coexistir en su identidad la pertenencia a varias lenguas.
Las dictaduras supuestamente laicas se muestran como viveros del fanatismo religioso. Un laicismo sin democracia es un desastre tanto para la democracia como para el laicismo.
Toda práctica discriminatoria es peligrosa, incluso cuando con ella se pretenda favorecer a una comunidad que ha sufrido. No sólo porque así se sustituye una injusticia por otra y se refuerza el odio y la sospecha, sino también por una razón de principio: mientras el sitio de una persona en una sociedad continúe dependiendo de su pertenencia a esta o aquella comunidad, se seguirá perpetuando un sistema perverso que inevitablemente hará más profundas las divisiones.
En la democracia, lo que es sagrado son los valores, no los mecanismos.
Las elecciones no hacen sino reflejar la visión que una sociedad tiene de sí misma y de sus diversos componentes. Pueden ayudar a establecer el diagnóstico pero nunca son, por sí solas, el remedio.
Se debería animar a todo ser humano a que asumiera su propia diversidad, a que entendiera su identidad como la suma de sus diversas pertenencias en vez de confundirla con una sola, erigida en pertenencia suprema y en instrumento de exclusión, a veces en instrumento de guerra.
Por qué no soy cristiano (Bertrand Russell)
Con esta reseña se completa el grupo de libros de la misma temática que se pueden encontrar aquí y que, aunque con signo y conclusiones distintas, son de lo mejor que se puede leer sobre el asunto.
Russell da argumentos racionales y morales en contra del cristianismo para, a continuación, pasar a preguntarse si la religión ha hecho contribuciones útiles a la civilización.
Es muy difícil hacer una reseña completa del libro y, además, muchas veces la reseña es utilizada como sucedáneo del propio libro. Creo que, sea cual sea la posición de cada uno, el libro de Russell merece ser leído por lo que me limitaré a recoger los capítulos más relevantes del índice y algunas citas literales:
- ¿Ha hecho la religión contribuciones útiles a la civilización?
- ¿Sobrevivimos a la muerte?
- La libertad y las universidades.
- La existencia de Dios.
- ¿Puede la religión curar nuestros males?
- Religión y moral.
Si algo hay que criticarle al libro, no se refiere a la calidad intelectual de sus argumentos sino a la aparición fuera de contexto de temas muy vinculados a la propia biografía de Bertrand Russell y a la censura de que fue objeto por sus opiniones.
Además de eso, un tono más moderado en algunos pasajes podría haber contribuido -sólo tal vez porque éste es un tema que excita pasiones de censor- a sacar el libro de la lista de obras malditas de Bertrand Russell.
Entre los pasajes más notables del libro, merece la pena señalar los siguientes:
La inteligencia ha provocado nuestros males pero la falta de inteligencia no los curará. Sólo una inteligencia mayor y más sabia puede hacer feliz al mundo.
El hecho de que una creencia tenga un buen efecto moral sobre un hombre no constituye ninguna evidencia en favor de su verdad.
Las nuevas esperanzas, las nuevas creencias y los nuevos pensamientos son siempre necesarios a la humanidad y no puede esperarse que surjan de una absoluta uniformidad.
La persecución de las formas impopulares de inteligencia es un peligro muy grave para cualquier país y con frecuencia ha sido la causa de la ruina nacional.
El hombre que posee el arte de despertar el instinto de persecución de la masa tiene un poder particular para el mal en una democracia donde el hábito del ejercicio del poder detentado por la mayoría ha producido la embriaguez y la tendencia a la tiranía que el ejercicio de la autoridad casi invariablemente trae consigo tarde o temprano.
La diferencia fundamental entre el criterio liberal y el que no lo es consiste en que el primero considera todas las cuestiones abiertas a la discusión y todas las opiniones sujetas a la duda en menor o mayor medida, mientras que el último sostiene por adelantado que ciertas opiniones son absolutamente incuestionables y que no deben permitirse los argumentos contrarios.
Muchos adultos, en lo profundo de sus corazones, creen aun lo que les enseñaron en la niñez y se sienten pecadores cuando sus vidas no están de acuerdo con las enseñanzas de la escuela dominical. El daño que se hace no es meramente provocar una escisión entre la personalidad razonable y consciente y la personalidad infantil inconsciente; el daño reside también en el hecho de que las partes válidas de la moral convencional se desacreditan con las partes no válidas y se llega a pensar que, si el adulterio es excusable, también lo es la ociosidad, la deshonestidad y la crueldad. Este peligro es inseparable de un sistema que enseña a los jóvenes, en bloque, un número de creencias que tienen que desechar cuando son adultos.
Afortunadamente para la humanidad, el egoismo individual ha resultado más fuerte que la locura colectiva.
Hasta ahora, la humanidad ha sobrevivido porque, por muy necios que fueran sus propósitos, no tenía los conocimientos necesarios para lograrlos. Ahora que dispone de esos conocimientos se está haciendo imperativo un mayor grado de sabiduría sobre la finalidad de la vida.
En la investigación científica de la naturaleza, la intrusión de valores estéticos o morales ha sido siempre un obstáculo para el descubrimientos…la naturaleza es indiferente a nuestros valores y sólo puede ser entendida olvidando nuestros conceptos del bien y del mal. El universo puede tener una finalidad, pero nada de lo que nosotros sabemos sugiere que, de ser así, ese propósito tendría alguna semejanza con los nuestros.
Hay mucho más pero espero que estas muestras sean suficientes para hacerse una idea de lo que se puede encontrar dentro del libro.
La bronca de la Iglesia y Amnistía Internacional
Llevamos varios días dando vueltas al asunto de que el Vaticano ha pedido a los católicos que no contribuyan económicamente con Amnistía Internacional por su posición pro-abortista.
Viendo lo que se ha escrito sobre el asunto, se puede tener la sensación de que el Vaticano se ha pasado siete pueblos y ello por muchos motivos.
En primer lugar, veamos dónde está la posición pro-abortista de Amnistía Internacional en sus propias palabras:
Posición de Amnistía Internacional sobre el aborto en casos especiales
Incluso aunque la posición de Amnistía Internacional fuera pro-abortista -que no lo es- no creo que la Iglesia Católica como institución sea quien para entrar en el asunto. Otra cosa es lo que pueda hacer cada uno de sus miembros y de sus creyentes individualmente.
Si esto es admisible ¿por qué no excomulgar a todos los dirigentes políticos de países de tradición cristiana -como Estados Unidos- donde existe la pena de muerte?
Conste que quien esto escribe se borró de Amnistía Internacional por haber apreciado una especie de tortícolis que le llevaba a fijarse sólo en las salvajadas de un lado y, por ejemplo, estar echando leña constantemente al tema de Guantánamo pasando de puntillas sobre el resto de la isla como puede verse en su último informe.
Al mismo tiempo, Amnistía Internacional ha mostrado sospechosas coincidencias con el Gobierno español precisamente en aquellos aspectos que muchos -sin distinción de color político- creemos que son sus mayores errores, por ejemplo, la famosa y hemipléjica memoria histórica.
Sin ninguna duda, esa iniciativa tan aplaudida por Amnistía resucitará también a la otra media memoria que ahora se quiere borrar produciendo un enfrentamiento que muchos creíamos felizmente olvidado desde la transición.
Digo lo anterior para aclarar que mi comentario no va movido por la simpatía ni menos por la militancia hacia la organización Amnistía Internacional pero, por un principio de coherencia, no es admisible la salida de tono del Vaticano.
Si la Iglesia Católica decide entrar en política, mejor que se presente a unas elecciones. Como muy bien señalaba Vargas Llosa, el ámbito de la religión es de las verdades privadas y éstas, por definición, no se les pueden imponer a terceros.
Cierto que la Iglesia podría replicar que su mensaje sobre Amnistía Internacional lo dirige sólo a los católicos pero, si quiere mantener un mínimo de coherencia, se le va a acumular el trabajo. Entre excomulgar a los fabricantes, vendedores y usuarios de preservativos y de todo tipo de anticonceptivos, a los gobernantes de países con pena de muerte, a los que legalizan matrimonios de homosexuales y mil cosas más ya tiene bastante para unos cuantos años.
No hablemos ya de la idea de ecumenismo o del acercamiento entre las grandes religiones, de las cuales una -el Islam- también se distingue por el exquisito respeto a los derechos humanos, entre otros aunque no exclusivamente, la igualdad entre sexos o la libertad de culto. ¿Por qué no invita la Iglesia a los católicos a rechazar abiertamente en todos los terrenos a los musulmanes?
En suma, el mensaje del Vaticano no tiene justificación ni sentido ni proporción ni coherencia. Respeto a muchos miembros de la Iglesia e incluso soy de los que, sin ser creyentes, colaboran a su sostenimiento económico por entender que es probablemente la mejor ONG que existe, sobre todo porque hay muchas a las que se les ha caído la N o se han convertido en clanes donde la principal acción social la ejercen con sus propios componentes.
Supongo que si Amnistía Internacional quisiera replicar a la estupidez con otra estupidez emitiría un informe incendiario sobre la discriminación de la mujer en el Vaticano o sobre la falta de democracia en la elección de los dirigentes de ese mismo Estado.
Si la Iglesia quiere utilizar su hipotético ascendiente sobre sus feligreses en temas como éste, podría encontrarse en la posición del abanderado que, cuando se da la vuelta, ve que no le sigue nadie.
Guía políticamente incorrecta del Islam (y de las Cruzadas)
http://findesemana.libertaddigital.com/articulo.php/1276233464
El vínculo conduce a un resumen de un libro de próxima aparición y que cuenta algunos de los elementos más ajenos a los derechos humanos del Islam.
La cosa se quedaría en una anécdota si no fuera porque realmente existen tendencias dentro del Islam que siguen a pies juntillas los puntos señalados en este libro. Si miramos al cristianismo y nos basamos en los textos escritos, también encontraremos sus propias barbaridades. Véase la muestra:
Para cualquiera que viva en un país de tradición judeocristiana, aunque no pueda negar que esos textos existan, no dejará de considerarlos como algo anacrónico y que nunca se pensaría en aplicarlos hoy. Ese mismo tipo de afirmación es mucho más dudoso en cuanto se refiere a los sectores más radicalizados del Islam. Tal vez uno de los libros mejor documentados es precisamente de una musulmana, la periodista canadiense de origen ugandés Ishrad Manji, y su libro The trouble with Islam donde critica desde dentro tanto el integrismo islámico como el nacionalismo panarabista que podría utilizar al Islam como medio de expansión.
Sabemos que si algo no puede ni debe ser relativo, como su propio nombre lo indica, es precisamente la Declaración Universal de los Derechos del Hombre:
http://www.un.org/spanish/aboutun/hrights.htm
Pues bien, para que fuera aceptada, ha sido necesario crear una versión a medida para los países islámicos más reticentes:
http://www.gees.org/articulo/952
Hay una tendencia a mirar hacia el otro lado cuando se toca este tema. Esta tendencia llega desde relativizar posiciones que, en lo tocante a derechos humanos, deberían ser absolutas hasta hablar de alianzas de civilizaciones donde se dan paradojas como que uno de los componentes de la supuesta alianza pueda defender el matrimonio de homosexuales mientras el otro los ahorque en la plaza pública por el simple hecho de ser homosexuales.
¿Cabe algún tipo de alianza entre tales extremos? ¿Puede llegar a tanto el relativismo defendiendo un derecho aquí y justificando su atropello allá? ¿Se puede ser feminista aquí y contemplar como una peculiaridad cultural la ablación del clítoris allá…o incluso aquí si es realizada por los de allá?
La frase de Savater No se puede ser tolerante con la intolerancia sólo puede ser superada en su terreno por un oficial del imperio británico en la India que, al observar que pretendían quemar a una viuda al morir su marido, se interpuso. Uno de los que iban a participar en el hecho adujo que se trataba de una tradición india y el oficial no tenía por qué interponerse. A esto, el oficial británico repuso: En mi país también hay una tradición que consiste en ahorcar al que mata a alguien. Actuemos cada uno de acuerdo con las tradiciones de nuestros países respectivos. Ni que decir tiene que, ante tan enorme falta de respeto a la tradición, decidieron no quemar a la viuda.
Es cierto que las citas, sean del Corán o de la Biblia, no tienen mayor trascendencia mientras no haya alguien aquí y ahora que pretenda aplicar literalmente algo escrito hace más de mil o dos mil años. Sin embargo, ese tipo de personajes existe y, por tanto, no se puede mirar hacia otro lado en nombre de un relativismo que todo lo autoriza bajo el rótulo de peculiaridades culturales.
Al mismo tiempo que esto ocurre, uno de los mayores monumentos literarios contra la intolerancia religiosa ha salido de la pluma de Amin Maaluf con el título Los jardines de luz, pequeña obra devastadora contra los fanatismos religiosos y en favor de posiciones mucho más abiertas. Tal vez tenga algo que ver que Maaluf es libanés con raíces cristianas y ello puede haberle llevado a relativizar los credos.
El mismo autor tiene otra obra sobre las Cruzadas vistas por los árabes donde se encuentran divertidas afirmaciones como que los franceses (término genérico utilizado por los árabes para designar a los cruzados) de origen alemán tenían determinadas características que no compartían con los franceses de otros sitios (no necesariamente Francia).
Pensar que el Islam o el cristianismo son monolíticos es absurdo, dada la diversidad y cantidad de creyentes en ambas religiones. Bienvenida sea la denuncia de excesos cometidos en nombre de la religión así como la denuncia de la hipocresía de aquéllos que justifican para otros lo que nunca quisieran para ellos.
No debemos cerrar los ojos a la existencia de personas también dentro del Islam que, como el personaje de Los jardines de luz, son capaces de huir de todo tipo de fanatismo religioso.
El pequeño resumen del libro que puede leerse pinchando el vínculo ciertamente da una idea del Islam en su versión más extrema, es decir, aquélla que acepta la literalidad del Corán. Esa idea forma parte de una realidad y esa parte de la realidad es rechazable pero no única.
Son muchos los musulmanes que podrían manifestar el mismo nivel de rechazo a esa realidad que el mostrado por los no musulmanes y, sin falsos relativismos, es necesario diferenciar qué es admisible y qué no lo es.
Vargas Llosa definía las religiones como “verdades privadas” que afectan al comportamiento del creyente y a nadie más. No se puede utilizar “verdades privadas” para atacar “absolutos” como son los derechos individuales.
Al día de hoy, no podemos escandalizarnos por las barbaridades que puedan decir libros escritos hace más de un milenio. Sí debemos hacerlo, y no consentirlo, cuando alguien pretende hacer de esas barbaridades el código por el que rige su vida y pretende regir la de los demás. En ese punto, ya no valen el relativismo ni la hipocresía al uso.
Aldous Huxley en “Sobre la divinidad” y la rosa de Paracelso
Hace tiempo, en un seminario sobre el uso del método del caso en el Instituto de Empresa, el profesor Enrique Ogliastri nos mostró el siguiente texto:
En su taller, que abarcaba las dos habitaciones del sótano, Paracelso pidió a su Dios, a su indeterminado Dios, a cualquier Dios, que le enviara un discípulo.
Atardecía. El escaso fuego de la chimenea arrojaba sombras irregulares. Levantarse para encender la lámpara de hierro era demasiado trabajo. Paracelso, distraído por la fatiga, olvidó su plegaria. La noche había borrado los polvorientos alambiques y el atanor cuando golpearon la puerta. El hombre, soñoliento, se levantó, ascendió la breve escalera de caracol y abrió una de sus hojas. Entró un desconocido. También estaba muy cansado. Paracelso le indicó un banco; el otro se sentó y esperó. Durante un tiempo no cambiaron una palabra.
El maestro fue el primero que habló.
-Recuerdo caras del Occidente y caras del Oriente -dijo no sin cierta pompa-. No recuerdo la tuya. ¿Quién eres y qué deseas de mí?
-Mi nombre es lo de menos -replicó el otro-. Tres días y tres noches he caminado para entrar en tu casa. Quiero ser tu discípulo. Te traigo todos mis haberes.
Sacó un talego y lo volcó sobre la mesa. Las monedas eran muchas y de oro. Lo hizo con la mano derecha. Paracelso le había dado la espalda para encender la lámpara. Cuando se dio vuelta advirtió que la mano izquierda sostenía una rosa. La rosa lo inquietó.
Se recostó, juntó la punta de los dedos y dijo:
-Me crees capaz de elaborar la piedra que trueca todos los elementos en oro y me ofreces oro. No es oro lo que busco, y si el oro te importa, no serás nunca mi discípulo.
-El oro no me importa -respondió el otro-. Estas monedas no son más que una prueba de mi voluntad de trabajo. Quiero que me enseñes el Arte. Quiero recorrer a tu lado el camino que conduce a la Piedra.
Paracelso dijo con lentitud:
-El camino es la Piedra. El punto de partida es la Piedra. Si no entiendes estas palabras, no has empezado aún a entender. Cada paso que darás es la meta.
El otro lo miró con recelo. Dijo con voz distinta:
-Pero, ¿hay una meta?
Paracelso se rió.
-Mis detractores, que no son menos numerosos que estúpidos, dicen que no y me llaman un impostor. No les doy la razón, pero no es imposible que sea un iluso. Sé que «hay» un Camino.
Hubo un silencio, y dijo el otro:
-Estoy listo a recorrerlo contigo, aunque debamos caminar muchos años. Déjame cruzar el desierto. Déjame divisar siquiera de lejos la tierra prometida, aunque los astros no me dejen pisarla. Quiero una prueba antes de emprender el camino.
-¿Cuándo? -dijo con inquietud Paracelso.
-Ahora mismo- dijo con brusca decisión el discípulo.
Habían empezado hablando en latín; ahora en alemán.
El muchacho elevó en el aire la rosa.
-Es fama -dijo- que puedes quemar una rosa y hacerla resurgir de la ceniza, por obra de tu arte. Déjame ser testigo de ese prodigio. Eso te pido, y te daré después mi vida entera.
-Eres muy crédulo -dijo el maestro-. No he menester de la credulidad; exijo la fe.
El otro insistió.
-Precisamente porque no soy crédulo quiero ver con mis ojos la aniquilación y la resurrección de la rosa.
Paracelso la había tomado, y al hablar jugaba con ella.
-Eres crédulo -dijo-. ¿Dices que soy capaz de destruirla?
-Nadie es incapaz de destruirla- dijo el discípulo.
-Estás equivocado. ¿Crees, por ventura, que algo puede ser devuelto a la nada? ¿Crees que el primer Adán en el Paraíso pudo haber destruido una sola flor o una brizna de hierba?
-No estamos en el Paraíso -dijo tercamente el muchacho-; aquí, bajo la luna, todo es mortal.
Paracelso se había puesto en pie.
-¿En qué otro sitio estamos? ¿Crees que la divinidad puede crear un sitio que no sea el Paraíso? ¿Crees que la Caída es otra cosa que ignorar que estamos en el Paraíso?
-Una rosa puede quemarse -dijo con desafío el discípulo.
-Aún queda fuego en la chimenea -dijo Paracelso-. Si arrojaras esta rosa a las brasas, creerías que ha sido consumida y que la ceniza es verdadera. Te digo que la rosa es eterna y que sólo su apariencia puede cambiar. Me bastaría una palabra para que la vieras de nuevo.
-¿Una palabra? -dijo con extrañeza el discípulo-. El atanor está apagado y están llenos de polvo los alambiques. ¿Qué harías para que resurgiera?
Paracelso le miró con tristeza.
-El atanor está apagado -repitió- y están llenos de polvo los alambiques. En este tramo de mi larga jornada uso de otros instrumentos.
-No me atrevo a preguntar cuáles son -dijo el otro con astucia o con humildad.
-Hablo del que usó la divinidad para crear los cielos y la tierra y el invisible Paraíso en que estamos y que el pecado original nos oculta. Hablo de la Palabra que nos enseña la ciencia de la Cábala.
El discípulo dijo con frialdad:
-Te pido la merced de mostrarme la desaparición y aparición de la rosa. No me importa que operes con alquitaras o con el Verbo.
Paracelso reflexionó. Al cabo dijo:
-Si yo lo hiciera, dirías que se trata de una apariencia impuesta por la magia de tus ojos. El prodigio no te daría la fe que buscas. Deja, pues, la rosa.
El joven lo miró, siempre receloso. El maestro alzó la voz y le dijo:
-Además, ¿quién eres tú para entrar en la casa de un maestro y exigirle un prodigio? ¿Qué has hecho para merecer semejante don?
El otro replicó tembloroso:
-Ya sé que no he hecho nada. Te pido en nombre de los muchos años que estudiaré a tu sombra que me dejes ver la ceniza y después la rosa. No te pediré nada más. Creeré en el testimonio de mis ojos.
Tomó con brusquedad la rosa encarnada que Paracelso había dejado sobre el pupitre y la arrojó a las llamas. El color se perdió y sólo quedó un poco de ceniza.
Durante un instante infinito esperó las palabras y el milagro.
Paracelso no se había inmutado. Dijo con curiosa llaneza:
-Todos los médicos y todos los boticarios de Basilea afirman que soy un embaucador. Quizá están en lo cierto. Ahí está la ceniza que fue la rosa y que no lo será.
El muchacho sintió vergüenza. Paracelso era un charlatán o un mero visionario y él, un intruso, había franqueado su puerta y lo obligaba ahora a confesar que sus famosas artes mágicas eran vanas.
Se arrodilló, y le dijo:
-He obrado imperdonablemente. Me ha faltado la fe, que el Señor exigía de los creyentes. Deja que siga viendo la ceniza. Volveré cuando sea más fuerte y seré tu discípulo y al cabo del Camino veré la rosa.
Hablaba con genuina pasión, pero esa pasión era la piedad que le inspiraba el viejo maestro, tan venerado, tan agredido, tan insigne y por ende tan hueco. ¿Quién era él, Johannes Grisebach, para descubrir con mano sacrílega que detrás de la máscara no había nadie?
Dejarle las monedas de oro sería una limosna. Las retomó al salir. Paracelso lo acompañó hasta el pie de la escalera y le dijo que en esa casa siempre sería bienvenido. Ambos sabían que no volverían a verse.
Paracelso se quedó solo. Antes de apagar la lámpara y de sentarse en el fatigado sillón, volcó el tenue puñado de ceniza en la mano cóncava y dijo una palabra en voz baja. La rosa resurgió.
Una vez leído, nos pidió que determinásemos si Paracelso era un buen o un mal maestro y casi todos enfocamos el asunto desde el punto de vista del discípulo que tiene poca fe y pide pruebas o del maestro suficientemente soberbio para negarse a mostrarlas aunque pudiera.
Si alguno de los asistentes hubiéramos leído “Sobre la divinidad” del siempre sorprendente Aldous Huxley, habríamos enfocado el debate desde un punto de vista muy diferente.
El libro es un conjunto de largos artículos enviados a una publicación de tipo orientalista en San Francisco pero, desde luego, muy alejada de la llamada new age y contiene párrafos como éstos:
Es sumamente significativo que los grandes místicos teocéntricos hayan trazado siempre una tajante distinción entre lo “psíquico” y lo “espiritual”. A su juicio, los fenómenos de la primera clase tienen su existencia en una extensión del mundo espacial y temporal no familiar pero tampoco intrínsecamente superior. Los fenómenos espirituales, por otra parte, pertenecen al orden intemporal y eterno, dentro del cual el orden temporal tiene su existencia menos real. La actitud de los místicos hacia los “milagros” es de aceptación intelectual pero de desapego emocional y volitivo.
En una línea parecida tenemos este otro:
El hecho de que la “sanación espiritual” -dicho con más exactitud, la “sanación psíquica”- a menudo funcione y que las oraciones por la salud propia o por la salud de otras personas o por la riqueza o la felicidad propia o del prójimo, a menudo tengan respuesta, es constantemente aducido por los devotos de la religión temporal como prueba de que reciben directamente la ayuda de Dios. Del mismo modo podría argüirse que uno recibe ayuda directa de Dios porque le funciona la nevera o porque siempre que marca un número de teléfono contesta alguien.
Huxley, pues, no niega la existencia de los llamados milagros; simplemente niega que procedan de una dimensión espiritual e incluso indica que “distraen” de esa dimensión espiritual porque atraen la atención en una dirección distinta.
Bajo esa óptica ¿tenía Paracelso razón al no aceptar al nuevo discípulo? Parece que sí; no se trataba ni de una exhibición de soberbia ni de otra de incredulidad. Era, simplemente, que el discípulo mostró con claridad que caminaba con paso firme por una senda equivocada.
NOTA
Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.
Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell. La reseña ya está disponible aquí.
http://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater
http://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina
http://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger
La vida eterna (Fernando Savater)
Savater se reconoce deudor/discípulo de Bertrand Russell y este libro es un buen ejemplo ya que parece una continuación del “Por qué no soy cristiano” de Russell.
Hay algunas diferencias, no obstante. Russell tiene un enfoque puramente filosófico y denuncia los puntos de falta de rigor del cristianismo desde ese punto de vista.
Savater, al contrario que Russell, no es agnóstico sino abiertamente ateo y con una fuerte vena anticlerical (sea cual sea la religión del clérigo) y resulta mucho más agresivo que Russell. Sus argumentos no van contra la parte que choca con la filosofía sino que entra más directamente en asuntos como la relación de la religión con el poder y la justificación de la religión por la angustia que causa la propia mortalidad.
Buena parte de los argumentos que tocan este tema no son realmente originales aunque, como es norma en Savater, están muy bien escritos y resultan amenos y agradables de leer. Sin embargo, donde realmente despunta el autor es cuando justifica la existencia de una ética ajena a todo principio religioso (paradójicamente, basada en la existencia de una muerte “real”, no como un tránsito hacia otro estado) y cuando entra en temas de plena actualidad que afectan tanto a la política como a la religión.
Como ejemplo, Savater critica la notable payasada de la “alianza de civilizaciones” señalando que definir “civilización” por la adscripción a uno u otro credo es bastante simplista cuando, en realidad, hay una única civilización que es la tecnológica. Savater señala que fenómenos como el islamismo radical son precisamente una prueba de la crisis de los sistemas religiosos o “tecnologías de salvación” como los denomina y no les concede mayor importancia. Desde el punto de vista sociológico, Savater puede tener razón aunque parece escapársele un hecho: La pertenencia a una civilización tecnológica implica la existencia de una enorme capacidad de destrucción en manos de grupos fanatizados por muy marginales que éstos sean dentro de una corriente general.
En suma, Savater ataca a fondo todo tipo de intolerancia, especialmente la de origen religioso, pero entra también en otras como la nacionalista. No merece la pena repetir aquí los argumentos que da en el libro ya que todos ellos los resume una frase de un libro anterior que merecería ser grabada en oro: No se puede ser tolerante con la intolerancia.
Se puede o no estar de acuerdo con Savater en temas como la relación Iglesia-Estado, como la visión de la asignatura de religión o la creación de nuevas asignaturas como la “Educación para la ciudadanía”, etc. pero, tanto si se está de acuerdo como si no, sus posiciones no se parecen a los lugares comunes a que nos tienen acostumbrados los políticos y están muy sólidamente razonadas.
Otros posts sobre Savater:
http://factorhumano.wordpress.com/2007/05/22/la-aparicion-en-la-politica-de-fernando-savater/
NOTA
Este libro forma parte de un conjunto de magníficas obras sobre el tema.
Los vínculos a cuatro de ellas están a continuación. El quinto se trata de un contrapunto lógico a las obras de Marina y de Ratzinger y de una coincidencia parcial con la de Savater y por fin he podido colgar la reseña: “Por qué no soy cristiano” de Bertrand Russell.
La diferencia fundamental entre ambos aparte -que me perdone Fernando Savater- de la calidad intelectual de los argumentos (no todo el mundo, aunque sea muy bueno, le llega a Bertrand Russell) está en que Russell separa completamente los juicios sobre conveniencia de los juicios sobre veracidad.
Para Savater, el hecho de que haya una querencia hacia creer en algo es suficiente argumento para pensar que es falso. Russell intenta apartarse de las inclinaciones en cualquier sentido y trata de analizar críticamente los argumentos en uno y otro sentido llegando a sus conclusiones. Por eso es mejor en términos generales el libro de Russell aunque haya introducido algunos elementos autobiográficos -como la censura que sufrió en su momento- que hoy, afortunadamente, pueden quedar fuera de contexto.
http://factorhumano.wordpress.com/2007/04/04/la-vida-eterna-fernando-savater
http://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/por-que-soy-cristiano-jose-antonio-marina
http://factorhumano.wordpress.com/2007/02/28/dios-y-el-mundo-ratzinger
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